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El viacrucis del padre Linero

García Márquez expresó alguna vez que todos tenemos tres clases de vida: la pública, la privada y la secreta. El padre Alberto Linero acaba de comunicar una decisión que conmociona sus tres escenarios vitales.

Más allá de lo que ocurra de aquí en adelante con este personaje de la vida nacional, es un hecho que la trascendental medida de colgar los hábitos le cambiará el rumbo en más de un aspecto.

El padre se hizo famoso por la frescura con que encaró su magisterio y por sus grandes habilidades comunicativas. Él siempre se mostró como alguien amante de las cosas cotidianas, comunes y corrientes, que atraen y le gustan a casi todos. La música, el fútbol y su sentido de pertenencia regional estuvieron al frente de su forma de ser.

Tanto en los medios escritos como radiales y audiovisuales, se preocupó por conectar las creencias religiosas con lo que las personas experimentaban en el diario vivir, elaborando orientaciones útiles para los creyentes y para los demás que lo escucharan o leyeran.

Linero fue un cura carismático y, como tal, muy conocido en la región y el país. Su fama es equiparable a la del difunto sacerdote Rafael García Herreros (el del Minuto de Dios), aunque su estilo sea muy diferente al del famoso presbítero cucuteño, quien se convirtió en piedra de escándalo por cuenta de lo que hizo en la entrega de Pablo Escobar.

Quizás por ser tan mediático, la renuncia de Linero al sacerdocio ha sido tan resonante y ha golpeado de manera muy ruda a cuantos le seguían. Ese abandono de su papel tradicional sorprendió a todos y despertó, para variar, las bajas pasiones de tirios y troyanos.

Un ejército de campeones mundiales de la moral se ha encargado de calcinar al padre en las redes sociales. Algunos de esos héroes del moralismo poseen un rabo de paja tan denso, largo y visible que podría ser quemado hasta con los simples rayos del sol.

Esta sociedad es así: compuesta por individuos falsamente pacatos, amantes del chisme y del qué dirán e intolerantes con los errores de los demás, aunque su vida privada y secreta sea un desastre.

Esos individuos inquisidores derivan placer del dolor ajeno, y hacen de la maledicencia su bien de consumo predilecto, exhibiendo una crueldad contra los otros que siempre se nutre con el combustible del odio.

El padre Linero quizás esté sufriendo como un nazareno por abandonar el sacerdocio, y por el trato tan inhumano que le dispensan los Sansones de la moral, que son los mismos tiranos dominantes de las redes sociales, cuyo principal deleite es ver correr la sangre y pisotear la dignidad y el honor ajenos.

Tal vez fue mucho mejor para él y para sus seguidores que hiciera lo que hizo, sin caer en los extremos de quienes llevan una vida de apariencias, simulando ser buenos sacerdotes en su vida pública, pero acosando niños o mujeres en los planos privados y secretos.

Aunque no lo parezca, seguir el camino que ahora elige requirió mucho valor y bastante sufrimiento. No es fácil echar por la borda más de veinte años de trabajo en la iglesia católica, sobre todo por la manera como él ejerció su magisterio, y por el afecto espontáneo que le entregaban los feligreses y el público en general.

De seguro que fue terrible salir de su zona de confort para enfrentar ahora el qué dirán, y el asedio morboso de los adalides de la moral hipócrita que, para variar, hacen nicho en todas las ideologías, en este país dividido por el resentimiento y ahogado por la trivialidad.

Si el padre Linero la tenía difícil viviendo como un prisionero dentro de su iglesia, ahora la tendrá aún más complicada, soportando el horno crematorio impuesto por la hipocresía de los Supermanes del comportamiento aparentemente correcto, que lo sacó del cielo de los héroes para convertirlo en el villano del peor de los infiernos.

Para completar la faena, debe partir casi de cero en varios campos. Podrá seguir utilizando parte del camino recorrido en el periodismo y en la orientación de quienes le han oído, pero sus tres vidas darán un giro de casi ciento ochenta grados, que le exigirá una gran capacidad de readaptación, mediada por mucha resiliencia.

Puestos a elegir, es mejor ser sincero porque, en su caso, ser sincero equivale a ser honesto. O los campeones mundiales de la moral, los Torquemadas de la ética, ¿preferirían un cura mentiroso y deshonesto, un oportunista incapaz de dar el paso que él dio por miedo al qué dirán o por conveniencia personal?