Fernand Braudel, el historiador del capitalismo y el Mediterráneo
Fernand Braudel es considerado por muchos el historiador más importante del siglo XX. Esto debido a su aporte intelectual y al papel que desarrolló en Francia y otros lugares del planeta, consolidando y expandiendo la disciplina histórica como una actividad abierta a todas las ciencias sociales.
Braudel vivió en el complejo siglo XX (1902-1985), con sus fuertes conflictos y su bullente actividad intelectual. Hizo parte de esa cultura que criticó los poderes establecidos y las tradiciones historiográficas que había legado el tiempo, especialmente la tradición histórica positivista.
Como historiador, se formó en contacto con las ramas intelectuales de punta, aquellas que impulsaron el desarrollo de la historia y otras disciplinas, tales como el marxismo, el estructuralismo y el espíritu abierto, liberal ilustrado y multidisciplinar del grupo o escuela al que perteneció, bajo la influencia del maestro Lucien Febvre.
Braudel encontró una gran inspiración y orientación entre las personas que le rodeaban en el llamado grupo de Annales. Este había nacido alrededor de la revista del mismo nombre hacia el año 1929, y se convirtió posteriormente en el núcleo de historiadores más influyente en Francia y en Europa.
Annales funcionaba bajo varias ideas-fuerza complejas (paradigmas) que definirían su producción historiográfica. Pregonaba la integración de las ciencias sociales, pues todas tenían el mismo objeto de estudio, a la sociedad en todas sus expresiones.
Esto provocó una apertura completa de la historia hacia las demás ciencias sociales, la cual abarcó las teorías explicativas, los métodos y las técnicas. Los fundadores del grupo (Lucien Febvre y Marc Bloch) institucionalizaron esa apertura, que se convirtió en un antídoto contra el dogmatismo y en instrumento para construir una historia científica con arrestos para aprovechar los aportes de las disciplinas hermanas.
Este paradigma teórico-metodológico fue inducido por el hecho de que la sociedad humana constituía un universo complejo, cuya interpretación o conocimiento rebasaba los límites establecidos por cualquier disciplina independiente. El simple saber de un economista, geógrafo, sociólogo o demógrafo se quedaba corto para entender la complejidad del devenir humano.
En consecuencia, lo que exigía el estudio de la realidad social era el manejo multidisciplinar de los recursos teóricos y metodológicos de las ciencias sociales, mediante una vocación investigadora que supiera beber de las influencias con espíritu científico, y dejando a un lado el sectarismo de otras escuelas (la historia debe ser bulímica, comer de todo, solía escribir Braudel en sus ensayos).
La idea de aprovechar los avances de las ciencias sociales sin distinguir su procedencia también partía del supuesto de que lo humano organizado socialmente representaba una totalidad, un conjunto, un contexto solo comprensible si se sabía captar cada momento o instancia como haciendo parte de un todo.
Este supuesto holístico se vio favorecido por la visión estructural que se había ido forjando en la sociología y la economía, y que después se hizo dominante en el análisis social, desplazando la historiografía basada en lo singular y lo destacado que provenía del siglo XIX.
La historia total de Braudel recogía esos progresos teórico-metodológicos, convirtiéndose en una especie de horizonte de toda su obra, al lado del enfoque de la historia-problema que había heredado de sus maestros, esta última una proyección del estilo con que se investigaba en la ciencia, con el cual se pretende resolver o descubrir problemas, es decir, analizar o problematizar antes de solo narrar.
La ruptura con la “historia-acontencimental” de origen positivista se cosechó en ese escenario intelectual en que se hizo dominante la historia de las estructuras, tanto materiales como simbólicas. La historia total de los “annalistas” representó un intento de desvelar el misterio de las estructuras económicas, “mentales” o políticas (entre otras) de la sociedad, tratando siempre de destacar las interrelaciones, la adaptación, o sus conflictos y desajustes.
En este marco intelectual, Braudel preparó sus dos obras principales: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (Fondo de Cultura Económica, en 2 Vols., varias ediciones) y Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV a XVIII (Alianza Editorial, 3 Vols., 1984).
En ambos trabajos, el autor aplica la descomposición del tiempo que había hecho célebre en un popular ensayo compilado en el libro La historia y las ciencias sociales (Alianza Editorial, 1970). Según Braudel, el tiempo de la historia no es homogéneo, pues posee múltiples duraciones.
Esas duraciones se asocian a la manera cómo cambian los eventos históricos o a la duración en el tiempo de estos. Braudel asoció la corta duración o el tiempo corto con los eventos que duran poco. Una vida humana, una gran batalla, etcétera caían en la categoría de los acontecimientos. El tiempo corto era, en consecuencia, el de los acontecimientos, el de aquello que no duraba mucho.
Las duraciones medias relacionadas con la economía, la demografía o la cultura fueron asociadas a las coyunturas, las cuales no solo duraban más que los acontecimientos sino que tenían una mayor complejidad y, por lo tanto, requerían más esfuerzo del historiador para comprenderlas.
Finalmente, el tiempo largo o la larga duración histórica Braudel la conectó con las estructuras, cuyo movimiento y desgaste era mucho más lento que el de los acontecimientos y las coyunturas, y que, para él, representaban los andamiajes más importantes de cualquier sociedad, a tal punto de determinar sus características principales y de servir de fundamento que gobierna su funcionamiento.
En El Mediterráneo y el mundo mediterráneo, Braudel convierte a un mar interior en una especie de personaje histórico, con una vida conflictiva pero organizada alrededor de las civilizaciones que buscan dominar a toda costa.
Ante los ojos del lector se ofrece un análisis de la geografía y de la forma como el hombre se adapta a ella para construir economía, para desarrollar y aplicar la técnica y para procesar nuevos imperios, como ocurrió con el de Felipe II, que integró a América y ayudó a construir el moderno mercado mundial.
La larga duración histórica viaja encadenada a las grandes civilizaciones que, aunque disputan entre sí en el siglo XVI, tienen un origen lejano y una solidez cultural de siglos. El mundo mediterráneo es el de los árabes, los franceses, los turcos, los castellanos y el de todos los pueblos que guerrean en sus aguas, pero que también comercian y construyen rutas de navegación a lo largo y ancho del Mare Nostrum.
Fiel a su visión de historia total, Braudel compone un cuadro abigarrado donde la técnica, la economía, la religión, la política, la cotidianidad y los destellos del acontecimiento están presentes para iluminar la complejidad de la vida mediterránea, donde las diferencias marcadas se articulan en los andamiajes estructurales y en las tendencias que cruzan a varias civilizaciones.
En Civilización material, economía y capitalismo el enfoque se concentra más en los asuntos económicos, en el movimiento de bienes y personas en Europa y más allá y en la duración de varios siglos, del XV al XVIII.
En esta densa obra de historia económica, Braudel analiza la formación de las economías-mundo europeas y su relación con las periferias. Aquí se vale de la teoría centro-periferia elaborada por su discípulo Immanuel Wallerstein, y del concepto economía-mundo o sistema-mundo de este mismo autor, como lo reconoce en su pequeño libro teórico-metodológico La dinámica del capitalismo (Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2002).
El cuadro que pinta Braudel se relaciona sobre todo con el capitalismo comercial y con los poderes y transformaciones conectados a este. Grandes ciudades comerciantes y puertos cosmopolitas se convierten en el epicentro del sistema-mundo, concentrando el mayor desarrollo a nivel de empresas transoceánicas, y captando la riqueza monetaria derivada de las transacciones mercantiles.
Alrededor de esos fuertes centros económicos se agrupan las periferias, con menos poder económico y político. Amberes, Sevilla, Londres, París, etcétera y todos sus satélites “nacionales” e internacionales tejen una abigarrada telaraña económica alrededor del planeta, soportada en la expansión del capitalismo y en la centralización monárquica.
El sistema-mundo es desigual porque su eje europeo succiona la riqueza global para su propio beneficio y, por lo tanto, concentra a los banqueros, comerciantes, navegantes, administradores y políticos más destacados. En la cúspide del sistema están los negociantes, los más poderosos entre los poderosos.
El negociante de Braudel es el gran capitalista que no solo atesora metales preciosos y posee otras formas de riqueza material, sino que cosecha las relaciones con sus pares de todo el orbe, tiene nociones claras del movimiento económico global e invierte en el comercio y otras ramas, tratando siempre de maximizar las ganancias y reducir los riesgos.
Ese negociante maneja las rutas marítimas y controla también los medios de transporte. Solía ser el banquero o prestamista de los reyes, siempre buscando construir relaciones y formas de dependencia que le garantizaran proteger sus negocios y elevar las ganancias.
Civilización material…es una obra densa, en que se utiliza una cantidad vastísima de fuentes (incluidas las literarias) y donde se nota el gran esfuerzo del historiador para tratar de captar los movimientos lentos e imperceptibles de las estructuras y el dinamismo de las coyunturas.
Del mismo estilo, aunque con una problemática más definida, es El Mediterráneo y el mundo mediterráneo…Ambos libros colocaron a Fernand Braudel en la cúspide de los historiadores europeos, y lo convirtieron en un maestro internacional que superó a los fundadores de Annales.