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Ideas para gozar el Carnaval sin sentirse discriminado

El Carnaval de Barranquilla es un acontecimiento cultural multitudinario que permea todos los estratos sociales e involucra a muchísimas personas, sin distingo de ideología, posición política, credo religioso o ingresos económicos. El Carnaval abarca a quienes quieran gozarlo y, por esta razón, es el más incluyente de los eventos que ocurren en la ciudad, en cuanto al número de participantes.

Si el asunto es disfrutar la fiesta sin sentirnos discriminados, conviene tener en cuenta las siguientes ideas:

1) El jolgorio se puede hacer casi en cualquier lugar, incluidas las propias casas. Los bailes de carnaval caseros son muy populares, y están entre los platos preferidos de las familias de menos recursos y de los sectores medios que escogen esta forma de divertirse para evitar los riesgos de las grandes aglomeraciones y para ahorrar dinero.

2) Los desfiles más importantes (como la Batalla de Flores) son muy apetecidos, pero tienen limitaciones. El número de personas que asiste a ellos es alto e integra a los barranquilleros, a la gente de la Región, del interior y del exterior. El Cumbiódromo es insuficiente para albergar a tantas personas, al menos en el desfile de apertura de los cuatro días claves del Carnaval. Por esto es aconsejable distribuir las cargas, asistiendo a los desfiles simultáneos, como el de la 44 o el de la 17, para gozar de los disfraces, del baile y del ambiente festivo.

3) En los palcos no caben todos. Si fueran gratis, los costos de su montaje y organización deberían correr a cargo del Estado o de la empresa privada. Pero entonces habría que buscar una forma adecuada de restringir el acceso a ellos. Es obvio que el número de aspirantes sobrepasará siempre a la capacidad de los palcos.

¿Qué hacer? En la situación socioeconómica actual, la lógica de la empresa privada ayuda a regular el ingreso de la gente a los palcos, por la vía de los precios de las entradas. Solo entran quienes pueden pagar los altos valores, que sirven para restituir los costos del montaje y la organización, y para obtener la ganancia.

Si en el futuro (cuando el Cumbiódromo funcione en la Avenida del Río) los palcos fueran gratis, porque se financian sin necesidad de cobrar las entradas, de todas maneras habría que buscar estrategias para regular el ingreso, sobre todo en los desfiles más llamativos. Toda la gente que participa en el Carnaval no cabría en estos de ninguna forma.

Aquí entrarían en juego variables no monetarias, como la diferenciación por edades o por sexos, evitando que el ingreso quede en manos de los agentes inescrupulosos que nunca faltan en las filas del Estado, de los partidos políticos o de la propia empresa privada.

Si faltan el equilibrio y la justicia en la distribución de las boletas gratis, las protestas ya no vendrán por el lado del precio (como ocurre hoy) sino por el del tráfico de influencias o la corrupción, como ocurría cuando el Carnaval estaba en manos de los políticos o de la burocracia estatal  inescrupulosa.

4) Muchas de las actividades del Carnaval son gratis. Pero lo gratis también requiere organización y financiamiento. Pondré dos ejemplos importantes: el Carnaval de las Artes y la Carnavalada. Ambas han adquirido mucho peso en el imaginario colectivo, pero la gente ni se imagina lo que sufren sus gestores para llevarlos a cabo.

Tanto el Carnaval de las Artes como la Carnavalada son instituciones privadas, en el sentido de que las organizan personas que no pertenecen ni representan al Estado. ¿De dónde sacan el dinero para cubrir los egresos? Me consta que sus líderes no son personas adineradas y que hacen lo que hacen no por plata, sino por amor al arte o, quizá, por la gloria.

Pero de algún lado tiene que salir el dinero, y entre las alternativas están los mecenas, la empresa privada o el Estado. Como conozco a los dirigentes de esas expresiones del Carnaval, intuyo que la participación económica del Estado y de la empresa privada siempre estará condicionada a su visión de la fiesta y al deseo de que el ánimo de lucro no sea lo dominante.

La Carnavalada es tan exitosa que su lugar de operación (la calle, en el Barrio Santa Ana) no ofrece ya las mejores condiciones para gozar el espectáculo, sobre todo cuando la cantidad de público impide la visibilidad. Quizá ha llegado la hora de pensar en otros sitios, sin que se pierdan su carácter gratuito y la forma y el contenido, centrados en el teatro, en la música y en otras manifestaciones artísticas elaboradas por profesionales.

Si el público sigue desbordándose, habrá que recurrir a algún mecanismo regulatorio, que no será, pienso yo, el del precio de la boleta para ingresar. Si las cosas sucedieran así, tampoco cabe pensar que se está discriminando a nadie.

El Carnaval de las Artes alcanzó la mayoría de edad con un perfil llamativo para grandes y chicos. Algunas de sus puestas en escena han resultado muy interesantes para la gente, a tal punto que el espacio del Teatro Amira resulta insuficiente. Como la entrada es gratis, los organizadores han regulado el ingreso (en los sitios de más concentración), acudiendo al disfraz, a la tercería de edad, etcétera.

Si te quedas afuera, si no puedes ver, no es porque te discriminan o porque no te quieren. Esa manía de ver siempre el problema moral en todo, no cabe en el caso de estas dos instituciones del Carnaval de Barranquilla. La cuestión pasa por el asunto de la oferta y la demanda y por los espacios de los eventos, aunque no esté presente el ánimo de lucro.

Yo sufrí esa manía moral una tarde en el Carnaval de las Artes de este año. Resulta que iba orondo en mi fila, cuando uno de los muchachos de la logística me espetó: “Hasta aquí llega”. Hasta aquí llega qué, le respondí yo entre sorprendido y molesto. “Hasta aquí llega el ingreso, según me indicó la taquillera. Ya no cabe más gente de esta fila en el Teatro”.

Confieso que me sentí discriminado y muy frustrado, y en un principio creí que la organización del espectáculo era un desastre, y que el desorden era provocado por el carácter gratuito del mismo. Después empecé a pensar con más calma en los problemas que enfrentan los organizadores cuando montan una actividad gratis. Y la rabia y la frustración, así como la manía moralista que vive acechada por la discriminación, se transformaron en una comprensión tranquila de lo que había ocurrido.

5) En una ciudad tan poblada como Barranquilla, lo gratis no puede ser para todos, a menos que se usen medios audiovisuales, como la televisión, pero estos provocan que algunos eventos pierdan su encanto. Muchos de estos se gozan mejor en vivo.

Ni lo gratis, ni lo que se cobra puede albergar a tantas personas. Y a veces no accedemos a un espectáculo del Carnaval no porque nos discriminen, sino porque en la práctica es imposible.

El modelo del evento gratis es muy bueno, si el objetivo es que las mayorías se diviertan; pero aun en estas situaciones, la organización debe regular el flujo de público. Aquí toca que ver eso, evitando deslizarse hacia los cuestionamientos morales a los que, por facilismo o por tradición, siempre acudimos.

Si en el futuro los palcos, las casetas o los bailes de Carnaval fueran gratis seguirán existiendo los problemas de oferta y demanda que existen ahora. Por lo tanto, habrá que buscar algún mecanismo selectivo para evitar el desborde de su capacidad. Como siempre, existirán personas predispuestas a tildar eso de discriminación, es decir, a colorear su frustración con un tinte moral.

La discriminación existe y no desaparece en el Carnaval. Pero no todo puede ser medido con ese rasero de los monjes medievales. ¿Por qué no gozamos el Carnaval sin sentirnos discriminados y participamos en él sin remordimientos ideológicos?