Junior, de orgullo a la frustración
Hace algún tiempo escuché al técnico Julio Comesaña decir que “a veces se quiere y no se puede, otras veces se puede pero no se quiere y en otras a veces ni se quiere ni se puede”. Nos preguntamos: ¿cuál de estas condiciones podría aplicársele al Junior por lo que sucedió la noche del miércoles frente al Paranaense? ¿O se podrán aplicar las tres condiciones?
Junior lo tuvo todo para coronarse campeón de la Sudamericana. Pero como siempre, nos faltó el centavo para el peso. Es como si existiera algo que no dejara que el equipo rojiblanco pueda acceder a grande conquistas. Todo esto me hace recodar los tiempos del América de Cali en los años ochenta cuando reiteradamente acudía a las finales de Copa Libertadores, pero nunca logró el objetivo. Se decía entonces que en el cuadro americano pesaba una maldición de un tal Garabato. No creemos que algo parecido suceda en nuestro equipo. Lo cierto es que lo de anoche ante los brasileros resulta increíble, inaudito; lo tuvimos todo: un dominio del juego casi en todo el trayecto de los 90 minutos. Oportunidades nítidas de gol; por lo menos cuatro en los botines de Teófilo, Jarlan y Díaz. Cuatro, por lo menos, y no concretamos ninguna.
Tuvimos además la mejor condición física que el rival. Después del gol del empate, pudimos y debimos liquidar el partido. Pero fallamos increíblemente. En el alargue volvimos a dominar y con mejores oportunidades. Los brasileros parecían “muertos”, sus jugadores acusaban molestias físicas y Junior los manejaba a sus anchas, pero no dimos el golpe de gracia, ese mazazo que el campeón de boxeo propina a su rival cuando lo tiene ‘grogui’. Y como para redondear la gris faena, faltando menos de diez minutos del alargue, el penalti a favor nuestro que sellaba la victoria. Jarlan Barrera que horas antes había dicho que si había penal él lo cobraría, no pudo con el encargo. Ni siquiera para resarcirse de la falla que tuvo en el gol de los brasileros cuando entregó mal el balón y la defensa nuestra quedó mal sitiada. Es decir a Jarlan, la noche no le fue clara. Por el contrario se le nubló la vista. Pudo ser el héroe y terminó como el villano de la película.
Pero no fue solo responsabilidad de Barrera. La derrota es de carácter grupal. Aunque en los 120 minutos todos trabajaron en busca del triunfo, a la hora de definir fallaron los considerados líderes: Teófilo y el mismo Luis Díaz que desperdiciaron frente al arco cuando todo parecía libre para liquidar el compromiso. Y el mismo Teo en el disparo desde el punto penal enviando de nuevo el balón a La Chinita.
Razón tenía Comesaña al manifestar luego que el “partido debimos definirlo sin tener que llegar a los penaltis”. Hay quienes aseguran que en Junior no se entrenan los tiros penaltis y por eso se falla tanto. Muchos cobros (creo que van doce) desde los doce pasos se han perdido en este año.
Fue una noche nefasta. Algunos dicen por eso que Junior sigue siendo un equipo que no crece, que no sabe subir al podio sino que prefiere quedarse en mitad de camino. La muestra ante Paranaense cuando lo teníamos todo y no lo conseguimos es el mejor y más reciente ejemplo. Nos asalta el temor ahora que esa derrota vaya a hacer mella en el plantel para el compromiso ante el Medellín el domingo.
El técnico y los jugadores dicen que ya la página se pasó y que ahora el DIM es la mira del grupo. Aunque los antiqueños seguramente tomaron nota de lo sucedido y del estado físico de los junioristas y tratarán de sacar provecho en su casa acosándolos desde el principio. Queremos creer que la fuerza rojiblanca bien dosificada con base al mejor fútbol que su rival, sea suficiente para la conquista de la octava estrella.
Lo del Junior la noche del miércoles ante el Paranaense fueron momentos totalmente opuestos. De lo sublime se pasó a lo burlesco. Del orgullo que nos hizo sentir a los colombianos durante casi 110 minutos el partido, con fútbol claro, y bien llevado hasta someter al rival, nos llevó a la tristeza y frustración de perder la gran oportunidad de entrar a la historia internacional suramericana. Ese fallido cobro de Jarlan cuando la Copa parecía brillar en nuestras manos, nos hizo sentir que caíamos de la cúspide de la gloria al vergonzoso abismo de la tristeza.
Resta esperar la tarde dominical para conocer entonces si fue solo una batalla perdida pero se ganó otra, o si definitivamente seguimos de nuevo abocados al aplazamiento de esa octava ilusión colombiana. Dios permita que ante el DIM podamos sanar las dolorosas heridas que nos dejó Paranaense en la Sudamericana.