¿Hasta dónde llegará Trump?
El ascenso al poder de Donald Trump fue el resultado de varios factores coincidentes: la angustia de una parte notable del electorado norteamericano por los efectos negativos de la globalización, y por la inoperancia del establecimiento político en la solución de sus problemas.
Esa fue una de las tendencias gruesas dentro del asunto. Pero Trump le ganó el pulso a los demócratas (y a su propio partido) porque supo conseguir el apoyo de los núcleos más retrógrados de la sociedad, desde publicistas apegados a la mentira y a la calumnia (como Steve Bannon), hasta xenófobos y supremacistas militantes de organizaciones racistas o religiosas.
La forma de atraer y entusiasmar a todas esas personas mezcló el uso del miedo y la exaltación de la nación norteamericana. El miedo contra el terrorismo y contra los inmigrantes, aumentado por sus exageraciones premeditadas y por el uso sistemático de la mentira como instrumento político para engañar o complacer a los electores.
El resultado de esa molotov socioeconómica, cultural y política fue un discurso nacionalista y populista que se retroalimentaba de las bajas pasiones de la gente, de su emotividad e irracionalidad, de manera parecida a como está ocurriendo ahora en Europa con el populismo de ultraderecha.
El populismo y el nacionalismo rentan muchos votos precisamente por eso: lo que los catapulta es la emoción, el sentimiento de creerse mejores o superiores que otros, o perjudicados (dominados) por los demás. De esta fuerza casi inatajable derivó su carisma y su poder Adolf Hitler, y ahora le sirve de vehículo a Donald Trump.
Se sabe que el nacionalismo y el populismo pueden contener ideología, pero a menudo la rebasan. El nacionalismo (como ocurre ahora en Cataluña) soporta una elevada carga de ideología de ultraderecha combinada, paradójicamente, con ideología ultraizquierdista.
Con el populismo sucede algo parecido, aunque integra la idea de los intereses populares y de la participación popular. La época de los populismos de izquierda (o de militares progresistas) está dejando su puesto al populismo de derecha o ultraderecha en todo el planeta.
Trump encarna una mezcolanza caótica de ideas populistas y nacionalistas dominadas por el racismo, la cual está detrás de sus expresiones groseras contra los inmigrantes y los países que los producen, como ocurrió hace poco.
El universo conceptual de Trump es consecuencia de ese batido anárquico nacionalista y populista, condimentado con ideologías retrógradas, e influido por su poco desarrollo académico, especialmente en los asuntos económicos. Con eso, este político de última hora (una especie de outsider) ha puesto de cabeza el tradicional liberalismo económico de los republicanos.
Además, enfrenta la globalización o el libre comercio con fórmulas proteccionistas primitivas del siglo XIX, de los tiempos en que el capitalismo industrial se hacía dominante en Europa y los Estados Unidos. Por eso se fue contra los aliados comerciales de su país, y puso en jaque a varios gobiernos.
Ese norte proteccionista y nacionalista lo empuja también a destrozar los puntos de política progresista con respecto a Latinoamérica, y ha incidido en su enfrentamiento con las potencias internacionales.
Trump se opone a la idea del cambio climático porque choca contra los intereses corporativos de gran parte de la industria norteamericana, sobre todo la automotriz y la petrolera, y porque es un proteccionista del siglo XIX.
Intenta ser fiel a su electorado popular, pero de manera primitiva, sin medir con prudencia los efectos de la política económica, y siempre colocando por encima de todo los intereses económicos más fuertes. Al menos esto es lo que él cree estar haciendo, así gran parte del empresariado piense lo contrario.
La pelea que ha cazado Trump no es solo interna sino internacional. Como se vaticinó antes de su llegada al poder, el propósito central era socavar los fundamentos de la política norteamericana, endógena y exógena.
¿Hasta dónde llegará Trump en esa tarea desorganizadora? Hasta donde lo permitan las instituciones y personas nacionales e internacionales. Ya está enfrentado a la prensa opositora e independiente que no le perdona su inestabilidad mediática, ni el macartismo, la mentira o el chantaje que usa a menudo a través de las redes sociales.
Está de pelea con el poder judicial, que le ha reversado varias medidas contra los inmigrantes, y con el propio Congreso, que no ha querido ceder a su presión contra el sistema de salud legado por Obama.
Así mismo, empieza a expresarse una oposición política (aún desordenada) diferente a la del Congreso, que será otro muro contra el desastre que guarda en la tula el señor Trump, si logra alcanzar el nivel nacional.
Se espera también que nuevas derrotas de la derecha y la ultraderecha populista y nacionalista internacional le resten fuerza a la tarea demoledora de Donald Trump en contra de las instituciones globales y de las políticas positivas que inciden sobre toda la humanidad.
Afortunadamente, el presidente no está solo: en la esfera interna y externa hay personas e instancias que no lo dejarán llegar hasta donde quiere: poner al planeta patas arriba para que (es su ilusión) los Estados Unidos sean otra vez los primeros.
Quizás desmadrar la política mundial no le resulte tan cómodo como cuando desarticuló el establecimiento interno. Cabe esperar que lo mejor de la conciencia crítica de los países entienda los riesgos que entraña un individuo como Trump.
Y que los propios norteamericanos sepan quitárselo de encima cuando llegue el momento. Mientras tanto, hay que rodearlo bien para que no se escape.