La metamorfosis de las FARC
Si se concreta la paz, las FARC sufrirían una verdadera metamorfosis, como ha ocurrido con otros partidos o movimientos que abandonaron la lucha armada para asumir los riesgos y beneficios que ofrecen la legalidad y la democracia. Esto es visto por algunos aquí en Colombia como imposible o muy peligroso para la sociedad.
La experiencia histórica internacional indica que sí son posibles esta clase de procesos y que los militantes de la guerrilla no solo pueden ocupar las altas dignidades del Estado (como ocurrió con Mandela, en Sudáfrica, y con Mujica, en Uruguay), sino desempeñarse competentemente en el desarrollo de las condiciones democráticas legales y políticas de la sociedad.
En Irlanda, Centroamérica y otros sitios ha habido procesos similares de integración de antiguos guerrilleros a la vida civil legal mediante procesos de paz, sin que las sociedades se hayan derrumbado o convertido en el infierno que algunos agoreros del desastre vaticinan para Colombia.
Lo escrito no quiere decir que no hayan existido problemas. En América Central, por ejemplo, los analistas han encontrado una relación directa entre la expansión del delito común y de las bandas criminales con la reinserción mal hecha o deficiente de los guerrilleros a la sociedad.
En nuestro país, la estructura rígida y muy vertical de las FARC quizás podría servir de dique para evitar el deslave de muchos militantes hacia la delincuencia común, en el supuesto de que su forma de organización y dirección siga operando de alguna manera en el posconflicto.
El temor de que este sector se tome de inmediato el poder es completamente infundado, si partimos del contexto político y, sobre todo, de lo que representa la izquierda a nivel nacional. No se descartan triunfos regionales o locales por efecto de la pacificación, pero la idea de un control del Estado Central en lo inmediato es descabellada, y obedece más al terrorismo ideológico promovido por la ultraderecha que a las líneas de un análisis sereno y desprejuiciado.
Los diálogos y lo que se está definiendo en La Habana apunta más hacia la metamorfosis de las FARC que hacia un desarme total del modelo político y económico actual. Si la paz se convierte en un hecho será bajo el supuesto de que la guerrilla acepta abandonar la lucha armada y someterse a las reglas legales del juego democrático, para bien o para mal.
Y este hecho implica que la organización guerrillera deje de ser un partido político militar (como se autodefine), pasando a convertirse en un partido político a secas, con todas las ventajas y desventajas derivadas de hacer política en una nación como la nuestra, plagada de clientelismo, politiquería y corrupción.
Si la decisión de las FARC es definitiva, dejará de ser una organización violenta para transformarse en un partido reformista que ya no aspira a tomarse el poder por la vía armada sino por la ruta electoral, como ocurrió en Latinoamérica con varios partidos que provienen de la lucha guerrillera.
Esta metamorfosis no será fácil para quienes estuvieron dentro o cerca del modelo político fariano, pues significa un cambio profundo de prácticas y de visiones. Los dirigentes y “la guerrillerada” deberán aprender a hacer política, a veces con los mismos que habían convertido en objetivo militar o con miembros muy indeseables del establecimiento político tradicional, tal vez engullendo más de un venenoso sapo.
Este cambio extremo, que implica abandonar los fusiles y aceptar las reglas de la odiada democracia, tiene enemigos afuera y adentro de las FARC. Los de afuera, encabezados por la ultraderecha ramplona, no están conformes con aceptar a la guerrilla en la legalidad, pues la quieren ver derrotada a plomo limpio; los de adentro quizá no soportan abandonar tantos años de lucha para entrar a un mundo incierto de convivencia con sus antiguos enemigos, a quienes también quieren desbancar a punta de tiros y bombas.
La experiencia histórica indica que el tránsito de un grupo guerrillero a la vida civil legal siempre tropieza con muchísimas dificultades. Pero vale la pena enfrentar las disidencias dentro de la guerrilla y en el establecimiento con el propósito de ensayar la reforma social sin tener que matarnos unos a otros, porque siempre es mucho mejor una batalla de ideas y argumentos (a través de la política legal) que asesinar oponentes para imponer nuestra visión.
Nunca ha sido fácil conseguir la paz… y menos por la vía del diálogo. Esta oportunidad histórica de silenciar los fusiles mediante los acuerdos está muy por encima de todos los obstáculos, incluidos los enemigos acérrimos de un proceso que no quiere terminar.
Pero ahorrar vidas humanas, ahorrar dinero y cambiar la sociedad para beneficio de todos es el máximo logro a que aspiramos los pacifistas de adentro y afuera de las FARC. ¿Sí vale la pena seguir luchando por todo esto?
Pues claro que sí, ya que es el sendero más expedito para alcanzar una convivencia menos traumática y para ensayar las reformas sociales que necesita la nación, sin que mueran colombianos por intentarlo.
Siempre es preferible gastar la energía pensando proyectos para mejorar la sociedad que echando bala y sembrando la muerte. La paz y la vida son las principales damnificadas de la guerra…Siempre ha sido y siempre será así. Es por eso que el silencio de los fusiles es el mejor camino, aunque los guerreristas de todos los bandos piensen lo contrario.