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La decencia en la política

La decencia es una condición de las personas serías, probas, que se mueven en la vida sin altisonancia, con modestia, aunque posean una elevada calidad intelectual. La decencia es una expresión de la honestidad, o de los principios y valores que regulan la vida de la gente que la posee.

Una persona decente respeta a los demás y respeta, también, los bienes públicos, por cuanto la concreción de su modo de ser siempre se manifiesta en la relación con el mundo circundante, en su praxis social. Es un contrasentido que alguien se autodefina como decente y exhiba una actitud irrespetuosa hacia quienes le rodean.

Simón Bolívar solía escribir que la mejor política era la honestidad, es decir, hablarle claro, sin mentiras, a los demás y no robar los recursos del Estado. La honestidad, la honradez son también ramificaciones de la decencia, de donde se infiere que a lo que aspiraba El Libertador era a la cooptación de políticos decentes para el manejo de los asuntos públicos.

Esa integridad en el obrar, que se expresa en un comportamiento que niega la mentira y la corrupción, es lo que está haciendo falta en nuestro país, donde los partidos y la política están fuertemente influidos por los indecentes, por los deshonestos y oportunistas.

La mentira es el arma que usa la ultraderecha nacional para desinformar y para tergiversar la interpretación de los acontecimientos. Esa ultraderecha (encarnada en el Centro Democrático) está incursa en los peores actos de corrupción, precisamente porque arrastra una falencia decisiva: carece de políticos decentes, vale decir, honestos, en el sentido que planteaba El Libertador.

Pero esa carencia no es solo de ese partido, pues también se puede encontrar en casi todo el espectro político. De instrumentos de cambio social o de poder, los partidos se han convertido en medios para el enriquecimiento personal que usa al Estado como principal víctima; o sea, estos sirven de nicho para que los corruptos hagan su festín con el dinero de todos.

Ese fenómeno tiene su raíz en la calidad de los políticos. Políticos indecentes producen siempre los mismos resultados: corrupción, irrespeto contra las instituciones públicas, y un uso indiscriminado de la mentira como herramienta complementaria cuando van por el poder o cuando lo defienden.

Un ejemplo claro de esa indecencia política la protagonizaron Donald Trump y sus amigos en los Estados Unidos, varios de los agentes que lideraron el Brexit y quienes se oponen a la paz en Colombia. De donde se infiere que en la política como en la guerra casi siempre pierden la decencia y la verdad.

No es sencillo combatir a los oportunistas que ingresan a la política para hacer plata en una sociedad movida por el dinero y por la ambición de poseerlo a como dé lugar. La solicitud del expresidente Mujica (quien pidió que los amantes del billete no ingresaran a la política) es muy difícil de cumplir en un contexto como el actual.

Pero sí es posible trabajar en la formación de líderes idóneos dentro de la educación formalizada y en los propios partidos. Los medios de comunicación también podrían desarrollar una importante tarea en ese sentido, aparte de su función como mecanismos de control social para enfrentar a los corruptos.

Hay que entregarle más armas a la justicia para sacar del ruedo a los deshonestos, una vez se compruebe su indecencia. Y ese comportamiento inadecuado no solo se relaciona con el robo del dinero de los contribuyentes, sino con el uso sistemático de la mentira como arma política.

Por lo tanto, la muerte para el servicio público, la sanción social y hasta la cárcel deberían cobijar a los ladrones del erario y a los embusteros que engañan a la población con propósitos electorales, como se hace en otros países.

Una batería de mentiras bien aceitada permite ganar elecciones, como ocurrió recientemente en los Estados Unidos, en Gran Bretaña y en Colombia. Por lo tanto, la legislación y las instituciones deberían contar con instrumentos para enfrentar el flagelo, normalmente asociado a sectores corruptos de la política.

Más allá de la organización partidaria y de los hermosos programas está la acción de los políticos deshonestos que minan la credibilidad de la lucha política. Un político sin principios ni valores se convierte, por regla general, en depredador de lo público y en un mal ejemplo para todos.

La experiencia nacional permite demostrar que ningún partido está exento de cobijar a los políticos indecentes. Un repaso ligero por la historia reciente muestra con claridad que la deshonestidad convertida en político es el pan de cada día en la derecha, en el centro y en la izquierda del espectro.

Y los políticos indecentes son el principal ejército que defiende y practica la corrupción a todos los niveles. Por lo cual, el combate contra esa lacra nacional pasa por desenmascarar y apartar a los mercenarios que nutren la politiquería.

Es mucho más difícil sacar de la política a los corruptos sin la cooperación de los ciudadanos que los eligen. Pero esa batalla hay que darla elevando también la calidad del elector, sobre todo mediante campañas pedagógicas adentro y afuera de la educación formal.

Lo peor que podemos hacer como sociedad es cruzarnos de brazos ante los corruptos. La indecencia, la deshonestidad convertida en político no pueden seguir rigiendo los destinos del país.

La honestidad es la mejor política, solía decir Simón Bolívar. La corrupción que patrocinan los políticos sin principios es la peor política, indudablemente.