En Junior: ¡ni quieren ni pueden!
Hay quienes quieren y no pueden, hay quienes pueden y no quieren, pero en Junior hay quienes ni quieren ni pueden. Frases refraneras del vocablo popular que caen acertadamente en el equipo que vergonzosamente nos representa en estos momentos en el concierto profesional.
Nos comprueba que el mal del club rojiblanco, como en el ahogado, no hay que buscarlo río arriba, que el mal no está en la sábana. El mal del Junior está metido en todo el cuerpo, el enfermo no es solo por dolor de piernas o de brazos, también por dolor de cabeza irradiado de arriba abajo.
Es tan repetitivo el estado casi de postración que ya quienes hacemos críticas, quisiéramos no seguir bregando en lo mismo; pero es que no podemos sustraernos de la realidad de nuestro equipo, que es, uno de los iconos representativos de la ciudad y la región Caribe. Y nos duele de verdad haber caído tan bajo constituyéndonos en el hazmerreír de todo el país cuando históricamente nos hacía sentir y dar motivo de orgullo.
La última muestra la dio el plantel frente al Patriotas. En nuestro propio escenario solo pudimos conseguir un punto, un triste empate sin anotaciones, ratificando más y más la falta de goles, la nulidad de fútbol y desde luego sin poder sumar como se quiere.
Pero en cuentas claras, qué más podemos pedir si el propio técnico Julio Comesaña sostiene que el equipo inicial no le disgustó, que hasta que hizo los cambios todo le gustaba y marchaba bien. Cómo podemos tener aspiraciones si en la cancha se juega a nada. La idea futbolística que dejó Alexis Mendoza hace poco más de un año se ha perdido totalmente. Comesaña pretendió conseguir mayor y mejor dinamismo, pero la disposición mental de sus dirigidos no les dio para ello. Jugadores que nisiquiera en la banca de reservas se utilizaban fueron colocados como titulares. Desde luego el resultado no podía ser otro que el que se dio.
Pero no se puede justificar una decisión técnica, pretendiendo tener la razón cuando todo el mundo vio que ese primer tiempo frente a Patriotas fue sencillamente desastroso. Mejor nos parece, señor Comesaña, que es de estilo y elegancia reconocer que los cambios no fructificaron y que entonces hay que comenzar a planificar desde ya la segunda temporada del año, es decir el campeonato siguiente, porque este, aunque insista en lo contrario, ya se perdió.
En una nota anterior sobre el mismo tema, recordaba yo que en 1997 cuando Julio César Uribe renunció del Junior. El presidente del club, Pedro Salzedo en rueda de prensa declaró públicamente que si bien la intención de cuidar el patrimonio del club sea una política sana, es necesario saber hasta dónde se debe consentir a los jugadores. Decía también Salzedo Salom que hay que escuchar al público para saber qué es lo que quiere.
Nada de eso se da en nuestro equipo actualmente. En Junior no existe una verdadera política administrativa porque sus directivos, como lo manifestó su máximo accionista, no tienen tiempo para dedicárselo. Ese manejo ha sido delegado desde hace varios años a un gerente administrativo y a un director de mercadeo que, no son de la región, que prefieren contratar a su antojo, sin aprobación de los técnicos y que además poco les interesa si el equipo rinde o no. Al fin de cuentas, el negocio según ellos, no está en la aspiración de títulos ni de complacencia para la afición, sino en la de cuidar el patrimonio de sus dueños. Como consecuencia de lo anterior, se contratan elementos de poca monta, desechados de otros clubes y que llegan a Barranquilla por la fama del club de ser bien pago y oportuno cada quince días.
No existe sentido de pertenencia, visten la camiseta rojiblanca por el contrato firmado, pero viven pendientes de los equipos de sus regiones (antioqueños, vallunos, bogotanos etc.). No puede haber, desde luego, jerarquía para defender la casaca que les da la comida. Porque no quieren y porque además tampoco pueden. Sus capacidades futbolísticas son limitadas y las muestras dadas en las canchas son el máximo que de ellos se puede esperar.
Y como la mayoría de los jugadores están en ese nivel, esa mayoría termina por contagiar y envolver con sus males a los dos o tres que pudieran marcar diferencia. A tal punto que estos últimos son arropados por la falta de voluntad, por la indisciplina y por decisiones de colocar y quitar al técnico que sí pueda complacerlos y que no les exija ni en los entrenamientos y mucho menos en los partidos.