La incertidumbre, el personaje de la coyuntura electoral colombiana
Después de las elecciones a Congreso, el panorama de las presidenciales se oscureció en vez de aclararse. Si antes no había certeza acerca de quién podía ganar el solio de Bolívar, ahora lo que domina es la más completa incertidumbre sobre cómo quedarán los aspirantes en la primera ronda.
A pesar de todo, la coyuntura arroja unos hechos que podrían servir de puntos de partida para plantear algunas hipótesis. El primero de ellos es la votación del candidato de la derecha, Iván Duque, y de la izquierda, Gustavo Petro.
Fueron votaciones aceptables para una consulta, de un poco más de cuatro millones para Duque y de casi tres millones para Petro. Ese hecho político recogió varios de los elementos que marcan la coyuntura electoral, como el miedo al castrochavismo, el odio contra la izquierda o contra la derecha, la indignación contra la corrupción y la desigualdad, etcétera.
Quienes mejor representan la polarización que aún divide al país (como una secuela de la guerra) son el candidato de Uribe y Gustavo Petro. Una mezcla de odio y miedo es utilizada por el uribismo para llevar a las urnas a sus partidarios, y este hecho se mantendrá para la primera vuelta.
La indignación contra la corrupción y contra la desigualdad es canalizada por Gustavo Petro en las plazas y fuera de ellas, para estimular a los votantes antisistema, antiderecha, y a todos los excluidos por la política tradicional. Este aspecto se mantendrá inamovible hasta donde llegue el candidato de la izquierda.
Iván Duque y Gustavo Petro son aspirantes a quienes los resultados de la consulta hicieron casi irremplazables para la primera vuelta. Son, también, quienes mejor recogen las principales motivaciones que empujan a las personas a votar. Por esto, no se puede asegurar que ya llegaron al techo de sus probables votantes, y lo más seguro es que en la primera vuelta incrementen su caudal de votos.
Ese hecho contrasta con la situación del resto de aspirantes presidenciales, que aún no han sido contados de manera directa. El anclaje de todos ellos para mantener sus aspiraciones es la votación a Congreso de los partidos que les apoyan.
Pero la experiencia histórica indica que las circunstancias para elegir congresista son un poco distintas a cuando se elige presidente. El aspirante a Congreso deja la vida en su propia elección, porque lo que está en juego allí es su existencia como político. Este es uno de los fundamentos de la compra-venta de votos, y de la enjundia que exhiben los candidatos a Congreso en época electoral.
Todo ese amor por los votos disminuye dramáticamente cuando la elección no es la propia, sino la de otro. Las redes clientelares ya no operan a plena capacidad y el dinero para la campaña se reduce a lo estrictamente necesario, sobre todo en los partidos con vocación clientelista, lo cual afecta el rendimiento electoral.
Este aspecto, entre otros, hace que los votos a Congreso no puedan ser endosados al candidato a presidencia. De donde se infiere que los aspirantes que se ilusionen cándidamente con la votación a Congreso de sus partidos, se podrían llevar una gran desilusión, al notar que en primera vuelta no les alcanzan los votos para seguir jugando.
Vargas Lleras, De la Calle y Fajardo le apuestan a esa opción y a la incertidumbre más completa. Todos piensan que los votos a Congreso les podrían servir para abrazar la segunda vuelta, junto con un fervor en los electores que está por construirse. Sin embargo, ninguno de ellos ha sido contado (como ya lo fueron Petro y Duque), por lo cual todo a su alrededor aún sigue en las tinieblas.
El nivel de incertidumbre en sus casos es mucho mayor que el de los aspirantes que representan la polarización nacional. Hay que ver, en primera vuelta, qué respaldo real reciben, y nada lleva a pensar que podrán superar la votación de los partidos que les apoyan, pues, como ya se anotó, los únicos votos fijos suelen ser los de opinión o los de los incondicionales.
Otra circunstancia que conspira contra una votación más nutrida estimulada por los partidos en las presidenciales, se relaciona con las crisis internas de algunos de ellos. Los liberales, por ejemplo, están desunidos entre quienes aceptan a Gaviria y quienes cuestionan su liderazgo. Ese hecho, de alguna manera, afectará su rendimiento electoral en las presidenciales.
Tampoco es seguro que De la Calle le pueda ganar a Fajardo los votos independientes que no irán hacia Duque o hacia Petro. La lucha por la parte central del espectro político también parece estar marcada por la incertidumbre. ¿Logrará Humberto De la Calle revertir los datos de las encuestas y avanzar a segunda vuelta?
En cuanto a la alianza que apoya a Sergio Fajardo, es de público conocimiento que desde hace rato está muy resquebrajada, debido a la ideología y a las posiciones políticas de los militantes del Polo y de la Alianza Verde. Muchos de ellos decidieron votar en la consulta por Petro, pues representa mejor sus principios doctrinales.
Nada permite asegurar que Fajardo podrá recoger la votación mayoritaria de los dos partidos de su alianza, y la incertidumbre se incrementa cuando se piensa en los votos de los independientes o de quienes no se alinean en el campo de la derecha o de la izquierda. ¿Será capaz Fajardo de atraer esos votos y de obtener más de dos millones de votantes en la primera vuelta? Si supera esa meta, sería una gran sorpresa.
El otro candidato en lisa es Vargas Lleras, pues los demás marcan muy poco en las encuestas y carecen de congresistas. Este es uno de los casos típicos de soledad total sin atenuantes, pues si mira hacia la derecha no hay con quien, y en la izquierda lo detestan.
Este aspirante añora repetir, por lo menos, la votación de Cambio Radical a Congreso, y a arañar un poco más con lo aportado por Pinzón, quien tiene buenas relaciones en la U, con los militares en retiro y entre los conservadores. Con todo, es muy difícil que Vargas Lleras siga en el juego electoral después de la primera vuelta, ateniéndonos a la radiografía de su proceso político particular.
Si las circunstancias se mantienen como hasta ahora, lo único cierto es que hay un par de aspirantes ya votados que podrían incrementar su caudal en la primera vuelta. Y tres candidatos con aspiraciones, pero sin los medios suficientes para ir a la segunda etapa.
De tal manera que el pronóstico que salta a la vista es el de que Petro y Duque llegarán hasta la instancia final, pues cada uno condensa la cantidad de miedo y odio suficientes como para despertar la pasión de los votantes. Los dos son los líderes de la polarización cerrera que aún sacude al país, y que será decisiva en las presidenciales.
El colmo de los colmos en la aplicación del principio de incertidumbre sería que alguno de los dos candidatos con más opción ganara en la primera vuelta. Ese escenario, que es el sueño de ambos, es el más imposible de los improbables.