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La mafia irrespetuosa de la Uniatlántico

En declaraciones recientes, entregadas a los periodistas Jorge Cura Amar y José Granados Fernández, la estudiante universitaria Laura Romero Peña se retractó de una versión anterior, según la cual ella había sido acosada por el rector Carlos Prasca.

Pero la noticia de fondo que sale de sus declaraciones no es solo esta, sino la denuncia que hace Laura de la gente que estaba detrás del complot para tumbar a Prasca.

De entrada aclaro mi posición con respecto a la permanencia o no de Carlos Prasca, para evitar confusiones: como lo expresé en otra columna, este debe renunciar pues, haya o no delitos derivados de su comportamiento, ha mancillado la dirección universitaria con unas actitudes irrespetuosas que destrozan aún más la imagen de la institución, y que ayudan a socavar, de manera terrible, la gobernabilidad interna.

Pero más allá de que exista suficiente evidencia en lo que se ha publicado para que Prasca se vaya, hay también suficiente evidencia para cuestionar la práctica de la gente mafiosa que está detrás del complot para defenestrarlo.

No es posible llamarse a engaño: tan corrupta e irresponsable ha sido la actitud del rector, como es también la de los lumpemprofesores y los lumpenestudiantes que utilizan la violencia simbólica y física para sacarlo.

Esa violencia empleada por los lumpen, los capuchos y la seudoizquierda universitaria es ya una tradición nefasta en la Uniatlántico. Esta va del empleo del pasquín y de las redes sociales para esparcir calumnias, mentiras e injurias, hasta el uso indiscriminado de la violencia física, con capuchas, tropeles, papas, tomas y pateada de puertas incluidas.

Los métodos de lucha de los lumpen, los capuchos y la seudoizquierda universitaria son bastante parecidos a los de la mafia que, para amedrentar a sus enemigos, primero intentan destruirlos moralmente y, después, acuden a la violencia cruda, la cual puede implicar el asesinato mondo y lirondo, como ocurrió en la aciaga época de Pablo Escobar.

La historia enseña que los capuchos, los lumpen y la seudoizquierda (que están detrás de la violencia en la Uniatlántico) solo se rebotan cuando no les dan lo que quieren. Y lo que quieren son contratos, puestos, cheques y otra clase de prebendas.

Bajo la administración de Rafaela Vos Obeso, estos engendros de la violencia universitaria hicieron de todo para tratar de sacarla: los capuchos se tomaron la rectoría a la fuerza, echaron papas, sembraron grafitis agresivos contra la rectora, se llevaron varias bolsas negras con documentos de la anterior rectoría, y luego, sus amigos ideológicos, intentaron justificar su acción a través de las redes sociales.

La profesora Vos Obeso nunca gozó de tranquilidad interna, porque los violentos (es decir, los lumpen, los capuchos y la seudoizquierda) nunca la dejaron trabajar bien. Y nunca la dejaron en paz porque no se prestó para el juego para el cual sí se prestó el anterior rector.

El anterior rector fue Rafael Castillo Pacheco. Este llegó a la rectoría como encargado, y haciendo parte de un acuerdo con las fuerzas políticas internas, mediante el cual esas fuerzas y el rector encargado se repartieron los puestos como si fuera un ponqué.

El modelo aplicado por Castillo Pacheco fue bastante similar al de los clientelistas y politiqueros de los partidos tradicionales, quienes usan las instituciones públicas como instrumento para saciar sus intereses electorales y sus apetencias económicas, a través del reparto indiscriminado de cargos, contratos, prebendas y cheques.

Castillo Pacheco gozó de mucha estabilidad y aceptación porque usó el método de los politiqueros tradicionales, al poner a vivir a los causantes de la violencia universitaria con prebendas de todo tipo. Por eso los agentes de esa violencia simbólica y física lo convirtieron en su dios, y lo presentaron como el mejor para ocupar la rectoría.

De nada sirvió que Castillo Pacheco haya utilizado el presupuesto de la universidad para intentar perpetuarse en el cargo, que haya ganado consultas utilizando los dineros públicos, y que utilizara los cargos y los dineros de la Uniatlántico para mantener tranquilos a sus aliados, los gestores de la violencia universitaria. Y eso no sirvió de nada porque Castillo debió salir de la rectoría.

Lo que se probó con el comportamiento irresponsable de Castillo Pacheco y sus aliados es que carecen de un proyecto sano de Universidad Pública, que esta institución es solo un medio para satisfacer sus apetitos económicos, ideológicos o políticos.

A esa gente no le importa un comino ni lo público ni la academia, pues promueven su destrucción con los métodos depredadores y con las prácticas violentas que utilizan, las cuales afectan gravemente el funcionamiento de la institución.

Es necesario recordarle a la comunidad universitaria y a la ciudadanía externa que Carlos Prasca se convirtió en el rival principal de Rafael Castillo en la época en que se decidía quien entraba como rector en propiedad, en reemplazo de la rectora encargada, Rafaela Vos Obeso.

Es normal que, en esa guerra por el poder, los aliados del derrotado Castillo vieran a Prasca también como su enemigo, asociándolo de entrada con todo lo malo que puede encarnar alguien que les arrebata lo que poseían bajo Castillo.

A pesar de que Prasca recibió el apoyo de una pequeña parte de la izquierda universitaria, dejó por fuera a la porción más violenta de esta, a la que permite que haya o no estabilidad interna. Y ahí fue Troya. Este rector fue vendido como lo peor, y sus enemigos hicieron hasta lo imposible por desacreditarlo.

Hasta conseguir lo que buscaban: no solo lo han desacreditado y deslegitimado ya que, en el material que publicaron (compuesto de calumnias y montajes descarados), se colaron pruebas auténticas que ponen en entredicho a Carlos Prasca, como persona y como rector de la institución.

Lo nuevo que revela la entrevista a la estudiante Laura Romero Puerta no es la guerra por el poder que sacude a la institución desde hace años. Lo novedoso es que esta joven, llevada por el miedo, denuncia, con nombres propios, a quienes han estado detrás del complot para sacar a Prasca.

Laura sostuvo que lo del acoso sexual contra ella, por parte del rector, es un montaje promovido por las siguientes personas: Roberto Figueroa, representante de los profesores ante el Consejo Superior; Jonathan Camargo, exrepresentante de los estudiantes ante ese mismo organismo; Kevin Sisa Iglesias y Gary Martínez Gordon, entre otras.

Roberto Figueroa y Jonathan Camargo fueron el apoyo incondicional de Rafael Castillo Pacheco, en la época en que se discutía en el Superior quién sería el nuevo rector en propiedad; Figueroa recibió un jugoso cheque de Castillo, cuando este último fungía de rector encargado y luchaba por quedarse con el cargo de rector.

De Gary Martínez Gordon y Kevin Sisa Iglesias se sabe que son dos destacados miembros de la seudoizquierda universitaria, de esa que calumnia e injuria sin escrúpulos, y que apoyó sin aspavientos a Rafael Castillo Pacheco porque recibió beneficios de este, como ocurrió con Martínez Gordon, quien obtuvo contrato de su aliado político.

Es necesario que los organismos de control se apersonen de los nuevos hechos que surgen de la denuncia de Laura Romero Puerta. Que la Procuraduría defina rápidamente la situación de Carlos Prasca, quien debe renunciar por todo lo que ha salido a la luz pública, en relación con su comportamiento.

Pero que, así mismo, se aclare de una vez por todas quienes están detrás de los montajes, complots, pasquines y de la violencia sistemática para desestabilizar a la universidad, buscando prebendas, puestos, contratos y plata, como ha ocurrido de manera notable en los últimos tiempos.

Una vez más es pertinente preguntarle a las organizaciones políticas qué clase de institución quieren: una para la violencia, el matoneo, la papa, el tropel… o, la contraria: para la paz, la academia, y para garantizar el derecho del pueblo a la educación superior.

Aquí caben algunas preguntas: ¿Esas organizaciones están de acuerdo con los estudiantes eternos que solo llegan a la institución a sembrar la violencia y a satisfacer sus apetitos económicos personales?

¿Qué clase de academia se puede construir con personas que odian la academia, y que solo ven la Universidad Pública como un instrumento para satisfacer sus intereses económicos, ideológicos o políticos?

¿Qué opinan del uso de la mentira y la calumnia para desacreditar opositores, igual a como lo hacían los nazis contra sus adversarios? ¿Les parece bien que entre sus “formas de lucha” aún utilicen la capucha, la papa y el tropel? ¿No contribuye la violencia a destruir la Universidad Pública?

Es necesario que las organizaciones políticas internas definan a qué clase de Universidad Pública le apuestan. Cualquiera que sea esta, nunca podría ser una donde predomine la violencia en sus diversas formas. Porque la violencia destruye el tejido institucional, y destroza la principal razón de ser de cualquier universidad, que es la academia.

La única revolución posible en la Universidad Pública es la revolución de las cosas bien hechas. Es decir, que la docencia, la investigación, la extensión y las demás actividades funcionen bien, para beneficio de las mayorías que llegan a servirse de ellas.

Una universidad inestabilizada por los violentos, y en manos de las mafias de lumpen, capuchos, matoneadores y de los expertos en organizar montajes, quizás solo les convenga a ellos, pero no a la academia ni a las mayorías que llegan a la institución a formarse para luego servir a la Región y al país.

Las grandes preguntas son: la Universidad Pública para qué y para quién. ¿Para el desorden y la violencia? ¿Para los lumpen, los capuchos, los matoneadores y los organizadores de montajes? ¿O para la gente común, para las personas del pueblo que ven lo público como un medio de superación personal y de movilidad social?

Si los individuos que entran a la universidad en busca de prebendas, puestos, contratos y cheques se toman la Universidad Pública, ocurrirá lo mismo que siempre ocurre cuando los politiqueros y clientelistas se toman cualquier institución pública: se la tragan, la destruyen, acabando, de paso, con su función social.

Los violentos, los politiqueros y los clientelistas no defienden la Universidad Pública, sino que la destrozan, fingiendo que la defienden. En esto son tan nocivos como los neoliberales más rudos. ¿Dejaremos que la mafia irrespetuosa se tome otra vez a la Uniatlántico?