La paz es el camino
“Prefiero equivocarme votando por el Sí de la paz, que acertar por el No de la guerra”. Frases como esta he escuchado y he leído en medios escritos del país cuando estamos a las puertas del llamado plebiscito para refrendar los acuerdos entre el Gobierno y las Farc.
Totalmente de acuerdo. Por lo menos es el pensamiento nuestro a escasas horas de decidirse la suerte de nuestra nación. Por ello, es necesario recordarles a los ciudadanos colombianos la oportunidad histórica que se tiene para lograr que el país pueda cambiar su faz ante el mundo o seguir cosechando dolorosos momentos de muerte, violaciones, secuestros, masacres.
No sé si la Constitución Política le da la potestad al Presidente de la República, como afirman muchos, para tomar por mano propia la decisión de un acuerdo como el firmado con la guerrilla o si por el contrario es de obligatorio cumplimiento acudir a este plebiscito que se efectuará el 2 de octubre. Quienes defienden la potestad que le asiste al mandatario sostienen que Juan Manuel Santos ha querido darle más consistencia y credibilidad a lo acordado y por eso dispuso la convocatoria a través del voto.
Lo cierto de toda esta polémica nacional entre los del Sí y los del No es que el pueblo ha sido polarizado. Unos guiados por los defensores de la paz a la que todos hemos anhelado. Los otros, que prefieren persistir en una absurda guerra entre el Estado y las fuerzas insurgentes. Quienes están de este último lado, bajo el argumento de la impunidad y posibilidad de llegar al gobierno. Quienes defienden la otra causa, señalan el temor que circunda a los opositores de ser desplazados de posiciones políticas en las que por largos años han estado pelechando.
Y en este abierto “enfrentamiento ideológico” nadie mejor para dar conceptos y opiniones que aquellos que han sido víctimas, directa o indirectamente de una guerra fratricida que ha cobrado millones de vidas y ha enquistado al país en una encrucijada de la que ahora, por fin, se aspira a salir.
De quienes han sufrido los rigores de esa guerra, el 95 por ciento, creo, confían y así lo han declarado públicamente, en que es preferible ponerle fin a tanta violencia que intentar seguir pensando en la venganza frente a los victimarios. Perdón y olvido ha sido una de las más prolongadas frases que en los últimos años se ha pregonado. Y aunque es muy poco probable olvidar, sí es mucho más fácil llegar al perdón. Dejando el odio de lado y creyendo en un mejor y pronto provenir.
“Quienes hemos sido víctimas de la guerra somos los más indicados para pedir la paz. Quienes no han padecido los rigores de la violencia no entienden ni saben del dolor que es haber perdido padres, hijos, hermanos, familiares y amigos. No deberían negar la oportunidad de hacer de Colombia un mejor país”; pronunciamientos salidos de víctimas que aún mantienen vivas en sus mentes el rigor, el terror y el horror padecido en tan largos años de lucha inicua y ridícula.
El mundo entero ha sido testigo del momento histórico en que el Estado colombiano y su más aguerrido contendor, la guerrilla de las Farc, han suscrito el inicio de lo que se pretende una paz justa y duradera, en la que la población civil sea la más beneficiada, como la más sacrificada ha sido más allá de medio siglo.
No debería verse como una utopía sino como una esperanza ese evento en el que sirvieron para avalarlo dignatarios como Ban Ki-moon, Jhon Kerry, secretario de las Naciones Unidas y secretario de Estado de Estados Unidos; y de otros tantos representantes de los países del área de América, y de Europa etc. Ellos son testigos y han creído en la buena voluntad de los bandos en contienda. Y por eso aceptaron ser garantes y han avalado el trascendental acuerdo que ofrece a los colombianos la ilusión de una paz y justicia social.
Los celos políticos de quienes se oponen a un proyecto de Juan Manuel Santos convertido casi en realidad deberían quedar al margen del protagonismo de otros gobernantes que en su momento prefirieron mantener el conflicto, prolongando el sacrificio de la población civil. Hoy esos opositores de la paz siguen mirando con desprecio, odio y celo, lo que ellos en sus mandatos no supieron o no quisieron llevar a la realidad.
La propia fuerza pública, “carne de cañón”, representada en policías y soldados guiados por los altos mandos militares de generales y coroneles aceptan y creen que es necesaria parar el río de sangre que ha bañado el territorio colombiano. Hoy, ellos están convencidos de la necesidad de frenar tanta desigualdad e injusticia social, razones de esa guerra sucia que ha envuelto al país convirtiéndolo en un lodazal de vergüenza mundial.
No entiendo a quienes pregonan y dan por hecho que el país ha sido entregado a la guerrilla y proclaman a Timochenko como Presidente de la República. Sí eso llegase a suceder, deberíamos entender entonces, que los casi 40 millones de colombianos nos hemos cansado y agotado de tanto manejo injusto que por largos años nos han gobernado. Prefiero creer que con la firma de los acuerdos y la refrendación del plebiscito, guardamos la ilusión y la esperanza de mejor convivencia. Como diría el director de la oficina de Colombia de la Organización de Estados Iberoamericanos, Ángel Martín Pisccis, “una paz imperfecta es mejor que una guerra perfecta”.
“No hay camino para la paz, la paz es el camino (Mahatma Gandhi)