¿Es posible la predicción científica en historia?
Antes de abordar la pregunta del título es pertinente hacer una aclaración útil sobre las características de la historia. Quienes trabajan la investigación histórica saben la diferencia que existe entre la historia como sinónimo de lo que ocurrió y la historia como sinónimo de la reflexión acerca de lo ocurrido.
La historia como sinónimo de lo que ocurrió es lo que los antiguos denominaron la Res Gestae, es decir, los fenómenos, procesos, estructuras, coyunturas, acontecimientos, instituciones, etcétera que sucedieron en el tiempo y de lo cual queda evidencia en las fuentes, o sea, en lo que Marc Bloch denomina los testimonios voluntarios e involuntarios (Apología para la historia).
La historia como reflexión acerca de lo ocurrido fue definida como Historicum (o Historia) Rerum Gestarum por los pioneros antiguos de la historiografía. Más recientemente se la caracterizó como el razonamiento sobre lo ocurrido, vale decir, como el pensamiento sistemático acerca de lo que fue pero ya no es.
Pierre Vilar (en su libro Iniciación al análisis del vocabulario histórico) define a la Res Gestae como “historia-materia”, como aquello que ya pasó y que se convierte en la materia u objeto de estudio del historiador. Y también define a la Historicum Rerum Gestarum como “historia-conocimiento”, es decir, como la disciplina o ciencia que estudia la “sociedad en el tiempo”, según lo escrito por Bloch y por su amigo Lucien Febvre (Combates por la historia).
Es necesario retener estas dos categorías fundamentales para explicar el problema de si es o no posible la predicción científica en la ciencia histórica. Según las clasificaciones clásicas y modernas, se ha establecido una clara distinción entre la disciplina histórica propiamente dicha (la Historicum Rerum Gestarum o la historia-conocimiento) y la materia u objeto de estudio de que se ocupa dicha ciencia (la Res Gestae o historia-materia).
La ciencia histórica (la historia-conocimiento) es dinámica y cambiante, porque está sujeta a las múltiples perspectivas de los historiadores, que generan interpretaciones diversas sobre los objetos de estudio. Sin embargo, ese juego interpretativo no es infinito y siempre está limitado por la crítica intersubjetiva adelantada por los investigadores históricos.
No es posible expresar en historia lo que se le ocurra a cualquiera, pues los asertos están sujetos a los hallazgos que se encuentran en las fuentes. La parte “empírica”, “objetiva”, de la historiografía no depende tanto del analista como de los testimonios que emplea.
Por eso Carlo Ginzburg sostiene que el punto de partida objetivo de la historia proviene de las fuentes empleadas (El Queso y los Gusanos), y Georges Duby define a la historia como un “sueño controlado”, como un discurso que no se efectúa en el aire o mediante la simple capacidad especulativa del historiador, sino regulado por los indicios que se localizan en los testimonios (Diálogo sobre la historia).
El horizonte de verdad de la ciencia histórica depende en gran medida de la fortaleza de las fuentes empleadas y, también, de las teorías, métodos y técnicas que utiliza, así como de las habilidades del investigador. Pero lo que posibilita el establecimiento de los hechos es la calidad y abundancia de los testimonios.
La historia (como cualquier otra ciencia) requiere de un horizonte de certeza o verosimilitud para la producción de sus saberes. La tarea del historiador no es especular o emitir un simple discurso subjetivo sobre lo que ocurrió, sino delinear los contornos de lo que fue y ya no es, profundizando lo más que se pueda en sus estructuras y matices, para narrar o describir acerca de lo ocurrido con la mayor precisión posible.
En este punto, la capacidad interpretativa del investigador tiene unos límites impuestos por los indicios originados en las fuentes disponibles. Vilar sostiene que lo que corrobora, contrasta o establece el investigador no son las diversas interpretaciones sino lo hechos.
Los “hechos” son, en definitiva, las construcciones teóricas que proceden del diálogo creativo entre el historiador y las fuentes. Estos vendrían a ser la parte dura, maciza, de la historia-conocimiento. O sea, aquello que se consolida luego del ejercicio de la crítica intersubjetiva, y que es el resultado de aquel diálogo, después de dejar a un lado las interpretaciones inadecuadas.
¿De dónde se desprenden los elementos “objetivos” de los “hechos”? ¿De la mente del investigador? Si las “pruebas” en las que se fundamentan los asertos (o el establecimiento de los “hechos”) brotaran de la subjetividad del historiador, no estaríamos ante un discurso científico que maneja un horizonte de verdad o verosimilitud, sino ante otro regido por los patrones del arte o de la simple especulación sin sentido histórico.
Tales aspectos, que permiten otorgarle carácter científico al discurso histórico, proceden de los testimonios legados por lo que ocurrió, es decir, por la Res Gestae. Obviamente, la historia también es modelada como ciencia por las teorías que la surcan, por los métodos y técnicas que la inundan y por la capacidad creativa de los historiadores.
Pero lo que determina lo expresado en el discurso son las fuentes, de las cuales proceden los datos para “establecer los hechos”, y a las cuales se acude para contrastar o corroborar los asertos. Sin fuentes no puede haber discurso histórico sólido, porque la fuerza de esa narración depende, sobre todo, de los indicios que la sustentan, no de la capacidad creativa del historiador.
Esos indicios (o esas fuentes) provienen de la Res Gestae, de lo que ocurrió y ya no está. Y esa Res Gestae es, por definición, lo pasado, lo que es imposible cambiar de acuerdo con los caprichos del investigador, lo cual debe ser descubierto y establecido por los profesionales de la historia. Sobre esa Res Gestae es imposible aplicar la predicción científica, con miras a inducir transformaciones en lo ocurrido.
Cuando se investiga, la base está en la Res Gestae o, más exactamente, en los objetos de estudio construidos por el historiador partiendo de esta. Los indicios o huellas acerca de que hubo una determinada Res Gestae se localizan en las fuentes que nos lega el tiempo y que siempre están en el presente, como sostiene Jerzy Topolsky (Metodología de la historia).
El historiador produce historia-conocimiento apoyándose en esas fuentes, y los datos aportados por estas son por definición inmodificables. Ninguna teoría o capacidad interpretativa puede variar esos testimonios, sin falsificar las propias fuentes y, por lo tanto, el discurso histórico, que resulta del diálogo entre el investigador histórico y las fuentes en que se apoya.
Si la Res Gestae y las fuentes son inmodificables es imposible aplicar sobre ellas predicciones científicas del tipo de las usadas en las otras ciencias naturales o sociales. Y esto es así porque tales predicciones operan casi siempre hacia el futuro (como ocurre en economía o en sociología), nunca hacia el pasado, que es de lo que se ocupa la historia.
El argumento epistemológico de que la ciencia permite predecir resultados (o consecuencias) partiendo de variables y condiciones prácticas o teóricas preexistentes, no es aplicable a la historia, ni siquiera utilizando la llamada retroducción científica. ¿De qué sirve aplicar esa retroducción a la historia si de antemano sabemos que resultaría inútil, porque es incapaz de cambiar nada de lo ocurrido?
Los conocimientos nuevos en la historiografía no se consiguen por cambios inducidos en las fuentes o en la Res Gestae mediante la predicción científica. No es posible transformar, empleando esa predicción al pasado, lo que ya ocurrió. Si Bolívar hizo lo que hizo y murió en tal fecha y en tal lugar, ninguna predicción está en capacidad de cambiar ese estado de cosas, una vez haya sido firmemente establecido como hecho por los historiadores.
La predicción científica es inaplicable en la historia porque no se puede variar la historia-materia (o el acervo de testimonios) sin falsificar la calidad del discurso histórico, es decir, sin falsificar los contenidos del discurso. Quienes han falsificado fuentes inducen a los historiadores a construir narraciones falsas, que tarde o temprano son desmontadas por la crítica intersubjetiva.
La historia-conocimiento es cambiante y dinámica debido a la acción de las múltiples perspectivas de los historiadores. Pero ella depende de lo que ocurrió, de la Res Resgae, que le sirve de punto de partida en el proceso investigativo. Mejor dicho: el historiador, en la construcción de su obra, se vale de los vestigios arrojados por el tiempo en el presente que, exactamente, son las fuentes.
Si los vestigios de la Res Gestae son las fuentes y si estos, por definición, no cambian porque representan una parte de lo ocurrido, de eso se sigue que la historia-conocimiento solo podría transformarse si, por cualquier motivo, cambiara la Res Gestae. Si es imposible que el contenido de las fuentes cambie sin falsificación, la historia-conocimiento tampoco cambiará por esta ruta, en el nivel del establecimiento de los hechos.
En consecuencia, las variaciones en la historia razonada tampoco pueden ocurrir por predicción científica, ya que esa clase de instrumento no funciona en la Res Gestae, por las características de este objeto de estudio. Y si no funciona en la historia-materia, tampoco opera en la historia como ciencia, pues los conocimientos históricos dependen de lo que encontramos en las fuentes, que es lo legado por la Res Gestae.
Si la historia-conocimiento no se transforma por la vía de los elementos deducidos como consecuencia de una predicción científica aplicada a la Res Gestae ¿cómo mutan los conocimientos históricos? Es decir, ¿por qué varía tanto la historia razonada o científica?
Sería ingenuo negar la evolución de los conocimientos históricos. Estos se transforman en función del desarrollo de la disciplina histórica y por efecto de las perspectivas que ponen en juego los historiadores, desde orillas historiográficas disímiles.
Pero esa clase de transformación en la historia pensada no es nunca el resultado de la aplicación de la predicción científica, imposible dentro de la historiografía debido a las características de su objeto de estudio.
Las variaciones en los conocimientos históricos (en la ciencia histórica) obedecen a los diversos enfoques, a las múltiples perspectivas, a las teorías explicativas empleadas, a los métodos y técnicas que se ponen en juego, pero jamás son la consecuencia de la aplicación de la predicción científica, pues esta es negada por el contenido de las fuentes y por el carácter inmodificable de ellas.
Cuando se trata de establecer los hechos, el margen para las interpretaciones se reduce al máximo, sobreviviendo (mediante la crítica intersubjetiva) solo los análisis más sólidos, soportados en las mejores y más abundantes fuentes, como ocurre hasta ahora.
La historia científica o razonada; la reflexión sobre lo que ya ocurrió, se transforma también en función de los nuevos hallazgos obtenidos de otras fuentes descubiertas, nunca mediante la predicción científica. Testimonios novedosos podrían permitir la producción de nuevos conocimientos, al integrar sus indicios en la creación de discursos revolucionarios.
En resumen, la ampliación del acervo de fuentes, los marcos interpretativos, las teorías, métodos y técnicas provocan el dinamismo de esa forma de conocimiento llamada historia, que Pierre Vilar tipificó como historia-conocimiento, la cual hoy permite el desarrollo de los discursos históricos mediante la investigación basada en fuentes.
Las transformaciones en el contenido de la historia razonada nunca siguen la ruta de la predicción científica, porque estas siempre se sustentan en lo que ya ocurrió, y la evidencia de lo que ya ocurrió no reside en ninguna hipótesis o teoría predictiva sino en las fuentes que nos legó el tiempo.
La predicción científica, en cualquiera de sus variantes, es imposible dentro de la historiografía; pero esta imposibilidad no invalida su carácter científico. Ese carácter depende de sus teorías, de sus métodos y técnicas y de la forma como son procesados los conocimientos que resultan del diálogo entre el historiador y las fuentes.
El pasado de la vida humana nunca será susceptible de transformación utilizando la predicción científica, pues ya no existe como tal. Y sobre las huellas que nos legó el tiempo tampoco cabe esa predicción. En consecuencia, no es posible predecir en la ciencia histórica.