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La furia del Procurador Ordóñez

El Procurador Alejandro Ordóñez arremete contra casi todo sin ninguna clase de miramientos y cruzando los límites que le ha fijado la ley. Se supone que una de sus responsabilidades principales consiste en representar y defender a la ciudadanía ante el Estado.

Pero hay ciudadanos y grupos que no merecen la protección de este funcionario, porque él muchas veces no califica o descalifica conforme a la ley sino de acuerdo con la tonalidad de sus ideas. Todo aquel que contraríe la perspectiva ideológica del Procurador puede ser objeto de persecución o de cercenamiento de sus derechos, si cae en la telaraña de las facultades que le entregan la constitución y las leyes.

El perfil retrógrado del señor Ordóñez le ha inducido a oponerse a la aplicación de normas establecidas por otras instancias del Estado, como ha ocurrido en el caso del aborto o de los derechos de algunas minorías que le escandalizan. La furia de este Procurador se ha desatado contra esas disposiciones, no porque así lo indiquen las normas establecidas, sino por simple malquerencia ideológica o religiosa.

A pesar de que la paz es considerada una aspiración de gran parte de la ciudadanía y de que, en cierto modo, es un mandato constitucional, Ordóñez se ha dedicado a apuñalarla, convirtiéndose en un francotirador contra esta desde las entrañas del Estado. Su furia en esa materia parece no tener límites.

No desaprovecha ninguna oportunidad para tergiversar, desinformar o calumniar si eso sirve a su propósito de sabotear el proceso de paz. Exagera lo que le conviene y minimiza lo que es contrario a su enfoque, buscando siempre descalificar lo que se ha logrado entre las Farc y el gobierno hasta ahora.

Si surge una disidencia minoritaria dentro de las Farc pierde el equilibrio expresando que eso demuestra el fracaso de todo el proceso, por cuanto esa organización seguirá usando las armas y el narcotráfico como medios de lucha, al lado de la participación política legal.

Ordóñez se niega a ver que esa facción es un problema para la paz y para las propias Farc, y aduce que los disidentes harían parte de una estrategia similar a la de seguir utilizando todas las formas de lucha, lo que convierte el proceso en una completa farsa. Su furia desmedida lo hace destilar toneladas de cizaña, buscando sembrar el caos.

A él le tiene sin cuidado que la dirección completa de las Farc y más del noventa por ciento de los guerrilleros se mantengan en la línea de la paz negociada, porque lo suyo no es la verdad ni la ley sino sabotear el proceso, tergiversando la cuestión mediante el truco de intercambiar el todo por la parte.

Uribe y Ordóñez son los dos personajes más siniestros de cuantos se oponen a la pacificación nacional. El odio de ambos ha sido incubado por la acción de las guerrillas en el curso de la guerra; y esa es una inquina que dirige el comportamiento de ellos y de muchas otras personas de las élites y de los sectores populares.

Pero en el caso del Procurador Ordóñez, su oposición no es solo contra la paz sino contra la democracia y contra todo lo que nutra la existencia de una sociedad pluralista, más abierta e incluyente. Este señor se comporta como un cruzado medieval que ataca y pretende suprimir aquello que está más allá de su estrechez de miras.

El moralismo místico y la visión totalitaria lo han convertido en el funcionario más peligroso del Ministerio Público, sobre todo por el excesivo poder de que ha gozado para reprimir política e ideológicamente a sus contrarios, en varios casos mediante un uso amañado de las normas constitucionales y legales.

Ordóñez fue escogido por el Senado en el año 2009 y uno se pregunta qué le vieron para escogerlo y, sobre todo, por qué lo elevaron a un cargo de tanta responsabilidad para el país. En seis meses deberá abandonar su puesto por fuerza mayor y queda por ver cuál será la magnitud del daño que le infringirá a la paz, objeto en estos momentos de su incontenible furia.

Suceda lo que suceda, Alejandro Ordóñez ya se instaló en la historia como el Procurador más retardatario y tendencioso que tuvo Colombia en las últimas décadas. Como perseguidor, manipulador y contrario a una sociedad abierta e incluyente, de seguro que no podrá ser superado por nadie.