Fidel Castro
Murió Fidel Castro Ruz, el último gran dirigente de la revolución socialista. Se fue después de haber luchado, hasta el agotamiento, por las ideas que consideró justas, y por defender a quienes representaba: a los trabajadores, a los excluidos y discriminados.
Más allá de lo que se pueda escribir a favor o en contra de su principal obra (la Revolución Cubana), lo cierto es que ese proyecto tuvo como norte colocar en primer plano a quienes han sufrido la pobreza, que son las mayorías maltratadas y marginadas del poder.
El sistema cubano es repudiado por quienes lo padecieron, y exaltado por quienes lo comparten. Estas dos posiciones están en la base de las discusiones que recorren el mundo, y definen también la defensa a ultranza que hacen los socialistas, y la crítica sin matices de sus detractores.
Hay mucho de negro, de blanco y de gris en el proceso cubano. Es notable que no se desbocara hacia la inmoralidad y las injusticias propias del estalinismo soviético, aunque la influencia de este haya sido determinante en el modelo económico y político. El rigor moral de corte socialista que distinguió a la Revolución Cubana estuvo siempre asociado a la figura de Fidel Castro.
Otra cuestión que nunca es reconocida por los enemigos de esa revolución tiene que ver con los logros en educación, salud y recreación, especialmente relacionados con los niños y los jóvenes. El esfuerzo de protección sobre la mayoría de los cubanos se debió a los objetivos sociales definidos por Fidel y los revolucionarios, que no han sido abandonados a pesar de los problemas.
La visión sobre Fidel y sobre Cuba ha cambiado de acuerdo con las transformaciones en todo el planeta. Luego del triunfo, en 1959, el líder empezó a convertirse en un referente internacional, y Cuba, en el modelo a seguir, sobre todo para los países dependientes o que salían del colonialismo.
Después de la crisis y caída del “socialismo real”, el rol del jefe y la posición de faro de la Isla languidecieron poco a poco, tanto por los problemas intrínsecos del modelo socialista como por las dificultades socioeconómicas y políticas de Cuba.
Más allá de las buenas intenciones de Fidel y los suyos, el sistema socialista ha funcionado mal, al menos en dos grandes asuntos: la organización política y el modelo económico.
Quizás no sea agradable escribir esto en el momento de la muerte del líder, pero es pertinente escribirlo. Para resolver los problemas sociales es necesario producir o generar, eficientemente, bienes de consumo masivos y servicios que impacten la calidad de vida de las mayorías.
Este ha sido uno de los talones de Aquiles del sistema socialista, pues ninguna sociedad organizada conforme a lo que argumentó Marx en el siglo XIX para superar al capitalismo, ha producido en abundancia bienes de consumo y servicios de calidad para cumplir con eficiencia los objetivos sociales.
Esto indica que la producción adecuada de riqueza está más allá de los deseos y de las buenas intenciones, pues depende más de una organización eficaz de la economía, y menos del voluntarismo. Eso es lo que no ha podido lograr el socialismo en ningún sitio, debido a los lastres del estatismo, a la economía administrada por una élite partidaria, y a la destrucción de los mercados, de la innovación y el emprendimiento.
De ese fenómeno parecen ser conscientes Raúl Castro y varios dirigentes actuales de la Isla, y por eso están promoviendo los tibios cambios económicos que intentan mejorar el rumbo. Eso también podría explicar la apertura hacia los Estados Unidos, en contravía de la oposición abierta o soterrada de los núcleos conservadores de adentro y de afuera del Partido Comunista.
Tal vez los cambios económicos no han sido más rápidos y globales (siguiendo la experiencia China o de Vietnam) por el papel que aún cumplía Fidel Castro como símbolo revolucionario. Fidel nunca fue un entusiasta de las reformas que impulsaran la iniciativa privada y el espíritu centrado en la ganancia económica, propia del capitalismo, y por eso no aprobó la vía de China para la Isla.
Otro asunto problemático del sistema cubano se relaciona con la estructura política. Desde los tiempos de Marx, se pensó en un partido único, en una ideología única y en un control total de la sociedad, que excluía el disenso o la oposición, como estrategias principales para construir el socialismo. Ese modelo político se aplicó por primera vez en la Revolución Rusa de 1917, y se convirtió después en la norma marxista-leninista por excelencia.
La historia enseña que esa forma de organizar el ejercicio de la política trae consigo una dictadura cerrera, que ha llegado hasta extremos inconcebibles en la defensa de una ideología de Estado, o de los intereses de la élite dominante, con las secuelas de sectarismo, exclusión y opresión conocidas en varias partes. Los dos ejemplos más detestables de ese andamiaje son el régimen sanguinario de Stalin y el gobierno genocida de los Jemeres Rojos, en Camboya.
A pesar de los fusilamientos y de todas las medidas que golpearon los intereses de la burguesía y de los grupos medios de la sociedad, no es posible asegurar que el gobierno cubano, dirigido por Fidel Castro, haya sido una dictadura inescrupulosa, del tipo de las que hubo en otros sitios, en manos de los estalinistas más inmorales y sectarios.
Pero sí fue un régimen dictatorial que limitó al extremo las libertades y que puso a marchar a la gente en pos del líder indiscutido, en una especie de culto a la personalidad no aceptado oficialmente. Al comparar la experiencia política cubana con la de otras naciones, queda claro que se trata de un modelo totalitario, muy cerrado, que excluye el disenso y el pluralismo, apoyándose en las tesis doctrinales básicas del marxismo.
Este fue un hecho indiscutible, justificado por Fidel y los suyos con base en la presión del imperialismo y de la burguesía, y minimizado por sus partidarios de adentro y de afuera de la Isla por motivos ideológicos y políticos. Lo cierto es que Fidel Castro nunca accedió a ninguna apertura política que pusiera en entredicho los fundamentos de la revolución.
Fidel le apostó a unas soluciones que, a la postre, resultaron inadecuadas, pues, desde el ángulo de una economía eficiente y de una política abierta, el socialismo se reveló como un sistema regresivo. La aplicación práctica de la salida teórica ideada por Marx permitió demostrar que ese sistema no funciona bien, al menos como modelo político y económico.
La muerte de Fidel Castro lleva a resaltar que, más allá de la ideología o de las discrepancias políticas, fue un líder mundial de la talla de los más importantes jefes socialistas que ejercieron el poder. Fidel ya quedó incrustado en la historia como un dirigente inclinado a favorecer los intereses de las mayorías, en el marco de las tradiciones socialistas.
Él intentó resolver, con resultados variopintos, temas trascendentales de su sociedad, como la desigualdad, la iniquidad social y la explotación. La historia aclarará cuál fue el alcance de su obra y el porqué de sus resultados positivos y negativos.
La historia no lo absolverá ni lo enjuiciará, sino que pondrá en el firmamento lo negro, lo blanco y lo gris de su paso por la tierra, así como sus logros y fallas, en la tarea titánica de líder que dividió en dos la vida cubana del siglo XX.
La historia sabrá esclarecer los pros y los contras de un jefe socialista que brilló con luz propia en Latinoamérica y el mundo, más allá de la opinión de sus detractores o de los apologistas.