La Barranquilla que ignoramos
El secreto de la felicidad colombiana no es otro que la condescendencia. Las montañas no hacen feliz a un pueblo con hambre, las selvas con variados pajaritos no protegen de los riesgos de las calles, pensar en las mujeres como un objeto turístico para promocionar es más bien una razón para llorar y más o menos lo mismo aplica a la facilidad –o necesidad- de olvidar a punta de guaro y ron.
Condescendencia y vanidad, si este es el secreto para la jocosidad y ‘bacanería’ nacional, entonces por acá en Barranquilla –felices entre los felices- debemos ser narcisos profesionales, enamorados del reflejo distorsionado que se proyecta sobre las aguas del caño y los suburbios que le circundan.
Cuando en las mañanas nos levantamos y comprobamos en las noticias que otro pelao se ha muerto en algún barrio lejano y pobre de la ciudad, tenemos la capacidad inaudita para encerrar el hecho en un rincón lejano. Por medio de este elaborado proceso mental La Luz, El Bosque o Ferrocarril –en la cercana Soledad- nos producen casi la misma congoja y preocupación social que nos provocaría un nuevo bombardeo en Siria o Irak.
Aprendemos a creer con el tiempo que la violencia de la ciudad –ya tan rutinaria- es un problema de malandros, que entre ellos se matan y entre ellos queda aquello. Sobre cada nuevo muerto violento en la ciudad reposa el peso de la desconfianza, “culpable hasta que se demuestre lo contrario”… y aun así.
La actitud parece justificada. El pasado miércoles 3 de mayo tres personas fueron asesinadas a la salida del Sao de la 93, una zona respetable, acomodada, de gente ‘bien’. El evento atrajo la atención local –por un rato- dadas las características tan inusuales y su ejecución. Al cabo de unos pocos días los móviles del hecho ya habían sido determinados y la conclusión era la habitual: luchas de poder entre microtraficantes, narquitos peleando, la ralea asesinándose.
Es fácil desechar cada muerto de la ciudad a un asunto que afecta tan solo a una casta de gente violenta y a nadie más, imaginar que habitan en coliseos romanos de la posmodernidad de los que solo salen de vez en cuando para apagarse en alguna calle de la ciudad. La realidad está muy alejada de aquel análisis simplista.
Es fácil olvidar que el pelao que termina derramado sobre la calle no nació para ser asesinado, que no hay bebés con un pedacito de ADN marcado como ‘sicario’ o ‘traficante’. Lienzos en blanco como somos, cada joven que muere es parte del fracaso social que todos compartimos, no solo las autoridades locales o nacionales.
Tome a un ilustre hijo de la ilustrísima élite barranquillera, colóquelo a vivir en La Luz o en La Chinita, que viva con las ollas de droga a dos cuadras, que a la salida del colegio en vez de boli le vendan perico y marihuana. No lo haga dueño de almacenes de cadena, más bien procure que la precariedad del empleo local haya puesto a parte de su familia y conocidos a vivir del único negocio que les permite algún prospecto de movilidad social en una misma vida: el microtráfico (si no mueren pronto).
Agregue otras cosas que nadie tiene derecho a escoger, los entornos familiares disfuncionales, la ausencia masculina que nos hace el país con más niños que crecen sin figura paterna o, mejor dicho, con una figura irresponsable, infantil y ausente.
El 84% de los niños en Colombia nacen de madres solteras, y la mayor parte de esos niños viven en condiciones difíciles. Según cifras del Departamento de Prosperidad social, el 31% de estos menores vivirán en la pobreza extrema, como se vive en los barrios más violentos de la ciudad –la correlación es evidente-.
Puede que este hijo ilustre, colocado por la mala fortuna en un barrio de la periferia, no se convierta en asesino ni muera asesinado, puede que la suerte le acompañe, pero pretender que la dinámica de una ciudad se define a punta de azar es una locura. Esperar de los niños de los barrios más violentos una entereza, pertenencia, convicción, entrega, determinación, que ni los adultos más afortunados mostramos, es una de las ideas más ruines que a diario pare nuestra vanidad.
Ni hablar de todo lo que hay detrás de cada muerto. Cada nuevo número que se añade a las cifras esconde otra buena cantidad de jóvenes que se han perdido aunque las balas no les hayan alcanzado. Cada hurto, cada robo a casas, la proclividad a la violencia, agazapados tras el nuevo sicario caído de las noticias judiciales.
¿Alguna solución al problema? Criar mejor a los hijos sin duda, pero eso es tema de otro costal. Por lo pronto, es necesario dejar de ser condescendientes con nuestra realidad, creer que la ‘atracadera’ y la ‘matadera’ son producto de hecho aislados que corresponden a la maldad de unos pocos ‘antisociales’ –para usar la jerga policial- es absurdo.
Como lo dijo en enero el Fiscal General, el tráfico de drogas se está “acentuando” en la costa Caribe, cada vez más importante para el microtráfico en Colombia.
La falta de políticas sociales efectivas para ofrecer oportunidades a los más jóvenes está poniendo en bandeja de plata la región a los grupos criminales interesados en seguir encontrando carne de cañón barata en los suburbios de nuestras pequeñas Sirias locales, que ya hemos aprendido a ignorar, condescendientes, extasiados en la belleza de la cultura de este impecable vividero.