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La alergia a la responsabilidad latinoamericana

La esencia vital del latinoamericano fue representada de forma precisa hace poco más de 20 años por nada más y nada menos que un niño gringo, esos imperialistas que, en teoría, poco deberían saber sobre nosotros. Sin embargo, el pequeño, de piel amarilla, perteneciente a una famosa familia de la televisión y con tan solo cuatro dedos en cada mano, nos resumió en una frase inmortal: “yo no fui”.

Puesto en los zapatos del millenial que soy, y no del crítico de contracultura que pretendo ser, debo admitir que aquel capítulo de Los Simpson no me pareció, hasta hace poco, mucho más relevante que cualquier otro producto de entretenimiento de mi infancia noventera como lo podría ser Jumanji o las frases rebuscadas de Arnold Schwarzenegger en Batman y Robin.

Hoy, tantos años después de esas tardes de fin de semana sin TvCable, viendo Caracol hasta que los capítulos de la familia amarilla se terminaran, me doy cuenta de que Bart podría pasar mucho más fácilmente por costeño que por un natal de Springfield.

En el episodio (para los que sean muy jóvenes, muy viejos o vivan en cuevas), el muchacho causa un serio estropicio durante la transmisión en vivo de un programa de televisión y lo único que atina a decir, ante la mirada de millones de espectadores, es “yo no fui”. La gente se lo celebra y el pelao continúa sus gracias, pero ahora con público.

Admito que no conozco más que a mexicanos, colombianos, uno que otro venezolano y parte de mi familia es ecuatoriana, de los lares más australes del continente poco me consta, sin embargo, estoy convencido de que el latinoamericano promedio es así: no acepta sus desastres y espera que todos lo tomen a ‘mamadera de gallo’.

Por eso decimos (y ya pongámonos serios) que los gringos nos robaron Panamá, aunque el territorio fuese abandonado a su suerte desde la conformación de Colombia, arrasado por la guerra y completamente desperdiciado. Los panameños se aburrieron y se fueron porque daba igual, los estadounidenses solo fueron una pieza más en todo aquel episodio de fracasos nacionales. Si no lo cree usted, señor colombiano, pregúntele a los chocoanos qué tan felices se sienten con nuestro Gobierno.

Por más o menos las mismas razones los argentinos alimentan la ilusión idiota de que los isleños de las Malvinas sueñan con unirse a Buenos Aires y que los pérfidos ingleses no lo permiten, aunque en 2013 el 99% de los habitantes de las islas votaron en un referendo para permanecer bajo el ‘yugo maldito’ de la reina.

Más ejemplos se podrían dar, los cubanos culpan de todas sus miserias al bloqueo, los mexicanos creen que los estadounidenses les explotan y mantienen pobres, en Nicaragua todavía se habla de imperialismo yanqui y ni hablemos de Venezuela. A nuestra región le cuesta sobremanera asumir las riendas de su propio destino.

Lo peor es que esta actitud no se refleja tan solo en grandes problemas macroeconómicos (que son pa’ locos, al fin y al cabo), lo llevamos en la sangre y hasta en el más mínimo resquicio de nuestra vida lo ponemos en práctica.

Somos la región más cristiana del mundo entero por razones evidentes, cada vez que algo malo nos pasa, cada vez que algo bueno ocurre o cada vez que no pasa lo suficiente, nos conformamos con un escueto “Dios quiera”, “si Dios conmigo ¿quién contra mí?” o un “bendecida/o y afortunada/o”. Dios ayuda al que se ayuda, si te pasaste la vida bailando, no conseguiste trabajo y te quitaron la casa no fue porque “Dios así lo quiso” fue por pura flojera.

Pisamos terreno movedizo aquí, porque no hay cosa que irrite más a un latinoamericano que la seriedad y que le echen en cara su responsabilidad, preferimos olvidar que la llevamos encima, nos guste o no, y esperamos una permanente indulgencia.

Si en el colegio las notas son malas, nuestros padres nos convencerán de que la culpa es de nuestros profesores y, llegados a la universidad, ya no los necesitaremos para sostener la falacia. Si no conseguimos trabajo la culpa será, siempre, de la sociedad, sin importar las circunstancias particulares.

Si no hacemos bien nuestro trabajo y no rendimos lo necesario, será culpa del jefe, ese pésimo líder que nos ha tocado, nada tienen que ver las horas tomando café en el patio de la empresa o procrastinando en redes sociales.

Por supuesto, nuestra pobreza, sin importar que sea verdadera o relativa (como tener que usar el mismo celular por más de un año), es culpa del Gobierno y los políticos corruptos. Ellos, por su parte, no tienen la culpa tampoco, su responsabilidad la cargan a empresas brasileras extranjeras, ‘paracos’ que regalan parcelas o, simplemente, a la tierra en que nacieron.

A Bart se le acabó, eventualmente, todo el jueguito, la gente se aburrió y estar destrozando cosas dejó de ser divertido. Lamentablemente, parece difícil que Latinoamérica se canse de estar ‘mamando gallo’… ¿lo bueno? que no es culpa mía.