La compleja elección del presidente en los Estados Unidos
Es interesante conocer cómo se elige al primer mandatario de ese país, no solo por la importancia de esta nación a nivel planetario sino porque la disputa involucra a un excéntrico miembro de la farándula, que representa un peligro real, tanto para los Estados Unidos como para todo el mundo.
El próximo 8 de noviembre se elegirá al presidente(a) número 45 de ese país, para reemplazar a Barack Obama. El modo de elección indirecta de ese funcionario tiene una larguísima trayectoria, y se ha mantenido, con algunos cambios, hasta la actualidad.
Esa elección presidencial es indirecta porque el primer magistrado no resulta del voto popular directo, sino del de unos delegados que van al Colegio Electoral a votar por quien creen debe ser el nuevo presidente. Cada Estado escoge a los delegados mediante votación directa.
El partido o candidato que gane cada Estado obtiene los delegados que le corresponden a esa jurisdicción. Esta victoria resulta de los votos emitidos por las personas para escoger los delegados que irán al Colegio Electoral, al sufragar por el partido y candidato de su preferencia.
En la actualidad, el Colegio Electoral está compuesto por 538 delegados (o compromisarios), que equivalen a los 100 senadores, más 435 representantes, más 3 delegados especiales de Washington D.C., que no cuenta con senadores en el Congreso, pero sí envía esos delegados por disposición legal.
De acuerdo con el número de senadores y representantes a que tiene derecho cada Estado en el Congreso Nacional, así será el número de delegados que escogerá para el Colegio Electoral. El caso especial es Washington D.C., que envía 3 delegados a pesar de carecer de senadores.
En el sistema electoral indirecto norteamericano para escoger presidente, los delegados al Colegio Electoral surgen en función de la representación política de cada Estado en el Congreso, y esta representación depende del número de habitantes de cada uno de los Estados de la unión, o de su peso constitucional o político.
Cuando alguien está votando por una plancha presidencial en cada sección del país, no lo hace para elegir de modo directo a su nuevo mandatario, sino para instruir o decirle a un delegado que debe votar por tal o cual aspirante en el Colegio Electoral, que es la instancia que decide quién será el nuevo presidente.
En esto reside el carácter indirecto de la elección presidencial norteamericana, la cual se ajusta al modelo federalista que rige a toda la república. Algunos ven con buenos ojos este modelo, porque difumina la elección entre la voluntad popular y la voluntad de unos delegados que, supuestamente, se tomarán su tiempo para decidir con cabeza fría, a pesar de que su decisión final ya viene determinada por la votación popular.
El nuevo presidente de la república sale con los votos de la mitad más uno de los integrantes del Colegio Electoral, es decir, la mitad de 538 (269) más 1=270 delegados. Quien gane 270 delegados, o más, en los diversos Estados será el nuevo presidente, independientemente de sí triunfó o perdió en la votación popular para escoger estos.
Es curioso el hecho de que se puede perder la votación popular en la escogencia de los delegados pero, así mismo, ganar la presidencia en el Colegio Electoral. Este fenómeno se produce porque quien gana la votación popular para escoger los compromisarios del Colegio Electoral no puede ser ungido directamente como presidente, debido a que esta función por ley le compete al Colegio Electoral.
También ha ocurrido que un aspirante gane la elección popular en todo el país para escoger delegados y, sin embargo, pierda la elección definitiva en el Colegio Electoral. Esto se debe a que no todos los Estados envían al Colegio el mismo número de delegados.
Quien gane los Estados con mayor número de compromisarios podrá alzarse con el triunfo en el Colegio, sin importar si gana o pierde la elección popular de delegatarios.
El caso más sonado de los últimos tiempos ocurrió en las presidenciales en que lucharon Al Gore y George W. Bush, hijo. En el año 2000, Gore ganó la votación popular con 50.999.897, en tanto que Bush obtuvo una cifra un poco inferior, 50. 456.002 votos electorales. Pero Bush ganó más delegados, al conseguir los de algunos Estados fuertes, alcanzando los 271 delegados, en tanto que Gore se quedó en 266.
En el complejo sistema descrito, los Estados con más delegados son California (55), Texas (38), Nueva York (29), Florida (29), Pensilvania (20) e Illinois (20). Quien gane los compromisarios de estas secciones (y de cinco más que siguen en importancia) podría asegurar la presidencia, aunque pierda la votación popular en todo el país.
Este sistema permite que un aspirante sea presidente así pierda en 39 Estados de la unión, al lograr la victoria en la elección popular de delegados en los Estados más poderosos.
A los seis Estados mencionados arriba, se agregan Ohio (18), Michigan (16), Georgia (16), Nueva Jersey (14), Washington (12) y el Distrito de Columbia (3). Es decir, estos 11 Estados más el Distrito de Columbia están en capacidad de elegir al nuevo presidente de la república, sin importar lo que ocurra en las 39 secciones restantes (o en los territorios), debido al sistema de elección indirecta vigente en los Estados Unidos.
La última contienda de este 8 de noviembre se producirá luego de una ardua batalla entre Hillary Clinton y Donald Trump, enfrentamiento que estuvo saturado de agresiones mutuas y de escándalos que han salpicado a los dos contendientes.
A pesar de lo que expresan las encuestas, no es claro aún quién ganará el combate por los delegados en cada Estado. Parece que la ventaja la tuviera Hillary, pero este sistema norteamericano no elude ni el clientelismo, ni el fraude, ni la corrupción.
Tampoco puede eludir que una mayoría descontenta emita un voto castigo contra los demócratas en el poder, o que proteste en la elección de delegados contra los partidos tradicionales votando por el peor candidato, o que vote por miedo a los inmigrantes, a los musulmanes, o por racismo o xenofobia.
En el mes de diciembre, el Colegio Electoral decidirá el reemplazo de Barack Obama, que asumirá las riendas del país desde el mes de enero de 2017. Ojalá que el populismo de derecha de Trump no lo catapulte al primer cargo de su país, porque de ser así sería el triunfo de lo peor que anida en la potencia norteamericana.
Lo más deseable es que las encuestas no se equivoquen, como ocurrió en Gran Bretaña y en Colombia, y que la mayoría se decida por el menos malo de los dos candidatos. El pueblo estadounidense tiene en sus manos salvar a su país de la pesadilla Trump, aunque sea votando por una aspirante que aún no convence.
Cualquier otro candidato es mucho mejor que el inconsistente Donald Trump, un tipo tan irresponsable e irrespetuoso que tiene muerta del miedo a la propia élite republicana. Si hasta los halcones lo ven con recelo, ¿se pueden imaginar la perla en bruto que es ese Trump?
La victoria de Clinton es lo más probable, pero el sistema de elección indirecta no excluye tampoco las sorpresas. Ojalá que los errores y la incapacidad de Trump sean más fuertes que el racismo y la xenofobia, para no asistir de nuevo al harakiri de un pueblo que se clava el cuchillo en su propio garganta, engañado por un especulador mentiroso. Ojalá que no ocurra una catástrofe así, por el bien de todo el planeta.