El voto de opinión minoritario y las alternativas a la guerra
No es necesario abundar en los comentarios sobre los peligros que amenazan la institucionalidad y el frágil equilibrio de poderes, en el caso que el laureanouribeduquismo se tome el poder ejecutivo, tampoco que Petro logró arrinconar en un solo lugar a los directivos de los partidos tradicionales de derecha, a los expresidentes, a la cohorte de indelicados con el erario… en resumen, a los responsables políticos y gobernantes que llevaron el país al tercer lugar en desigualdad en el mundo. Con este reparto no es difícil imaginar que alcanzaremos, rápidamente, el primer lugar de iniquidad en el planeta, del cual nos estábamos escapando en el tablero.
La principal razón que legitima un Estado de Derecho y su pretensión democrática es que tiene la obligación de proteger a todos sus sujetos en su vida, honra y bienes y garantizar la cohesión de la sociedad, sin embargo, en dos siglos de era republicana, las diferencias políticas y las aspiraciones diversas no logran dirimirse en una discusión civilizada, además de concebir el ejercicio político como el derecho de un individuo o de un partido de mantenerse eternizado y hegemónico en el poder. En esa lucha de elites y al cabo de muchas guerras, los dirigentes partidistas comprendieron que no valía la pena enfrentarse, ya que como dominantes podían entenderse y que en realidad sus adversarios potenciales de más cuidado eran los desposeídos, los mismos que ponían a pelear entre sí. Al mismo tiempo era prudente evitar el peligro de que en ríos revueltos nacieran ambiciones y vocaciones de poder, en un gremio que poseía y sabía usar las armas, como eran los militares. Ese conciliábulo de elites liberales y conservadoras que convinieron en el “Frente Nacional” se abrevia y conjuga de nuevo, en la alianza trenzada en torno al candidato uribista.
Recordemos que a la voluntad de cerrar las vías democráticas a cualquier alternancia política diferente a las ya instaladas en el poder, le responden otras fuerzas sociales con diferentes caminos y medios que no son precisamente los de la democracia negada. Los ejemplos contemporáneos abundan, las revoluciones en la antigua Unión Soviética y más recientemente la Primavera Árabe son apenas una muestra. En Colombia, como todos sabemos, las guerrillas liberales pasaron el relevo a las guerrillas de izquierdas, pero con el secuestro casi generalizado, el reclutamiento de menores y otros desmanes que le imputan, hipotecaron gran parte de su porvenir político. Pero ello no significa que estas manifestaciones políticas sean la sola expresión de la insumisión y el descontento de la Colombia profunda y mucho menos que sean los únicos detentores de la convocación contestataria de un pueblo.
La capacidad de reacción de la mayoría de la sociedad se ve, no obstante, disminuida por diversas causas por el traumatismo que produjo la violencia, por la decepción que dejan las guerrillas y que en contragolpe lastran otras expresiones de izquierda, por el desengaño producido por los gobernantes de derecha e incluso de algunos de izquierda con prácticas corruptivas, por la desilusión de la mundialización que en su dinámica salvaje y desregulada pauperizan la clase media y agotan por doquier el trabajo formal. Este todo suma y subsuma una desesperanza generalizada.
Si a todo esto se le agrega las promesas políticas no cumplidas y refundidas en la memoria se encuentra el aceite que lubrica una máquina infernal y autodestructiva socialmente, la cual reposa sobre las siguientes bases: la mitad de la población que por las razones arriba descritas, se aleja de las decisiones políticas que le concierne. Sobre la otra mitad que elije hay que restarle una franja, que por el mismo desengaño vende su voto, otro sector sucumbe a la promesa burocrática o contractual. El resto de electores constituyen el voto de opinión, entre los cuales muchos son violentados por mentiras y manipulaciones diversas. Por eso es difícil, que ante tanto despecho, manipulación, corrupción y violencia se abran paso otras alternativas y ensayos de otras políticas. A pesar de esto, un halo de esperanza alumbra la calzada, como se vio con la mayoría de votantes que en la primera vuelta se expresó por la paz, por el clima, por la educación, contra la corrupción y que resume la carta abierta de apoyo al programa de Petro firmada por filósofos, académicos, ambientalistas y animalistas.
Los egos a veces son superiores a las esperas de los pueblos y de la historia. La grandeza de los hombres y mujeres se mide en la generosidad y sacrificio que requieren momentos como estos. En estas elecciones, con sus más de nueve millones de votos en favor de la paz, si convencemos una parte de los abstencionistas, la otra visión de una Colombia pacífica y prospera puede concretarse. ¿Es que no nos bastan tantos muertos y tantos sufrimientos? ¿Cuánto nos ha costado la guerra en recursos y en atraso económico?