La migración mundializada
La migración es un fenómeno mundial y no data de ayer, su magnitud, en cambio, ha aumentado exponencialmente, no pudiéndose incriminar como causa el aumento demográfico que, aunque siendo fuente de inquietud, tiene una incidencia poco significativa en el movimiento de poblaciones que presenciamos. Lo que sí toma una importancia, todavía poco analizada, es la responsabilidad en cascada que tuvieron los Estados colonialistas en el movimiento migratorio, que no fue en nada pacifico, la desorganización que crearon y crean los países del primer mundo y la depredación hombre-naturaleza.
Las primeras migraciones humanas fueron muy probablemente tranquilas y entre sus motivos estarían, precisamente, la de resolver conflictos de vecindad. En realidad, basta con la curiosidad, la esperanza o la necesidad de buscar nuevos horizontes, sin estas razones, los primeros hombres no hubiesen salido de África a explorar y asentarse por el mundo. La ambición es otro de los incentivos de partida, mucho menos noble, pero poderoso. Si al principio las migraciones humanas no tenían razón de ser violentas, la antropología muestra que, durante casi trescientos mil años, los hombres primitivos no construían defensas en torno a sus cuevas y cavernas. Fue mucho después y casi a la par de la historia ya escrita, que empezaron a aparecer empalizadas, murallas y otros parapetos en torno de los asentamientos de humanos, signo de que los nuevos exploradores venían con intenciones de dominación y conquista, cuando no, de destrucción, robo y muerte, los ejemplos abundan, como el imperio persa, egipcio, macedonio, romano, las hordas de mongoles, de bárbaros y luego el despliegue colonial de ingleses, portugueses, españoles, holandeses, alemanes, etcétera. Es este legado colonial el que se inscribe en la memoria colectiva y sienta las primeras bases de lo que hoy se produce con un triple efecto: el precedente justificativo, el desorden social en los pueblos que sufrieron invasión y los pueblos sustraídos de su lugar de origen a fin de esclavizarlos, sumado a las prácticas comerciales postcoloniales de pillaje de recursos y corrupción.
Al llegar los españoles a las Américas, trajeron consigo epidemias, que, en solo América Central, de los 25 millones de indígenas quedaron 750 mil individuos, el imperio ingles no se quedó atrás en Norteamérica y en Asia. El Japón imperial en 1937 masacró en Nankín, China, más de trescientos mil personas. Alemania, que tuvo una corta carrera en el dominio colonial (30 años), exterminó unas ochenta mil personas de la etnia Herreros en Namibia. Quienes se llevan la palma del horror colonial migratorio son los portugueses, ayudados por franceses e ingleses, con el comercio triangular de esclavos, entre África, Europa y las Américas y en el cual sacaron a la fuerza alrededor de 20 millones de seres humanos. Holanda hizo lo propio en Indonesia, en la que no solo se ensañó con sus habitantes, sino que trasladó más de un millón de europeos a esas islas.
En consecuencia, de este escabroso legado, la teoría de la Justificación, en uno de sus apartes, considera que el precedente justificativo es una excusa que algunas víctimas utilizan cuando se vuelven victimarias. Por ejemplo, el caso de Haití, siendo la primera república independiente de América Latina, su liberador se convirtió en un sanguinario ‘emperador’ dando el mal ejemplo a los siguientes y la mayor parte de su historia estuvo plagada de dictaduras, su estado de pobreza permanente no es ajeno a su trauma colonial. En África subsahariana, la situación es parecida. Mientras el continente europeo se enriquecía, las guerras, las razias masivas, los secuestros constantes desatados sobre los africanos en sus propios suelos, desorganizaron por completo su economía. El potente trauma que dejó el esclavismo, junto con la explotación y bajas regalías por sus recursos naturales; las prácticas monopolísticas y la corrupción, de autóctonos o de multinacionales producen atraso, conflicto y migración.
No es difícil demostrar cuán oportunista y de mala fe son los argumentos de algunos, cuando hacen la amalgama entre migración e invasión, siendo que la primera es pacífica y la segunda violenta. Lo más terrible es que las potencias invasoras coloniales, que causaron millones de víctimas en todos los continentes, ahora cierran sus fronteras a las inmigraciones pacíficas de refugiados que vienen huyendo del hambre y de la guerra. Lo que ningún relato ni análisis puede describir en cambio, es el sufrimiento de las personas en su trashumancia de desespero, que no terminan de padecer, por ejemplo, nuestros desplazados internos y más recientemente nuestros vecinos venezolanos.