Elogio de la prudencia en las redes sociales
Aristóteles definió la prudencia como una regla que dirigía siempre la acción correcta de cada quien. Sostuvo, así mismo, que esta no implicaba cobardía, timidez o disimulación.
Es decir, según la lógica del estagirita (y de acuerdo con el lenguaje contemporáneo), la prudencia no es un vicio de oportunista, sino la virtud fundamental de las personas inteligentes.
El refranero popular ha sabido acuñar graciosas fórmulas para definir a la prudencia y su papel en la acción de las personas o grupos. Algunas de estas son las siguientes: En boca cerrada, no entran moscas; El pez muere por la boca, o Más vale malo conocido que bueno por conocer.
Entre los egipcios antiguos se la tenía como una de las máximas virtudes humanas. Para estos, la prudencia era una especie de serpiente con tres cabezas: de león, de perro y de lobo. Ella era definida como una serpiente con astucia que, además, poseía la fuerza del león, la agilidad del lobo, y la paciencia del perro.
En general, la prudencia puede entenderse como sinónimo de moderación o cautela; así mismo, como algo similar a la sensatez y al buen juicio. O sea, aquella facultad que permite distinguir lo malo de lo bueno, lo que conviene de lo que no conviene, en los diversos campos de la vida.
¿Qué ocurre en las redes sociales con la mencionada prudencia? De acuerdo con las evidencias, lo que domina en ellas no es la mesura más elemental para comportarse, sino la imprudencia más absoluta en la expresión verbal y en la manera de relacionarse unos con otros.
La obscenidad, el grito destemplado, la agresión continua de palabra o audiovisual, son el pan de cada día en ellas. Parece que se creyera que se es más valiente o más diestro cuanto más calumnias, falsedades o vulgaridades se propalan.
La discusión razonada, inteligente (que siempre se apoya en los buenos argumentos), fue relegada por las huestes de imprudentes al cuarto de San Alejo, al sótano del olvido. Lo dominante entre ellos no es el diálogo sereno y bien fundamentado, sino el intercambio más bestial de epítetos, como si se tratara de animales buscando demostrar quién es el más fuerte.
Esas hordas incultas de imprudentes se están pasando por la faja siglos y siglos de civilización humana, al imponer en las redes la ley de la selva y al instituir sus antivalores como norma dominante que somete, a la fuerza y con calumnias, todo lo que se le oponga.
Umberto Eco, desesperado con esta situación, se atrevió a escribir que las redes sociales le estaban otorgando la oportunidad de expresarse a turbas de idiotas incapaces de respetar nada; que este hecho no solo contribuía a ampliar la democracia, sino también a lesionar su calidad.
Esa descripción podría ser exacta, pero es necesario ir un poco más allá. ¿Por qué las personas prefieren el camino fácil de la imprudencia al más difícil y complicado de la prudencia?
Lo primero a señalar es la principal raíz del problema: la profunda incultura que caracteriza a los imprudentes. Su forma de discernir es muy primitiva, pues no ha sido bien pulida con las herramientas de la civilización.
Esa incivilización se manifiesta en la manera de escribir: no solo expresan un desconocimiento casi absoluto de las reglas ortográficas y de redacción, sino un nulo manejo de la lógica, y muy poca profundidad en el tratamiento de los temas, lo cual es un indicador de que leen poco.
Así mismo, la violencia tan típica de las hordas de imprudentes se asienta en otras plagas, como el odio, el resentimiento y el dogmatismo. El odio los lleva a rebasar todos los límites, incluidos los de la calumnia, las noticias falsas y la agresión más inverosímil contra lo que consideran su enemigo.
El resentimiento social los convierte en agresivos contra lo que perciben, con razón o sin ella, como el motivo de sus males; por eso despotrican del mundo, y maltratan todo lo que es diferente a ellos, o lo que imaginan como la causa principal de su condición de marginados o excluidos de los bienes sociales.
El dogmatismo hace al imprudente intolerante, pues siempre parte del supuesto de que el otro está equivocado, y él se percibe a sí mismo como el único portador de una supuesta verdad revelada que usa como arma para descalificar a los demás, sin argumentos sólidos y colocando por delante siempre su sello de la agresividad.
Ese dogmatismo cerrero está en la base del comportamiento que reemplaza el debate argumentado por la agresión más feroz contra el opositor, es decir, por lo que en lógica se conoce como falacia ad hominem. Este tipo de enfrentamientos entre (o con) imprudentes enloda y pordebajea el debate en las redes sociales.
El bajo nivel cultural de la mayoría de los participantes en las redes sociales representa la causa más importante de la bajeza, la falta de sindéresis, la ruindad y la pobreza en las formas en que se establecen los intercambios.
Por esta razón, Internet no solo ha democratizado el acceso a la información y al conocimiento, sino que ha contribuido a masificar la ordinariez, la vulgaridad y el matoneo. Las tribus de matones de la red están compuestas, precisamente, por las personas más incultas, o por las más perversas.
¿Cómo enfrentar y solucionar este grave problema? No es fácil, pero hay que ensayar algunas medidas. Se debe trabajar más con los jóvenes, dentro y fuera de las aulas, para inducirlos a tener en cuenta que actuar con prudencia en las redes no es pecado, y que, a la postre, siempre es lo mejor.
Que ser más vulgar o más mal hablado que los demás no es sinónimo de ser más valiente o más macho, pues eso representa una actitud que no se compadece con lo que debe ser una persona decente o estudiada, que actúa siempre respetando al otro.
Es pertinente trabajar en todos los ámbitos, incluidos los medios masivos de comunicación y la familia. En realidad, la violencia y la patanería en las redes es un reflejo de lo que ocurre en el resto de la sociedad.
El malestar en Internet expresa, en gran medida, el malestar en la cultura general. Pero esto no debe servir de justificación para tolerar el infierno en que las hordas de imprudentes han convertido las redes sociales.
Atacar de frente ese campo minado, respetando a su vez el libre pensamiento y la libertad de expresión, pasa por afinar las normas legales que confronten directamente las malas mañas de los imprudentes. Y estas deben ser aplicadas por los Estados y por los propios administradores de las redes sociales.
No es posible seguir soportando que el delito (o lo raro y minoritario) sea escribir bien, argumentar bien y respetar a los demás. El crimen debe ser la agresión, el uso masivo del lenguaje procaz, y el empleo sistemático de las mentiras y las calumnias.
Cada quien debería aportar desde ya su grano de arena, evitando prestarse para el juego degradante de los imprudentes, y eliminando, en su propia participación en las redes, el estilo típico de quienes gozan con el facilismo de las malas maneras y con las palabras de grueso calibre.
La parte sana y culta de las redes sociales debería dominar al cáncer de los imprudentes, ayudada por la legislación, por los maestros de la educación formal y por los medios de comunicación tradicionales.
El estiércol del irrespeto y de la incultura, que convierte la procacidad en su dios, no puede seguir dominando el mundo de las redes. El universo de los idiotas nunca debe estar por encima de la inteligencia.
A todos pertenece la oportunidad de transformar este estado de las cosas, para convertir a las redes sociales en lo que deben ser: un medio de democratización y de difusión de la cultura, y no un instrumento de la barbarie.