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Inocente mariposa

El Día de los Inocentes, en los países de tradición católica, tiene su origen en la matanza de los niños menores de dos años, que en Belén de Judea organizó Herodes I, para eliminar a Jesús de Nazareth, quien aún era bebé. Se desconoce la razón por la cual un evento trágico, como este, dio origen a un día de bromas de todo tipo, tanto en América como en España.

El 28 de diciembre se impuso como el Día de los Inocentes, y este se ha mantenido hasta la actualidad, celebrado en los medios de comunicación y a nivel popular. En la Costa Caribe colombiana, las bromas y engaños suelen ser acompañadas, desde tiempos inmemoriales, por la expresión “inocente mariposa”.

Es decir, cuando alguien es engañado con una mentira, o cuando padece los efectos devastadores de una broma pesada, se lo remata con la frase burlona de marras: inocente mariposa. Quien creyó la inocentada se convierte, de inmediato, en una inocente mariposa, lo cual agrega otra carga más al engaño sufrido, o al hecho de que uno crea lo que no debió creer, porque olvidó la carga simbólica del 28 de diciembre.

Los engaños o las mentiras podían cubrir el escenario de una familia o traspasar las fronteras de las calles en las diversas barriadas. Las víctimas de siempre eran quienes tenían la mala fortuna de olvidar la fecha de los Santos Inocentes, y los verdugos estaban entre los bromistas que rescataban la tradición para divertirse, haciendo pasar por crédulos (o por mariposas) a los demás.

Las posibilidades para engañar iban desde las mamaderas de gallo suaves, inocuas, hasta aquellas que implicaban situaciones graves. En mi infancia, en un barrio obrero del sur de Barranquilla llamado Cevillar, siempre caía gente con una inocentada, repetida hasta el cansancio.

Esta tenía que ver con una solterona de nombre Estebana, una mujer pasada de carnes, alta y muy fuerte, que no había encontrado el amor de su vida. Infundía tanto respeto y tanto miedo en los hombres (por su tamaño exuberante) que ninguno de ellos se atrevía a proponerle matrimonio.

El chiste repetido, que muchos vecinos se tragaron por años, no era misterioso pero sí creíble. Y esa debe ser la principal característica de la broma del 28 de diciembre: que se pueda creer, aunque sea mentira. La otra condición para que una broma pegue es que haya desmemoriados que olviden la fecha de los Santos Inocentes.

Y en Cevillar, personas con este talante crecían como la verdolaga. De tal manera que cuando se esparció el rumor según el cual “Estebana se nos casa”, muchas vecinas y vecinos opinaban en sus viviendas acerca de lo afortunada que era esa mujer, “encontrar marido casi a los cuarenta” y “así tan alta y pesada”, una forma de celebrar la noticia que parecía contener una fuerte carga de discriminación y prejuicio.

Estebana se nos casa” recorría varías calles del barrio año tras año, cobrando víctimas casi como si fuera una guerra civil, para solaz de los bromistas y para sufrimiento posterior de los victimizados, pues, luego de las fake news, lo que se estilaba entre nosotros era aquel famoso cierre que ya casi se ha perdido: inocente mariposa.

Un “inocente mariposa” que sonaba más a burla y a agresión que a chanza de remate. Por eso, entre las respuestas de los engañados o engañadas, a veces no faltaban las reacciones límite, como soltar un garnatón, una mentada de madre o un calderazo, como me ocurrió a mí con mi difunta madre, que se caracterizaba por poseer un genio terrible.

Después de la buena noticia (“Estebana se nos casa”) yo esperé como una hora para soltarle el consabido “inocente mariposa”. Mi madre había hecho toda clase de comentarios afortunados acerca de ese matrimonio, y se notaba vivamente emocionada con el acontecimiento, pues respetaba y quería a la novia.

Yo, perverso como siempre, le seguí la corriente, galopando divertido sobre su ingenuidad y olvido. Pero llegó un momento en que me resultó imposible contener la risa, y entonces ella se la pilló, porque, de repente, se acordó de la fecha: “bellaco embustero”, gritó rabiosa, y me mandó un pesado caldero de hacer cucayo que lavaba en la batea del patio.

El negro artefacto metálico, cargado de hollín de tanto uso, rebotó cuatro veces en el piso de cemento de la sala, y cuando casi alcanzaba la quinta brincada atinó a posarse en mi canilla izquierda, produciéndome un espantoso dolor que me hizo llorar.

Lo que produjo la ira de mi progenitora no fue tanto la mentira del matrimonio de Estebana, como la frase de cierre que desató su indignación: “inocente mariposa”. Yo sentí que ella recibía esa frase como el clímax de la falta de respeto, como la guerra más guerra de todas las guerras, y por eso me agredió con aquel criminal calderazo, que me tiró a llorar casi por una hora.

En estos tiempos las madres no llegan a tanto ante el abuso de sus hijos, porque se ha ido perdiendo un poco la tradición de la inocentada en España y Latinoamérica. A principios del siglo veinte, el periodista del diario ABC, José María Salaverría, escribió lo siguiente:

Al salir, hoy a la calle, todo español despabilado llevará una fuerte preocupación entre ceja y ceja. Hoy es el día de los Santos Inocentes…¡Por Dios, que no nos engañen”. En estos tiempos ya nada es igual a como lo era en 1908, pero algo queda.

Queda la inocencia de los amigos de uno, que este columnista, poseído por una gran perversidad, aprovecha para desperdigar la broma y el engaño, como una forma de sacarse el clavo de aquel histórico calderazo que le propinó su madre, y como una estrategia para recuperar una tradición que se está perdiendo.

Con los medios modernos a mi alcance, reconozco que el trabajo ha sido mucho más fácil de lo que era en mi infancia y juventud, pues he logrado pescar muchísimo más de lo que pescaba en aquellos tiempos. Debo agradecer a los creadores del teléfono y de Internet su aporte invaluable a la causa del día de los Santos Inocentes.

Este año publiqué en Facebook otra broma, como lo he hecho los últimos 28 de diciembre. Me apoyé en el olvido sistemático de la gente, y en la ventaja comparativa (para fortuna de mi perversidad desmedida) de que mis amigos me creen.

El texto de los Santos Inocentes que colgué en Facebook fue el siguiente: “Informo que fui invitado a la universidad japonesa de Yoing a trabajar un seminario de historia del Caribe. Viajo en enero”. De inmediato llovieron las felicitaciones, los reconocimientos por el importante logro internacional, que yo interpreto más como una secuela del cariño y del respeto que mis amigos me entregan, que como una variante perniciosa de la inocentada.

Hubo algunos que cuestionaron mis conocimientos del japonés, pero enseguida saltaron mis aliados expresando que no solo me comunicaba bien en ese idioma sino en otros, como el inglés. Para eliminar las preocupaciones innecesarias, yo me permití aclarar que el seminario se dictaría en español, pues era dirigido a habitantes del Japón interesados en la historia latinoamericana, que conocían perfectamente el castellano.

Algunos saboteadores y saboteadoras intentaron desenmascarar a este columnista, sugiriendo que mi mensaje era carreta, y que todo tenía su raíz en el día de los Santos Inocentes. Yo, como debía hacerlo, me permití borrar todas las entradas de los aguafiestas, para que el engaño siguiera surtiendo su efecto, y mi cosecha se elevara hasta cifras inconcebibles.

La inocentada caló tanto porque (modestia aparte) hay mucha gente que lo quiere a uno y le desea siempre lo mejor. Uno de esos casos fue el del doctor Chalela, quien se dignó escribir el siguiente mensaje, que le agradezco mucho: “Sobrado…y del carajo…espero que no falte en la cátedra…felicitaciones y que sigan los éxitos”.

Después de una opinión tan expresiva, que queda para siempre como constancia histórica, Héctor Chalela intentó recoger las maletas, diciendo en público que él no había sido engañado, que no se había tragado la carnada con todo y anzuelo. Lo cierto es que sí fue cogido in fraganti en pleno uso del olvido, y por eso ahora no me queda más remedio que decirle (como al resto de mis queridos amigos): inocente mariposa.