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La moda del odio y el odio a la diferencia

Hace cien años el racismo era el estado natural de las cosas, más que racismo, era una institución social, como la escuela o el fútbol. Ser racista no era ser algo, era ser el promedio, más o menos. Entre personas blancas racistas no se tocaban la espalda en las calles, animadas por un sentimiento de mutua pertenencia e identificación.

¿Existe alguna diferencia entre el racismo del siglo XXI y ese racismo de los libros de historia?, creo que sí. En aquellos tiempos habría dicho mucho más de uno mismo no ser racista que serlo, no pasa lo mismo en nuestra pequeña sociedad distópica contemporánea, los supremacistas blancos, los neonazis, los extremistas de derecha, skinheads o como se tenga a bien llamarles, son una minoría social, una gota de color diferencial en un mar de absoluta uniformidad.

Tantos males sociales podrían explicarse por el peso de esta ‘monocromía’ de personalidades. La falta de significado, sumada a la constatación ineludible de la carencia de originalidad empuja a las personas a escoger bandos, embadurnarse con los colores de cualquier bandera. En el “nosotros” existe un consuelo que solo es posible tras la creación de un “los otros”.

Para los racistas del siglo XXI resulta más importante lo que representan como grupo que las ideas que proyectan hacia fuera. Al supremacista blanco le interesa más definirse que definir a los negros o progresistas que tanto aborrece.

Los tres muertos y decenas de heridos que dejaron los choques entre extremistas de derecha y progresistas el sábado pasado en Charlottesville, un pequeño pueblo de Estados Unidos, son una muestra fehaciente de ello. Los de derecha no acudieron a la marcha a golpear negros y progresistas porque los considerasen inferiores, no, acudieron a defender lo que consideraban un ataque contra su identidad que, por extensión, es casi la justificación de su existencia.

En la época de la ‘posverdad’ y los ‘hechos alternativos’ es muy fácil convencerse a uno mismo de la realidad menos hiriente, hacerse una historia de cuna en la que seamos víctimas incomprendidas, almas sufridas. El ayuntamiento del pequeño pueblo de Virginia quería quitar una estatua de un general Confederado –los que defendían la esclavitud durante la guerra civil de Estados Unidos-, para los supremacistas esto no era otra cosa que un ataque directo perpetrado por las fuerzas ocultas de los progresistas. En sus cabezas, diversidad es, literalmente, genocidio blanco y los caucásicos son las víctimas de la moda gay, el poder negro, el feminismo castrante…

No parece absurdo, lo es. El asunto, sin embargo, es que aunque el progresismo y los defensores de los derechos de los animales, las minorías LGBTI, los feministas o las asociaciones afro, tengan las estadísticas y la fuerza del sentido común a su favor. Gran parte de su activismo y motivaciones parten de la pura necesidad de pertenencia. Más importante que estar a favor de los derechos de las personas negras es lo que eso dice de mí, lo buena persona que soy, lo único y admirable. “Hago una diferencia en el mundo, existo, soy alguien”.

Desde luego, ninguna causa social puede imponerse jalonada por la fuerza de la separación, señalar a los ‘enemigos’ que causan los vicios morales modernos suele ser una forma de asegurar su persistencia y enmascarar las causas subyacentes. L estigmatización se convierte en excusa y justificación.

Creo que, para empezar a construir una sociedad mejor y, sobre todo, relajar las tensiones que parecen incrementarse cada vez más, hace falta aceptar, de una vez por todas, que no somos excepcionales, no somos maravillosos ni nacimos para grandes cosas y, de todas formas, nos toca hacer lo correcto, no hace falta esperar una felicitación por actuar como personas decentes.