La demagogia
La demagogia es tan antigua como la política. Ya entre los griegos se usaba el término para hacer alusión al comportamiento de aquellos líderes que enervaban a la masa, con mentiras o engaños, buscando réditos políticos para su propio provecho.
Platón y Aristóteles ligaron el término a la democracia, para mostrar el lado problemático de esta, cuando el pueblo, liderado por el demagogo, actúa o decide sobre la base de la simple emoción, violentando las normas y sin ningún apego a la institucionalidad.
En este caso, la demagogia no solo está inserta en la democracia, sino en una crisis que sacude y altera todos los comportamientos reglados por la ley (Ver: Valentina Pazé, La demagogia, ayer y hoy. Andamios, Revista de Investigación Social, vol. 13, núm. 30, enero-abril, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2016, pp. 113-132).
Podría asegurarse que la demagogia también tiene por escenario la actividad política en las sociedades de masas con sistema democrático. Pero, así mismo, se conecta con un tipo de líder, el jefe demagógico, y con una clase de pueblo, aquel que está predispuesto a aceptar el discurso demagógico porque se liga con su disgusto, con sus deseos, prejuicios o ideología.
Esta combinación abre un ancho espacio para el uso de la mentira, o del engaño, por parte del demagogo. Mucho de su éxito se debe a que canaliza con habilidad las pasiones, o las emociones más primitivas del seguidor o votante, apoyado en ideas engañosas o en mentiras enmascaradas con el ropaje de verdades.
Esta situación remite al hecho de que el demagogo no tiene en cuenta la ética a la hora de emitir sus propuestas, pues lo único que le interesa es convencer para triunfar, así sea abandonando los escrúpulos más elementales. La demagogia casi siempre está articulada a la mentira y al engaño, como se vio en el Brexit y en la elección de Trump.
Pero ella no se explica solamente por el comportamiento de un líder antiético que manipula a las masas, o por la existencia de procesos irracionales en la gente (asociados con el odio, el miedo, el resentimiento, o la incomprensión), sino que también puede contener aspectos racionales, vinculados a una ideología o concepción política.
Cuando se expresa la idea de que el demagogo le llega a las personas porque dice lo que quieren oír, se estaría en presencia de esa situación: el demagogo adquiere un gran apoyo popular sobre la base de conectarse con lo profundo de sus seguidores, porque interpreta hábilmente su ideología o su forma de ser, o está sintonizado con estas.
El racismo y el nacionalismo son dos ejemplos que permiten explicar por qué Hitler recibió un apoyo abrumador en la Alemania nazi: estos no estaban solo en su discurso, sino que habían sido racionalizados de antemano por la población.
Tal fenómeno sirve también para explicar el carácter del carisma en el líder demagógico. Como anotó Weber, ese carisma tiene en cuenta las habilidades del demagogo para arrastrar a la masa, pero, así mismo, la predisposición de las personas para aceptarlo, lo cual no siempre se explica acudiendo a la irracionalidad.
Los estudios del fenómeno de la demagogia señalan que esta no se asienta solo sobre los simples aspectos emotivos, pasionales o irracionales del seguidor (circunstancias que también estarían presentes en la acción política no demagógica), sino, además, en comportamientos o formas de pensar bien estructuradas, racionales, como ha ocurrido en los casos del racismo norteamericano o del regionalismo catalán.
Eso lleva a pensar que la demagogia no es solo la consecuencia de la actividad de un líder demagógico que miente o engaña, sino el resultado de las actitudes de una población que acepta a ese jefe (o grupo de jefes) porque está de acuerdo con sus planteamientos, los cuales se sintonizan con sus creencias, prejuicios o modelos para entender la realidad.
En consecuencia, la conexión carismática que se produce siempre entre el demagogo y su público posee ingredientes irracionales y racionales. No solo las emociones, o la indignación, llevan a triunfar al líder demagógico, sino también aquellos arreglos racionales producidos dentro de la cultura, asociados a la religión, a la ideología o a las tradiciones.
Con todo, en los procesos demagógicos parece existir una constante histórica, tanto en la antigüedad como en el ahora: los demagogos surgen en los momentos difíciles, en las crisis que parecen no tener salida. Así fue en la Grecia antigua y así ha sido en la actualidad, siempre de la mano de ideas exageradas o de paraísos de imposible realización.
Aunque la demagogia no es un sistema político en sí, puede ser utilizado por los miembros de todo el espectro político que promueven proyectos globales, como en efecto ha ocurrido bajo el populismo o el fascismo (Ver: Norberto Bobbio y otros, Diccionario de Política, Siglo XXI Editores, México D.F., México, p. 439 y siguientes).
El recurso del engaño, de la mentira, de las verdades a medias, o de las mentiras descaradas, siempre estará disponible para uso de los demagogos. Las promesas que nunca se podrán cumplir también seguirán adornando las estrategias demagógicas, como se ha visto a lo largo de la experiencia histórica humana.
La historia enseña que la demagogia es un síntoma, una señal de que las cosas no están bien, ni por el lado del demagogo ni de quienes le apoyan. La demagogia suele ser un síntoma de la crisis social y de la desesperación de la gente. La historia también enseña que de ella nunca ha salido nada bueno ni sostenible.