La compasión de la razón
La barrera que separa a los animales de lo propio del hombre se torna cada vez más delgada, a medida que la investigación científica avanza. La etología, como pionera en la investigación del comportamiento animal, se reforzó con estudios cruzados con la conducta humana, con disciplinas como la psicología social, animal y comparada, las neurociencias y la sociobiología, entre otras, de modo que la abundancia actual de testimonios fotográficos y fílmicos, tanto de profesionales como de particulares, permiten al gran público salir de la ignorancia y prejuicios de la especificidad de nuestra humanidad.
Los primates, la nutria y los córvidos utilizan herramientas. Se está comprobando que estos, los delfines, las ballenas y tal vez las aves, no son los solos animales en poseer lenguajes específicos. La risa se ha observado en bonobos y chimpancés, en las ocurrencias inesperadas o en las “metidas de pata” de sus congéneres, y algunos roedores ríen si se les hace cosquillas.
Lo interesante es que la inteligencia no privilegió únicamente al hombre, por ejemplo, el pulpo tiene capacidades para resolver problemas complejos. La adaptación desarrolló una alta inteligencia social en los insectos, tales como las abejas y las hormigas, al igual que formas de comunicación y modalidades sensoriales que hasta ahora se descubre en los vegetales. Si se trae a colación este tema, es para remarcar que muchísimos animales además de inteligentes y sensibles son capaces no solo de empatía, sino capaces de teorizar los estados de espíritu propios y del otro (intención, juego, conocimiento, creencias, etc.), que se conoce como la “Teoría del espíritu”.
Los animales dan muestras de ayuda entre especies e inter-especies. Invito el lector a ver en los enlaces (notas de pie de página), algunos videos de esos comportamientos[1]: el altruismo en el sacrificio propio de algunas madres[2] para darles una oportunidad de vida a sus hijos[3], al igual que el contraste entre una foto donde se muestra el furor salvaje y despiadado de un torero y la mirada de dolor e implorante de un toro[4]. Animal, que en su caso, nunca le ha hecho mal a nadie y por el hecho de no ser humano es torturado y masacrado en la plaza pública, como en la época de la Roma antigua, donde los cristianos sufrían el martirio en la arena del coliseo, debido a su creencia en un Dios diferente, y sus sufrimientos eran celebrados con aplausos enardecidos de los espectadores ávidos de espectáculos de suplicio y sangre.
Cuando los instintos de vida se enfrentan por la supervivencia, casi no se observa una tregua, saldándose, a menudo, por la huida o la muerte del contrincante. Los indígenas amazónicos o australianos, verbigracia, son conscientes de esta contingencia trágica, por eso cuando sacrifican un animal para comérselo, le piden perdón y encomiendan su viaje al otro mundo con los mejores deseos. La modernidad nos ahorra este espectáculo y nos vende las carnes y otros productos animales en paquetes estilizados y con excelente presentación, ocultando la barbarie y condiciones de cría, reproducción y muerte en masa de los animales. Si son ya condenables estas prácticas concentracionarias y antinaturales, lo son todavía más las torturas de las corridas de toros o las peleas entre animales, con el solo objetivo del espectáculo mórbido y las apuestas.
Sin generalizar ni achacar las prácticas no amables con los animales y que bien se le pueden imputar a la ignorancia, algunas investigaciones internacionales en criminalística y psicología social han establecido una prevalencia inquietante entre las conductas violentas y asociales de los individuos y el maltrato animal, como lo remarca en un blog el profesor de psicología social Laurent Bègue[5]. Lo que es innegable es que, hay suficiente información para atreverse a endosarle la culpa a la inopia del conocimiento y además, alegar que los animales no sufren ni sienten el dolor como los humanos. Tengamos en nuestra afirmación de humanidad un mínimo de compasión con nuestros parientes filogenéticos.
Lo anterior nos empata con la afinidad política y el comportamiento agreste de arreglar los asuntos políticos en Colombia: El candidato Petro prohibió las corridas de toro en Bogotá. La Corte Constitucional en su fallo C – 041 de 2017, les impone un plazo de dos años a las autoridades, para aprobar legislativamente todas las garantías de dar por terminado el maltrato animal, entre ellas, las corridas de toros en Colombia. Sin embargo, las intenciones del uribismo son otras. Quieren apenas se instale el Congreso en Julio del presente año restablecer como derecho la masacre de los toros, en aras de respetar el placer de “una minoría”, elevar a “arte” la tortura y muerte de los toros y conservar la tradición de esta costumbre ibérica, bárbara y despiadada. Es cierto que el toreo es una tradición, una mala costumbre que nos dejaron los españoles, como tantos otros ejemplos de violencias, como cuando descuartizaron y exhibieron en la plaza pública las extremidades de nuestros próceres y mártires comuneros. Revenir a nuestro pasado sirve para explicar el atroz presente y tratar de expulsar para siempre de nuestras costumbres sociales y políticas tanta inhumanidad con los animales y con los hombres, mujeres y niños de esa Colombia ideal que tanto celebramos.
[1]https://www.youtube.com/watch?v=gAnuNiMPBq8
[2] https://www.youtube.com/watch?v=mcjp2G0MCHs
[3] http://www.ideariosur.com/wp-content/uploads/2018/03/29249891_344692419358514_8868994374646428298_n-1.jpg
[4]https://www.pinterest.fr/pin/457678380854537103/sent/
[5] https://www.huffingtonpost.fr/laurent-begue/violence-extreme-animale_b_3154511.html