Furibistas y furipetristas
En este país, quien no sea fanático de un candidato es de derecha, fascista o mamerto. Esta es la lógica de los furibistas y los furipetristas. ¿Qué representa esta polarización electoral en el marco de la maltrecha y limitada democracia colombiana?
Representa, inicialmente, una manifestación del odio acumulado por las décadas de guerra. El furibismo expresa, en las redes sociales y en la plaza pública, el resentimiento hacia los desmanes de la guerrilla y hacia todo lo que se aproxime a esta, desde el punto de vista ideológico y político.
Por esa razón de fondo, los furibistas meten la cabeza en la tierra ante el todo vale de quienes consideran de los suyos, y niegan u ocultan la corrupción y los delitos de la ultraderecha, con la cual se identifican por ser la principal punta de lanza en la lucha radical contra el radicalismo de izquierda.
En este sentido, la intolerancia y el odio que exhiben siempre los furibistas contra todo lo que huela a guerrilla o a izquierda son una secuela de las décadas de guerra, y una consecuencia del dolor sembrado por las prácticas violentas derivadas del conflicto armado.
Los furipetristas representan la otra cara de la moneda del enfrentamiento profundo que sacude la política nacional. El furipetrismo es una expresión de la izquierda radical que ve en Petro al mejor representante de la pureza doctrinal, y que considera a Fajardo y a De la Calle dos blandengues, dos aspirantes mamertoides ligados al establecimiento y al gran capital.
En las condiciones de la coyuntura política que discurre (y ante la falta de candidatos más prometedores), el furipetrismo recoge tanto la indignación contra la corrupción y la desigualdad social como el odio hacia el enemigo, un enemigo que produjo la guerra, ligado a los maltratadores de campesinos y a los aliados de los paramilitares.
Para el furibismo y el furipetrismo, el mundo solo tiene dos colores: blanco y negro. Su visión dicromática ayuda a concebir a quienes no están de acuerdo con ellos como el otro, el enemigo, al que hay que arrasar como sea. Y a quien se les parece como el mío, el blanco, el que es como yo.
Es mamerto para un furibista quien no sea como ellos, aquel que se preocupe por los asuntos sociales y que proponga, en consecuencia, medidas para enfrentar la desigualdad y la inequidad.
Quien se atreva a decir que el capitalismo colombiano tiene graves problemas y que la corrupción y la concentración de la riqueza en muy pocas manos son males indeseables, ese es el enemigo, ese huele a izquierda, y es un mamerto irredimible que está en la orilla de lo negro, pues lo blanco es lo mío, que es lo bueno.
Para un furipetrista es mamerto todo el que no vea que los males sociales pueden ser suprimidos de un solo tajo, arrasando con las estructuras inequitativas del capitalismo, para empezar a montar un supuesto paraíso con más muertos, represión y dolor.
Si no estás de acuerdo con la supuesta dictadura del proletariado y con una economía estatizada, no eres de los míos, perteneces al campo de los otros, estás en el ámbito de lo negro, y por eso te descalifico como fascista, de ultraderecha o como mamerto.
Esa lógica bicolor es lo que lleva a muchos a creer que el paraíso solo se consigue reventándolo todo y reorganizando la sociedad mediante una dictadura que acabe con el enemigo, a través de un totalitarismo excluyente e inevitablemente mortal.
Esa visión binaria, elemental y sectaria, es la que ha contribuido a crear el Mito Uribe, como el del gran salvador de la ultraderecha, y el Mito Petro, como el del nuevo mesías de la ultraizquierda, el protector de los desheredados esta tierra, que sacará a nuestro mundo de la desgracia.
Quien se atreva a criticar al Mesías Uribe, el salvador blanco, es mamerto; y quien se atreva a cuestionar los planteamientos del Mesías Petro, el otro salvador blanco, también es mamerto, para que no queden dudas.
Con ambos mesías sigue la polarización y continúa la guerra, pues con estos dos adalides del binarismo los matices de la realidad y el derecho a no pertenecer a cualquiera de esos bandos, desemboca en mamertismo, o en un pecado todavía más horrible.
Criticar a Uribe lo convierte a uno, automáticamente, en partidario del terrorismo, pero criticar a Petro hace que sus aliados nos califiquen de fascistas, ultraderechistas o amigos de la corrupción, como ocurrió recientemente con Daniel Coronell y con Héctor Abad.
En el mundo de los sectarios de la ultraderecha y la ultraizquierda solo existe lo blanco y lo negro, los colores de la guerra y la polarización. Que siga la guerra en las redes sociales y en la política le hace mucho daño al país. Necesitamos construir una verdadera cultura de paz que nos ayude a superar el conflicto armado.
Creo que no debí escribir esta última frase, porque suena mamerta, fascista o de ultraderecha. Que los puros y los santos de la ultraizquierda y de la ultraderecha digan cómo hay que escribir para salir del hueco en que nos calcinamos. Mientras tanto, que continúen los juegos violentos de los blancos y los negros.