La lectura como instrumento de transformación social
Desde que se inventó la escritura, se creó también la lectura. Y ambas han ido evolucionando, transformándose, en el curso del tiempo, bajo el golpe de las innovaciones que aceleran la producción de textos y la lectura de ellos, como lo destaca Roger Chartier (Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna y El mundo como representación).
Hoy analizaré algunos de los efectos de la lectura en la transformación social, prescindiendo de los matices, por razones de espacio, y de las circunstancias negativas que se derivan de leer cualquier cosa. Es claro que lo que se lee influye también en el deterioro o involución de la gente, pero aquí no me detendré en ese asunto, pues solo interesa el aspecto transformativo o revolucionario de la lectura.
Como lo destacan los estudiosos de la cultura, las innovaciones tecnológicas han impactado fuertemente los textos a leer, las formas de leer y la cultura general (Peter Burke, Historia social del conocimiento: de la enciclopedia a Wikipedia). Hoy se lee más porque es más fácil acceder a buenas lecturas de manera gratuita, a través de Internet.
Así como la revolución tecnológica tranquila que es Internet ha contribuido a masificar la ordinariez, la vulgaridad y las pésimas lecturas, también ha influido en la democratización de los saberes, en la circulación planetaria de los conocimientos, como nunca antes se había visto en la historia de la humanidad.
Circula en la red tanto libro bueno gratuito que hoy es posible asegurar que quien no lee no es porque no puede, sino porque no quiere. A los libros se unen los materiales de prensa, de revistas especializadas, que son leídos ahora de modo más masivo, por el papel de Internet y de las redes sociales.
Es cierto que los nuevos recursos tecnológicos también suelen servir como medios para esparcir ideas retrógradas, mentiras y desinformación, pero, así mismo, son una potente herramienta para difundir los conocimientos de alto nivel, y las mejores manifestaciones de las culturas globales o locales.
Ahora es más fácil que cualquier persona acceda a los textos de los mejores filósofos, historiadores, economistas, psicólogos, sociólogos o científicos, casi sin ninguna restricción. Pero para desarrollar ese lado sano de la fuerza, es pertinente abandonar el lado turbio de la otra fuerza, de las dos que combaten en la red.
Parafraseando a Marx, la lucha de clases en la web no es entre la burguesía y el proletariado, sino entre las hordas de incultos y violentos a quienes no les gusta leer buenas cosas sino solo matonear en la red, y los ejércitos, aún minoritarios, de personas que desean darle mejor uso a los recursos virtuales, al percibirlos como un instrumento esencial de transformación de la cultura contemporánea.
Es obvio que si la utopía es que la cultura y la sociedad cambien positivamente, una de las principales estrategias de lucha debería ser que la gente leyera más, pero mejor. Es decir, que aprendiera a distinguir entre las grasas tóxicas que lesionan al organismo, y aquellas que lo liberan de la intoxicación.
Mucha gente está intoxicada de violencia, discriminación, racismo, ordinariez, vulgaridad, y otras plagas que embrutecen, idiotizan y cercenan el gran potencial reflexivo que todos poseemos, casi que por naturaleza. Una terapia de choque contra las diversas formas de embrutecimiento colectivo es, precisamente, la lectura, aprovechando el universo casi infinito que nos ofrece Internet.
Males aparentemente incurables, como el sectarismo, el fanatismo y el dogmatismo, quizás también puedan ser remediados mediante la terapia de la lectura, si los pacientes se deciden a abandonar su zona de confort, es decir, a relativizar sus teorías (concebidas casi como dogmas religiosos), utilizando el proceso quirúrgico de leer sin descanso, para aprender que la verdad no es un sendero cercado, sino un amplio campo de múltiples posibilidades.
Si de lo que se trata es de cambiar la sociedad, la lectura en la web resulta ser un instrumento inigualable para entender qué hacer para no repetir los errores de las generaciones anteriores, y cuáles serían los mejores caminos para posibilitar una mejor convivencia en el planeta.
Hoy circulan en la red sesudos estudios de politólogos, sociólogos, historiadores y de otros analistas acerca de cómo transformar la economía, sobre las características políticas, legales y sociales de la organización social en el tiempo, y acerca de las maneras de hacer política o ejercer la libertad.
Si el propósito es cambiar la sociedad para generar algo mejor, la lectura es un instrumento fundamental, pues nos pone en contacto con lo más pulido de la memoria intelectual del planeta. Es inconcebible que algunos quieran transformar el entramado social del siglo XXI, con ideas obsoletas y fracasadas del siglo XIX o del siglo XX.
En fin, la buena lectura contemporánea ha encontrado un gran canal de impulso en la red mundial, asociada a los materiales audiovisuales de calidad que resaltan aspectos importantes del saber, y que, además, pueden servir para transformar la educación formal, desde los niveles de la primaria.
Si combinamos la buena lectura (la selectiva e inteligente forma de leer), con las bondades de Internet y de las redes sociales, estoy seguro que derrotaremos a los ejércitos de matones de la web, convirtiéndolos para la causa de la alta cultura, sobre todo si ellos ayudan en esa tarea de desintoxicación.
La buena lectura es la mejor herramienta para conocer cómo fuimos, cómo somos y, quizás, cómo seremos. Esta capacidad humana, desarrollada a la enésima potencia por Internet, tiene el potencial de ayudarnos a cambiar a todos. La lectura debe ser un importante instrumento de transformación social.