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Hablar sin saber: el deporte nacional

Lástima que, para las olimpiadas, el Comité Olímpico Internacional no tenga en cuenta la importancia de las facultades verbales dentro de las gestas deportivas, Colombia ocuparía el primer lugar y, probablemente, tendría un oro asegurado al repetirse cada cuatrienio la cita.

Los puntos para evaluar podrían ser tan amplios y diversos como la imaginación del colombiano promedio, sin embargo, dejar a la verborrea correr libre por las sabanas de la imaginación puede ser tan fascinante como peligroso, por lo que habría que centrarse y limitar.

La habilidad metafísica para crear realidades nuevas, inventadas, completamente injustificadas, sostenidas sobre la nada, debería ser un punto principal. La originalidad en la temática una buena forma de complementar: entre más importante el asunto y más ligera la argumentación, más inaudita sería la habilidad del maratonista hablador.

Por último, un premio a la tenacidad. No saber callarse, nunca desfallecer ante los razonamientos de los demás, mantenerse imperturbable en la opinión propia hasta el final y atacar, atacar y volver a atacar.

Para salir victoriosos, nuestros adalides necesitarían un poco más que sus habilidades innatas. Ciertas palabras que no necesitan explicación y que, a la vez, se explican por si solas, bastarían para mejorar sus posibilidades.

¿Que La historia demuestra lo contrario? ‘arrodillado’, ‘viajar por carreteras’; ¿Que la realidad económica de nuestro país tiene que cambiar? ‘mamerto’, ‘comunista’, ‘castro-chavista’, ‘satanás’; ¿Que lo que estoy diciendo no tiene sentido? ‘serás marica’, ‘cachón’.

Harían falta horas de entrenamiento, se trata de ejercer una ignorancia activa, dinámica. Estos grandes colombianos no deben sucumbir al impulso -por más pequeño que sea- de leer, de documentarse, de intentar entender.

Tomando un tema tan poco afortunado como las negociaciones de paz con aquellos terroristas narcotraficantes de las FARC, por ejemplo. ¿Que importa que, desde su fundación, Colombia tenga una de las peores reparticiones de tierra de Latinoamérica? ¿Que el 52% del país esté en manos del 1,5% de la población? Jamás deberá leer un colombiano, que ejercite bien su verbosidad, el apartado de tierras de las negociaciones en La Habana.

Sobre el tema de la dejación de armas, con las que las fuerzas castro-chavistas de Santos planean convertir a Colombia en la próxima Venezuela. Los mamertos dirían que no se pueden entregar ‘de una’ porque en el país no existen las garantías, que ya una vez se intentó hacer política en vez de disparar y que los que soltaron el fusil fueron asesinados, que hay grupos de ultra derecha que, desde ya, han declarado que los guerrilleros desmovilizados serán objetivo militar.

Pendejadas. Para ser campeones de este deporte lo importante es aplicar una lógica sencilla, como de niño, pero contundente. ¿Cómo sabemos que no van a esconder las armas? Las enterrarán por ahí en la selva, probablemente marcada con una cruz satánica-marxista y dibujarán mapas para volver a recuperarlas cuando llegue el momento de poner a Nicolás Maduro en el poder.

No subestimemos las capacidades de nuestro país, nuestra habilidad para hablar sin saber, tenemos una larga tradición en esta disciplina que comprende, incluso, a presidentes de la Nación.

Está, por ejemplo, Michelsen (ese que sale ahora en el billete de $20.000) que decía que no le tomaba “la temperatura” a los dineros de dudosa procedencia que financiaban su campaña; o Samper (ese que ahora dirige UNASUR) al que le metían heroína y plata en los bolsillos siempre a sus espaldas; o Uribe, nuestro mayor adalid, ese al que le han condenado nueve altos funcionarios pero jamás la dignidad.

Así están las cosas y, quizá, algún día el Comité Olímpico de su justo lugar a esta habilidad. Mientras, la naturaleza incansable de nuestra nación seguirá trabajando, entrenando. Cuando la historia del salario de $1.800.000 para los guerrilleros sea olvidada y el ‘cuento’ de los folletos homoeróticos del Ministerio de Educación empiece a cansar, algo saldrá. Pokemones espía, Santos familia de Castro, una nueva reencarnación de Uribe. Cuestión de esperar.