La paz, un problema político
Desde un comienzo, el logro de la paz se reveló como un problema político de la mayor importancia para todo el país. Las razones para emprender y afinar el proceso son múltiples, tanto del lado del gobierno como del de la guerrilla.
Recuérdese que el gobierno Santos se jugó entero por los diálogos con las Farc para encontrarle una salida negociada al conflicto militar de más de cincuenta años. Juan Manuel Santos y su equipo rompieron con el proyecto guerrerista de Uribe y los suyos y se arriesgaron por un camino incierto, que siempre contó con la oposición cerril del uribismo.
Este es un hecho político a poner de relieve, ahora que la consecución de la paz es casi segura. Santos se impuso políticamente dentro del establecimiento y en las instituciones para proseguir un proceso que fue bombardeado por la ultraderecha partidaria de la guerra.
Pero ni en el Congreso ni en los demás entes del Estado triunfaron los enemigos de la paz, pues el gobierno Santos se mantuvo firme en la línea de continuar los diálogos, y conjuró los intentos de desestabilización de sus enemigos al maniobrar con habilidad para poner de su lado a la mayor parte del establecimiento. Este ha sido un triunfo político absolutamente inobjetable.
Por el lado de las Farc, la dirigencia comprometida con la salida negociada también supo imponer su autoridad para unir alrededor de esa idea a todos los mandos, y se supone que también enfrentó conflictos internos que ha sabido sortear hasta el momento. Las dudas e inseguridades de la “guerrillerada” quizás no hayan desaparecido del todo, pero su compromiso con la paz se mantiene firme, si partimos de la información que ha salido a los medios.
Santos dentro del establecimiento y el Secretariado dentro de las Farc se anotaron un triunfo político indudable para mantener contra viento y marea la salida negociada, y para alcanzar la etapa del cese bilateral de hostilidades, que es el preámbulo definitivo de todo el proceso.
Pero la batalla política por la pacificación trasciende al gobierno y a las Farc e involucra a todo el pueblo colombiano. Lo que muestran las encuestas, los medios y el ambiente general es una profunda división entre quienes apoyan los diálogos y quienes los rechazan.
La élite uribista no es la única que ve con malos ojos el acuerdo político entre el gobierno y la guerrilla, sino gran parte del pueblo colombiano. Las heridas abiertas por la guerra han dejado una estela de odio y resentimiento contra los guerrilleros, que es recogida en el discurso y la praxis de Álvaro Uribe, la cual se convierte en el principal obstáculo a vencer en la refrendación de lo pactado, por la ruta de la consulta al pueblo.
Este es, quizás, el asunto político más importante que deberá enfrentar el proceso en el futuro próximo. Uribe seguirá echándole gasolina al fuego del odio para tratar de que el país se incendie. Pero la actitud de Uribe (y de quienes detestan a las Farc) no puede ser respondida con odio por parte de quienes apoyamos la solución negociada.
La respuesta del gobierno, de las Farc, de los partidos del establecimiento, de la izquierda y de quienes nos consideramos independientes debe centrarse en eludir las provocaciones, en blindar el proceso contra los saboteadores y en hacer pedagogía para esclarecer las ventajas de superar la coyuntura de la guerra.
Por esta razón es pertinente buscar el apoyo de los medios de comunicación (que, en su mayoría, están a favor de la paz, aunque tengan reservas) y emplear las instituciones del Estado y las privadas para redondear la faena política.
En este punto, las universidades pueden cumplir una importante tarea, no solo involucrando aún más a la juventud en la construcción de la paz sino desarrollando un activismo político en pro de la pacificación en la ciudadanía, que le haga contrapeso a la labor difamatoria y saboteadora de la ultraderecha militarista.
Lo que se avecina en todo el país es una batalla política frontal que convocará a todas las fuerzas partidarias de la paz y a quienes se oponen a esta. Después de la firma del cese bilateral de hostilidades, solo resta refrendar con una victoria en las urnas lo que hasta ahora se ha logrado.
El último paso es tan importante como todo lo demás que se logró por las partes en materia de acuerdos, por cuanto un sí con votos que legitime el esfuerzo de los dialogantes representará la victoria definitiva de la paz sobre la guerra.
La misión de curar las heridas que produjo el conflicto armado es más factible bajo el silencio de los fusiles. El fin de las batallas sería la cuota inicial para conseguir una nación en la que se puedan dirimir los conflictos sin necesidad de la violencia y la muerte, y para hacer las reformas que más convengan sin derramar la sangre de nadie. Es difícil concretar esta esperanza, pero no tenemos otra alternativa.
La paz es el camino y es la meta. La guerra es el principal enemigo de todos los colombianos, incluidos sus partidarios. En el plebiscito (o en cualquier otra figura que se defina en el futuro inmediato), la lucha política será entre quienes siguen aferrados al odio y al resentimiento y quienes aspiramos a pasar esa página para vivir otra cultura y otra sociedad.
Pero para alcanzar la victoria es prioritario derrotar en las urnas a las fuerzas que piden más sangre, No más guerra, no más violencia, no más odio…eso debería ser la paz y esa es la prioridad de todos los que le apostamos a la pacificación por la vía negociada.
Estamos ante una oportunidad de oro para abandonar el oscuro túnel del conflicto armado que tanto dolor sembró en todo el territorio nacional. Una oportunidad irrepetible que no debemos desaprovechar.