La cultura ciudadana
Se ha escrito abundantemente, a nivel nacional e internacional, sobre el tema de la cultura ciudadana. En general, esta se define como el conjunto de simbologías, normas, principios, valores que regulan u orientan la vida social dentro de las ciudades.
Es evidente que todos poseen una cultura, incluidas las personas de la calle, los viciosos y los seres violentos que proceden del narcotráfico o de las pandillas. Pero no es a ese sentido tan genérico e incluyente a lo cual se refiere el concepto de cultura ciudadana.
Este se conecta más con la forma como Freud entendía la cultura, como un instrumento para superar la animalidad o la violencia salvaje, o como una herramienta para enfrentar las tendencias violentas y disolventes, las prácticas sociales perversas, que deterioran la convivencia o, en últimas, contribuyen a destruirla.
A esa concepción que pretende mejorar la calidad del ser humano mediante la educación es a lo que hoy se le denomina cultura ciudadana. Es ciudadana porque se concentra en las ciudades y en generar ciudadanos, pero suele trascender los espacios citadinos y proyectarse en otros ámbitos.
La cultura ciudadana enfatiza la formación en valores y principios, y en fundamentos como el respeto y la tolerancia. El respeto por las ideas y la condición de los demás, por el patrimonio social en todas sus expresiones, y por la comunidad imaginada a la cual se pertenece.
La tolerancia y el respeto por los otros, por quienes no son como uno ni piensan como uno por razones ideológicas, políticas o religiosas. En este sentido, esta concepción se liga a la idea de la resolución de los conflictos por la vía del diálogo, y a la convivencia pacífica e inteligente de todos, sin distingo de género, sexo, clase social o procedencia étnica. Es decir, plantea el pluralismo en sentido amplio.
Ha sido difícil construir cultura ciudadana en las ciudades y países, pues ese proceso abarca dos situaciones globales que cruzan casi toda la vida social y las tradiciones o conflictos típicos de cada nación. Por una parte, la de los escenarios y agentes capaces de liderar esa construcción, y, por la otra, la de los problemas que se deben resolver.
En cuanto a cuál debe ser el epicentro para transformar la cultura, desarrollando la idea de ciudadanía como se ha bosquejado, existe consenso en que el campo principal para hacer ese trabajo es el de la educación formalizada, en todos sus niveles.
Desde la niñez hay que trabajar en las escuelas esa formación en valores que permitirá generar en el futuro ciudadanos respetuosos y tolerantes, que ayuden a mejorar la calidad de la convivencia. Tal proceso debería tener continuidad en los niveles de la educación media y en la universidad. Las falencias en ese trabajo en el campo de la estructura educativa, tendrán consecuencias muy negativas en otros terrenos de lo social.
Pero el desarrollo de la cultura ciudadana es una tarea transversal que también abarca a los medios de comunicación, a los partidos políticos, a las familias y hasta los sindicatos y otras organizaciones de base. Si lo que se quiere es una sociedad no degradada por la violencia y por los antivalores que destruyen la convivencia, la tarea involucra a todos los agentes sociales y a las instituciones que no hacen parte de la estructura educativa.
La experiencia nacional e internacional indica que sí se puede construir esa cultura ciudadana en las ciudades y países, tomando como eje las instituciones educativas formalizadas, e integrando las otras instancias de la sociedad, incluido el Estado. Un ejemplo parcial de lo que se escribe aquí fue el de la alcaldía de Antanas Mockus en Bogotá, que arrojó algunos resultados positivos (aunque no continuados), a pesar del contexto tan problemático.
En ciudades como las colombianas, conspiran contra la convivencia inteligente los remanentes de las subculturas de la violencia política y del narcotráfico, que siguen influyendo en todas partes, y que se reproducen en el estilo de las pandillas barriales, del coleto metedor de droga, del delincuente común y de los individuos con un nivel educativo bajo o casi inexistente.
Esa subcultura degradada, carente de valores y principios (y violenta casi que por naturaleza), se proyecta, desafortunadamente, en las redes sociales, las cuales se han convertido en un nicho de los matoneadores y los irrespetuosos, y en un instrumento que reproduce esos estilos violentos, si descontamos las excepciones a la regla.
Las redes sociales podrían convertirse en un medio para superar ese problema si los maestros, los intelectuales, los artistas y, en general, toda la gente ilustrada que hace presencia en ellas decide trabajar (o seguir trabajando) en pro de otra cultura, basada en el respeto, la tolerancia, el saber y en la comprensión profunda de que podemos ser diferentes sin matarnos.
La principal batalla habría que darla por nuestra juventud, y no tanto en las redes sociales, que a la final son una especie de proyección de lo que ocurre en otros campos de la sociedad. Ese compromiso por otra cultura le compete a la familia, a la escuela, a la universidad, al Estado y a los medios de comunicación, principalmente.
La degradación cultural es el caldo del cual se nutre la corrupción, que no solo anida en los partidos y en las clases vinculadas al Estado, sino en los sectores populares. La corrupción no se alimenta exclusivamente de los problemas sociales (que es pertinente enfrentar), sino de unos patrones culturales degradados y degradantes que contribuyen a generarla y a reproducirla.
Pero los problemas sociales (como las familias disfuncionales, la drogadicción, el alcoholismo, el desempleo, entre otros) no pueden convertirse en excusa para eludir y tolerar la incultura ciudadana, sino todo lo contrario: deben ser entendidos como parte del problema, no como una justificación del mismo.
Contra el lumpen incorregible, el delincuente común irredimible o los bárbaros que no respetan a nada ni a nadie (y que no tienen posibilidad de cambio), la sociedad debe acudir a los otros medios que se han creado en la historia para evitar que nos arrojen en la anomia total. Allí la tarea educativa quizás tenga poco margen de acción, y lo que se impone es el uso de las normas legales establecidas.
Es un hecho que para desarrollar la cultura ciudadana es pertinente enfrentar con decisión los problemas sociales que le sirven de caldo de cultivo al descontento; es otro hecho que mejorar la calidad de la estructura educativa contribuirá a enfrentar mejor el flagelo de la violencia, la intolerancia y el irrespeto.
Pero sin el compromiso de los maestros, de los políticos sanos, de los medios de comunicación, de las familias y de los demás agentes sociales será muy difícil superar un problema que lesiona la convivencia en la ciudad y en todo el país. El cambio de las estructuras simbólicas de la violencia y de la degradación requiere el concurso de todos.
Porque la solución no está en la anomia social, ni los modelos sociales dominantes deben ser el corrupto, el lumpen, el drogadicto, el alcohólico o el violento sin causa. La cultura ciudadana, combinada con las reformas sociales que mejoren la calidad de vida de las mayorías, es la ruta a seguir.