Energías oscuras contra energías verdes
Los miedos infundidos tetanizan la reflexión y no nos permiten ver con verdadero sentido crítico la multitud de problemas que están en juego en estas elecciones. En primer plano, está la paz de un pueblo, que viene entre-matándose casi ininterrumpidamente desde la colonia. La tragedia ambiental que generó el derrame de petróleo en la vereda La Lisama en proximidad de Barrancabermeja, toma prioridad, poniéndonos delante la responsabilidad de escuchar más atentamente lo que proponen los candidatos a propósito de la política energética, agrícola y ambiental. Estos temas, por sus causas y consecuencias comprometen la salud, la vida, el empleo y la sostenibilidad a largo plazo de nuestra economía y por lo tanto la paz.
Así tenemos que, según el Ministerio de Minas y la Agencia Nacional de Hidrocarburos, en el país, las reservas de crudo constatadas al fin del 2006 llegaban a unos 1.665 millones de barriles, es decir que al ritmo de su extracción actual y sin nuevos yacimientos a la vista, el último galón saldrá de un pozo en menos de cinco años. Lo que sirve de excusa para que las empresas de extracción se lancen cuerpo y alma a sacar el crudo (y el gas de paso) no convencional por medio de la técnica de fracking o fracturación de la piedra profunda. Tanto el uno como el otro se encuentran en ciertos subsuelos enquistados en micro-cavidades de la roca y para lograr extraerlos se inyecta a presión agua, arena y químicos. Afirmar que no haya casi petróleo en Colombia deja perplejo a más de uno, teniendo en cuenta que Ecuador y Venezuela tienen petróleo a montones, sorprende que en Colombia no sea el caso. Una de las hipótesis del por qué las empresas extractivas prefieren el fracking a la prospección de yacimientos de petróleo, es que con la fracturación en las antiguas áreas petroleras convencionales se va a lo seguro, mientras que la prospección es costosa, incierta y para colmo insegura, ya que a causa de los actores armados, los territorios periféricos del país no explorados aún, no se puede negar que sean peligrosos.
Sin embargo, el derrame en La Lisama nos mostró, en vivo y en directo, cómo el petróleo al contaminar la tierra y las fuentes de agua expande la muerte. Si la contaminación petrolera es así de devastadora, la técnica fracking es de lejos mucho más nociva. Extraer el petróleo y el gas no convencional es tentador para cualquier Estado, esta técnica le permitió a los USA ocupar el primer lugar como productor de esa materia prima, pero los daños al medio ambiente y a las poblaciones aledañas son inconmensurables.
Un informe del Comité de la energía y comercio de Estados Unidos en abril del 2011, publicó que: “más de 2.500 productos de fracturación hidráulica, contienen 750 productos químicos y otros componentes, entre los cuales 29 sustancias químicas que son cancerígenos conocidos o posibles para el hombre”. El producto más empleado es el metanol, peligroso en el agua y en la atmosfera por su alto grado de toxicidad.
Por otro lado, la fracturación y la manutención del líquido deja escapar, igualmente, el famoso metano, y la acidificación de los componentes introducidos permiten que el arsénico, el plomo y otros elementos químicos se disuelvan en el subsuelo, remonten a la superficie y contaminen las capas subterráneas de agua. El líquido inyectado que se queda en el subsuelo, es más del 50% y tanto lo que se recupera en la superficie como lo que queda en las profundidades se contamina con elementos radioactivos. Es precisamente lo que denunciaba el New York Times el 27/02/2011, en base a documentos mantenidos en secreto por la Agencia de Protección del medio ambiente (EPA) norteamericana, que las aguas residuales en el proceso de fracking seria 1000 veces más radiactivas que la dosis permitida en el agua potable. Lo más grave es que las bebidas en botella son controladas radiactivamente cada seis o siete años. ¿Esos controles existen en Colombia?
Una vez el veneno inyectado a presión en la tierra, la amenaza de contaminación de las capas freáticas se concretiza y quien habla de aguas subterráneas dice pozos, bebederos y fuentes de agua naturales, terrenos, agricultura y ganadería. Teniendo en cuenta que, cuando el relieve es plano y sin mayor tejido hidrográfico, las aguas subterráneas son más o menos compartimentadas. No es lo mismo en un terreno montañoso como el de Colombia, donde debido a su geografía con cuencas hidrográficas aledañas facilitaría por fuerza de gravedad que el agua circule en el subsuelo, como lo hace en la superficie, y una contaminación tóxica masiva de las aguas sería entonces muy probable. Está de más decir que los productos agrícolas orgánicos cultivados en estos terrenos, solo tendrían de ecológicos el nombre.
Porfiar en seguir con el petróleo es comprensible, puesto que representa el 28% del total de las exportaciones en Colombia, unos 14 mil millones de dólares. Sin embargo, la otra alternativa que proponen algunos de los candidatos merece toda la atención. Se trata de comenzar a reemplazar la política extractiva en general, por una política agrícola voluntarista, y yo agregaría razonada. El aguacate, emblema de este debate, le genera alrededor de mil doscientos millones de dólares anuales a México.
Con la intención de terciar en la discusión, retomemos algunas cifras: un barril de petróleo (157 litros pesando 131 kilos) se negocia en el momento alrededor de 65 dólares. Por el mismo peso en aguacates en USA, su precio se multiplicaría por más de diez veces y en Europa por veinte. Su contra parte, es la deforestación y la cantidad exorbitante de agua que consume el aguacate (un kilo producido de aguacate = mil litros de agua / un kilo de tomate = 180 litros) además de los insecticidas. Una agricultura razonada sería recurrir a tecnologías como el riego gota a gota, la hidroponía, los insecticidas biológicos etc. Si esto es costoso, las inversiones en la extracción petrolera lo son aún más, agregándole la inestabilidad del precio del crudo que no obedece solamente al tira y jala del mercado, sino a los cálculos y contenciosos geopolíticos de los principales productores (Colombia no llega al 1% de la producción mundial). El fin anunciado de las reservas de aquí a cinco seis años y el fracking como alternativa es un suicidio colectivo, lento y doloroso.
Explorar alternativas agrícolas y ecológicas para operar una transición económica es una necesidad urgente, por ejemplo: un gramo de azafrán es más caro que un gramo de oro; la industria maderera en los llanos es una industria durable, extremamente rentable, de pocos cuidados y la demanda mundial es exponencial; las frutas tropicales se abren paso en los mercados con alto valor adquisitivo; la palma datilera y los arboles de olivos en las zonas de clima rudo. Pero lo más importante es que si el viraje agrícola lo acoplamos con un apoyo decisivo a las energías limpias y renovables, se complementarían soluciones con más alcance estratégico y de empuje sinérgico. Recordemos que el país está bañado en sol, con brisas, corrientes fluviales y marítimas, sin contar con los terrenos aptos para la geotermia.
Corresponde al público y al elector de informarse, al lector de verificar si lo que se escribe es cierto o no. Lo que si salta a la vista es que dos visiones están sobre la mesa, ellas se calzan exacta y respectivamente en el tipo de calidad y de duración de vida a la que aspira cada quien. El compromiso del primer modelo está más bien orientado hacia los intereses del gran capital y las industrias extractivas (predadoras y vandálicas con los recursos naturales) y no con la salud, el empleo y la viabilidad económica del país. El otro modelo le apunta a la alternativa razonable de cambiar la política energética basada en materias fósiles, por el de las energías limpias y renovables, emparejadas a la agricultura. No solo se trata, por una parte, de elegir entre el riesgo de beber agua y comer alimentos contaminados o de disfrutar del guacamole en una tierra menos agreste, sino de construir desde ya, las bases de un país próspero. Un país con ofertas suficientes de trabajo en el campo y las ciudades afianzan la paz, lo que le abre campo a otra industria con un potencial colosal en Colombia: el turismo.