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La manta de Édgard Perea

Falleció el narrador deportivo Édgard Perea, y su deceso ha originado toda clase de comentarios, la mayoría a su favor y muy pocos en contra. Este fue un ser humano como todos nosotros, que la embarró en varios campos pero que, igualmente, actúo de un modo muy especial en su paso por la vida, dejando una huella imborrable en las gentes del deporte y en los radioescuchas de Barranquilla y del resto del país.

El Negro Perea, como cariñosamente lo llamaron sus seguidores rindiéndole tributo al color de su piel, era un hombre de masas en el más genuino sentido de la expresión; es decir, su carrera en Barranquilla le permitió adquirir una extraordinaria popularidad en casi todos los estratos sociales, y también atraer la envidia y la inquina de los menos.

El Campeón se convirtió (a punta de esfuerzo, de voz y de pulmones) en el locutor deportivo más escuchado de la ciudad, con una penetración en la audiencia que difícilmente alguien podrá igualar. Es casi imposible que surja otro hombre de radio que logre impactar a los oyentes como lo hizo Édgar, quien extendió una manta de sintonía de dimensiones inconcebibles.

No me refiero solo a los partidos narrados en el estadio, sino sobre todo a su programa deportivo, el cual influía en casi todos los sectores a una hora en que no tenía competencia. La manta de Perea fue tan extraordinaria que en cualquier barrio popular solo se escuchaba a este locutor, y en el centro y sus alrededores la gente hacía la siesta en las butacas o se reía a carcajadas oyendo los manotazos en la mesa de su cabina, y los gritos y palabrotas contra lo que no estaba de acuerdo.

Perea en el estadio era algo fenomenal, inigualable, un hecho de masas que no se ha vuelto a repetir, para bien o para mal. La sintonía allí semejaba una manta casi perfecta, resonando como un eco distribuido por todas partes. Y desde el epicentro del hermético eco se esparcía la voz del locutor, en narración tan precisa y cautivante que armonizaba con lo que ocurría en el campo, por lo cual se convertía en complemento auditivo de lo que el espectador veía sobre el terreno de juego.

Perea triunfó en Barranquilla al imponer su estilo y su calidad. La naturaleza lo dotó de una voz extraordinaria y de una facilidad de expresión que, al combinarse, se convirtieron en materia prima fundamental para alcanzar el éxito. La vida lo preparó insuflándole el conocimiento de varios deportes, especialmente de los que más gustaban en Barranquilla y la Costa, como el boxeo, el béisbol y el fútbol.

El resto fue obra de la ambición, del deseo de salir adelante y de ser alguien en un medio difícil, como es el periodismo deportivo. La naturaleza, la cultura y las ansias de triunfo lo elevaron al podio donde solo llegan los más grandes: al primer lugar de sintonía, que él se encargaba siempre de restregarles a sus competidores, sin ninguna modestia.

Ortega y Gasset escribió que el estilo era el hombre. En Perea se combinaron la sencillez y la gracia del caribeño con la arrogancia del individuo que se sabe fuerte. Sobre todo en su programa vespertino despotricó más de una vez contra jugadores, directores técnicos, políticos o periodistas, en una demostración de locuacidad desaforada que agradaba a la masa pero que rebajaba su categoría de narrador inigualable.

Sin embargo, ninguno de sus desatinos, excesos o errores borrará la impronta que dejó en la historia del deporte. Otros han escrito que fue el más grande narrador deportivo que dio a luz Colombia, y eso nadie podrá discutirlo. Ese hecho es irrebatible porque ninguno de los narradores ha tenido el tipo de voz, la fluidez verbal y la facilidad para usar los términos y tocar la sensibilidad de las masas que exhibió él.

La manta de Édgard Perea fue una consecuencia de su calidad indiscutida. Me atrevo a asegurar que no solo en nuestro país sino en toda Latinoamérica es muy difícil encontrar a alguien que se equipare a El Campeón, en lo bueno y en sus excesos inadecuados.

Un narrador deportivo como Édgard no sale todos los días. Barranquilla y la Costa tuvieron el honor y el placer de ayudar a hacerlo y de tenerlo… aunque le duela a la cobarde envidia.