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Junior y la empatitis crónica

Sería injusto criticar al Junior por el logro de objetivos en el torneo local: encabeza el contingente de los clasificados, y se ha vuelto un hueso duro de roer para cualquier adversario. Otro cantar es la Copa Libertadores, donde el onceno está al borde de la eliminación, y las dos derrotas en línea lo han convertido casi en la Cenicienta de su grupo.

A la molestia de los aficionados por la pésima campaña en Copa, se le une ahora otro malestar: la empatitis crónica en casa, que parece trasladarse también a los juegos de visitante. Pero lo que más ardor provoca en la afición es que los empates se producen en la agonía de los juegos, como si el conjunto no supiera conservar una ventaja.

Saber ganar a veces depende de cómo se mantiene una ventaja, así esta sea muy exigua. No siempre se triunfa goleando, con suficiencia y aplastando al equipo contrario. A veces la victoria depende de la habilidad para conservar un pírrico 1-0.

Y aquí es cuando el Junior saca a relucir su fea enfermedad de no saber defender una ventaja pequeña, lo cual lo convierte en un paciente aquejado de empatitis crónica. ¿Cuáles son las razones que podrían ayudar a comprender esta detestable dolencia, que tiene molesto a un buen contingente de aficionados?

Como ocurre con otras patologías, la enfermedad del Junior podría tener varias causas. La primera de ellas se relaciona con la inestabilidad del esquema defensivo, provocada por las expulsiones, las lesiones o el bajo nivel de ciertos jugadores. Hay algunos defensores que terminaron muy bien su ciclo con Comesaña, pero que no han vuelto a ser lo que antes eran, como sucede con Ditta y Fuentes.

Hay otros que, quizás por el cambio de técnico y por las ideas que este maneja (o tal vez por dificultades personales o por la ausencia de oportunidades), no están rindiendo a plena capacidad, como ocurre con Hernández, con Cantillo y con otros que alcanzaron la titularidad con el técnico anterior.

El hecho es que el equipo ya no luce tan sólido en defensa como en el pasado reciente, y quizás esta sea una de las explicaciones de la empatitis crónica. No pierde por goleada (y a veces ni siquiera pierde), sino que no sabe o no puede mantener ventajas pírricas que, de haberlas conservado con una defensa más eficiente, lo tendrían más encaramado en la punta del torneo y con la fanaticada en el bolsillo, sin ninguna discusión.

Quizás el problema de la empatitis también esté relacionado con la forma como el equipo ataca. El onceno hace pocos goles y parece exagerar en el toque-toque intrascendente, que no se traduce en goles. Tal vez esto se relaciona con la pérdida de algunos delanteros, ya sea por efecto de la banca (o de que salieron del equipo), o porque los que están han perdido parte de su eficacia goleadora.

Tanto los problemas de atrás como los ofensivos están directamente relacionados con el trabajo del técnico. Este debería buscar mejores fórmulas para intentar la construcción de un cuadro más equilibrado en defensa y ataque, más punzante y más eficaz para herir al contrario, pero también menos expuesto en la retaguardia.

Todos los oncenos necesitan líderes, gente que hable en la cancha para reordenar las cargas, sobre todo en los momentos de dificultad. Hay muchachos muy jóvenes en Junior que, para asentarse más, requieren la cercanía del técnico y del psicólogo, si lo hay. Un buen acompañamiento es, muchas veces, mejor que el castigo de la banca.

Este Junior es una transición y un equipo en formación que intenta adoptar las directrices del nuevo técnico. Esa es una oportunidad de oro para atacar los problemas sin que se produzcan daños irreparables, como el abandono de la afición, un fenómeno que ya empezó a sacar las garras.

¿Por qué un equipo que está en la punta, y que cumple parcialmente sus objetivos, no recibe un apoyo tan decidido de sus fans? La explicación no está solo en la mala campaña en la Libertadores. El asunto tiene que ver, también, con la empatitis crónica. ¿Se curará Junior de esta irritante dolencia?