La forma del voto
Desde que el voto se convirtió en instrumento para elegir autoridades políticas o administrativas dentro de los estados, ha dependido de las condiciones estructurales y de las coyunturas de diverso tipo de las naciones.
En el siglo veinte, la manera como se debe organizar la economía condicionó la agenda de los partidos y de los individuos. La discrepancia entre los partidarios del capitalismo ha oscilado entre quienes le dan prioridad al mercado en la regulación de los procesos, y quienes se inclinan por un Estado más interventor.
Esta discrepancia, relacionada con las estructuras económicas, sirvió de norte en la organización de los estados de bienestar después de la gran crisis de los años treinta, y en el papel que jugaron las ideas intervencionistas keynesianas en todo el planeta, incluida Latinoamérica.
El agotamiento de los modelos keynesianos trajo consigo, por la vía del voto, el ascenso al poder de partidos y grupos partidarios del liberalismo económico, pero afincados en el pensamiento político conservador, como ocurrió, a partir de los años setenta del siglo veinte, con Margaret Tatcher, Ronald Reagan y Augusto Pinochet.
A principios del siglo XX, se abrió en Europa otro camino, el del totalitarismo de derecha y de izquierda. Después del triunfo de los revolucionarios en Rusia, entró en el juego político una vía alternativa a la del capitalismo para organizar la economía, la de la planificación estatizada, mediante la cual se destruyeron los mercados, la propiedad privada y los demás ingredientes del sistema capitalista.
Aunque esta opción siempre estuvo presente en los últimos tiempos, solo ha llegado al poder, por la ruta del voto, en pocas ocasiones. La vía de la violencia es la nota destacada en los casos de Rusia, China y Cuba, por mencionar los ejemplos más notables, en tanto que los de Chile, de Allende, y la Venezuela, de Chávez, sirven para ilustrar el camino electoral anticapitalista en Latinoamérica.
El ascenso al poder de Hitler estuvo marcado por esa gran confrontación entre partidarios del capitalismo y de la revolución. La terrible inestabilidad política de Alemania abonó el terreno para que un hombre fuerte y sin escrúpulos asumiera las riendas del Estado, en parte por el sendero electoral, y galopando sobre la estructura política vigente.
Como elementos estructurales también podrían considerarse los aspectos simbólicos asociados al racismo, al nacionalismo, al chauvinismo, entre otros, que han marcado la historia electoral europea y americana.
Trump y los partidos y movimientos nacionalistas europeos son un claro ejemplo del peso de tales estructuras simbólicas en el comportamiento político de la gente y en la manera como depositan su voto.
Al lado de estas condiciones, que influyen sobre el sentido del voto, se encuentran otras de mayor o menor peso, según la coyuntura. Una es la desigualdad moderada o exagerada que brota del capitalismo, y otra es la corrupción que siempre acompaña a esta organización socioeconómica.
La desigualdad económica es el principal caballo de batalla de los anticapitalistas, pero también es un problema fundamental que lesiona la legitimidad de la economía de mercado. La corrupción tiene un efecto muy negativo sobre el funcionamiento económico, y es una de las principales causas que deslegitiman la democracia.
El triunfo de Chávez en las elecciones de 1998 se asentó sobre una profunda crisis económica, adosada a una aguda caída de la legitimidad de los partidos y políticos tradicionales, que tuvo como ingrediente principal la corrupción estatal y privada.
En Colombia y México, la indignación popular, derivada de la desigualdad rampante y de la crítica a la corrupción, ha definido la calidad de las votaciones, más allá de que Petro y López Obrador puedan capitalizar a su favor esos efectos, que se le achacan a la politiquería tradicional.
La forma del voto también suele ser definida por variables menos estructurales o coyunturales, como las peculiaridades de un líder carismático, el empleo de la mentira (fake news) como estrategia electoral, o la compra-venta de sufragios. En la actualidad, tales aspectos suelen combinarse sin problemas en algunas elecciones.
El clientelismo (conectado a los partidos, a los líderes y a la estructura estatal) suele ser decisivo en países con poco desarrollo en su cultura política y en sus sistemas de control legal, donde los grupos políticos funcionan como empresas electorales expertas en la compra-venta de votos, y en utilizar al Estado como un botín a depredar.
Independientemente de los factores que los distorsionan, los votos son el instrumento menos traumático para generar cambios en el poder político estatal. Las elecciones son consustanciales a la democracia liberal, que ha probado ser el sistema menos malo, si lo comparamos con el totalitarismo de izquierda (estalinismo) o de derecha (fascismo).
Si se tiene en cuenta la experiencia histórica y el fracaso notable del totalitarismo socialista y fascista, queda claro que el camino menos espinoso para la humanidad consiste en seguir reforzando la libertad política, la legalidad, y un tipo de economía que facilite el desarrollo de las fuerzas productivas y el bienestar colectivo.
Aunque la historia ya demostró que es imposible alcanzar ese bienestar por la ruta de la dictadura (fascista o estalinista), también sirve para demostrar que se hace inviable una democracia en manos de los corruptos, y que es inconveniente una economía tan concentrada que niegue una adecuada redistribución de la riqueza.
La pobreza y la miseria, alimentadas por la desigualdad y la mala distribución del ingreso nacional, contribuyen a poner en entredicho la economía de mercado. La corrupción y los ladrones de cuello blanco lesionan de manera grave la democracia política.
Por encima de los triunfos y los fracasos, de las victorias y las derrotas momentáneas, la humanidad entiende hoy que es mejor elegir a los líderes a que estos se impongan mediante la ley del más fuerte, y que, por lo tanto, es mucho mejor la democracia que la dictadura.
Pero lo ideal es que la vida democrática (basada en el pluralismo, en las elecciones y en una cultura que ayude a entender y tolerar la diferencia), sepa convivir con un sistema legal y económico que combata con eficiencia la corrupción y la desigualdad flagrante, como ocurre hoy en algunos países del norte de Europa.
Los votos han servido para imponer las dictaduras y los gobiernos insensibles y corruptos. ¿Por qué no pueden servir también para seleccionar gobernantes serios y sinceramente preocupados por el bienestar común?