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La naturaleza no mata, mata la pobreza

La lluvia caía con fuerza, incesante, el repiqueteo de las gotas tamborileaba sobre las casas. Los más desconfiados se fueron donde las avalanchas no pudieran alcanzarlos, los menos duermen hoy el sueño de los justos o esperan que pase la  tragedia. Más que ayuda, esperan que pase la incertidumbre de lo inusual y vuelva a instalarse la rutina.

El marco, congelado en la espiral repetitiva de la historia colombiana, puede descolgarse en cualquier momento y aplicarse a un nuevo retrato, sobre el cual llorar y maravillarnos. Hoy lo colgamos en la estampa de Mocoa, el pueblo perdido entre las riberas de tres ríos de los que el colombiano promedio poco ha oído hablar, en un departamento famoso más bien por ser morada sempiterna del conflicto armado.

En 2015, sin embargo, habría calzado perfectamente en las calles de Salgar, el municipio antioqueño que, por cuenta también de las lluvias, sufrió una tragedia que cobró la vida de más de 100 personas.

En 2014, guardando las proporciones en términos de vidas humanas, podríamos trasladarnos a Fusagasugá, en Cundinamarca, o a los municipios que siguen la ribera del río Ariari y sus afluentes. Todos los años la tragedia que parece única e inolvidable se repite con las mismas características y una cobertura mediática variable. Ni hablar de nuestra tragedia personal, aquí en la costa caribe, con la ruptura del canal del dique que inundó a medio departamento del Atlántico en 2010.

Sorprende entonces nuestra capacidad de sorpresa, esa maravillosa indignación reaccionaria del colombiano, todos son expertos en política nacional llegado el momento justo, todos los grandes medios del país dan muestra de su interés perenne en el bienestar de estos pueblos cuyos problemas nunca han difundido, pero que siempre han guardado en un lugar privilegiado de su corazón.

“La alerta se venía avisando desde hacía meses”, “las inversiones nunca se hacen a tiempo”, “los políticos se robaron toda la plata”, cada vez que la naturaleza se sacude en este pedazo de tierra que llamamos nación, sacamos las mismas comillas desgastadas y nos las ponemos en la boca por unas tres semanas, dependiendo del número de muertos.

Lo curioso es que los damnificados por estos siniestros responden casi siempre a las mismas características: son los más humildes entre los humildes, los que menos tienen en poblaciones cuyo crecimiento económico y de infraestructura se encuentra atorado a la mitad del siglo XX. Pareciera una broma cruel del destino y, sin embargo, la naturaleza no mata, ni se ensaña con nadie, mata la pobreza y la indiferencia.

Mata la pobreza porque la pobreza solo puede reclamar como suyos los espacios que nadie más quiere reclamar, los espacios en los que a nadie se le ocurriría hacerse un hogar. Mata la pobreza porque no genera riqueza, la pobreza es la deuda social del Estado y, como la persona que es mala paga, cada Gobierno demora hasta lo intolerable el momento de pagar.

Las analogías se hacen solas, a Santos le ha tocado sortear esta deuda que se ha desbordado, así como a Pastrana le tocó el terremoto de Armenia o a Uribe le tocaron los desbordamientos de Girón y Belalcazar. El actual mandatario ha asegurado, por su parte, que como en Salgar, para el próximo año los habitantes volverán a tener sus casas y la economía se volverá a poner en marcha. Aguantar el pago de la deuda hasta lo último…

La Agencia de Noticias de la Universidad Nacional advirtió tras la tragedia que otros 385 municipios en Colombia se encuentran bajo el mismo riesgo que Mocoa, ¿esperará el Gobierno de turno a que acontezcan 385 tragedias para tomar medidas? Y, nosotros, ¿nos seguiremos sorprendiendo?