El verdadero derecho del voto ciudadano
El derecho al voto, para elegir y ser elegido, es la garantía que tenemos todos los ciudadanos mayores de edad para ocupar cargos públicos en el Estado o para escoger a quienes pueden y deben gobernar los destinos del país. Podríamos decir que es la definición más cercana que puede darse en las naciones que se precian de ser llamadas y practicantes de la democracia.
Es el derecho a ejercer nuestro criterio y voluntad, sin sentirnos presionados para dar nuestro voto a una determinada persona. Sería lo ideal. Pero en Colombia el significado fue cambiado abruptamente desde hace bastante rato. “El arte de saber gobernar” como nos enseñaron en escuelas y colegios que era la verdadera política, se cambió en la filosofía simple de “gobernar”, sin el objetivo de hacerlo bien. Porque el derecho de escoger se trastocó por el deber a que nos sometieron nuestros gobernantes hace no menos de siete décadas tras la búsqueda del beneficio personal.
La Registraduría Nacional encargada del manejo en los comicios electorales dejó de ser el organismo pulcro que los colombianos creíamos y pasó a ser –como apuntan hoy los colombianos- en el dedo elector de quién o quiénes deben ser los elegidos. A contadas 48 horas del proceso electoral para seleccionar alcaldes, gobernadores, concejales y diputados en el país, retrotraemos aquel pensamiento público del caudillo Jorge Eliécer Gaitán antes de su muerte cuando decía: “en Colombia los ciudadanos eligen hasta las 4 de la tarde, a partir de ese momento, las elecciones las hace la Registraduría”. Ya en esos tiempos de los años cuarenta (Gaitán fue asesinado en 1948) el caudillo denunciaba la manera fraudulenta como se elegía al gobierno de Colombia en manos de los intereses políticos de los partidos tradicionales como eran el liberal y el conservador.
Un poco más atrás de aquellas manifestaciones de Gaitán, el pensamiento del escritor chuiquinquireño José María Vargas Vila plasmado en uno de sus tantos libros literarios rezaba: “es más vil darse un amo que soportarlo”. Significando que elegir un gobernante mediante el voto resultaba más deprimente y vergonzoso que aceptarlo. Por lo menos al no haberlo escogido usted, le queda el consuelo de no sentirse culpable de haberlo hecho.
La costumbre histórica de escoger mandatarios se denigró a tal punto que hasta se perdió la vergüenza de comprar en las calles el voto de las personas por cincuenta y cien mil pesos, o por la promesa de recibir bolsas de cementos, tejas y ladrillos para construir vivienda; o simplemente por una gigante botella de licor. Lo lamentable de todo esto es que las autoridades de policía y las de gobiernos de turno acolitan esta costumbre y hacen vista gorda. Por eso de nada vale que se denuncien estas prácticas. En Colombia todo el mundo sabe quiénes trafican de esta manera, quiénes son los caciques políticos que negocian los votos a manos llenas y por eso al ciudadano se le niega el verdadero derecho de escoger y simplemente se le “obliga y condiciona en la elección”.
En Colombia están habilitados para votar cerca de 37 millones de personas. En el departamento del Atlántico cerca de 2 millones de ciudadanos y en Barranquilla cerca de un millón cien mil votantes. Alcaldes, gobernadores, concejales y diputados de todo el país están marcados de antemano en las preferencias “no por sus obras los conocereis” sino por el poder económico y político que ejercen en sus regiones.
Y, aunque de nada o poco vale, las recomendaciones de elegir por convicción y no por compromiso, no nos olvidaremos de repetir y recordar a la gente el deber moral que se tiene para saber escoger dignatarios o gobernantes. ¡He ahí el verdadero derecho que nos corresponde..!