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El verdadero alcance de la paz

La paz no es la paz, es ‘una’ paz -cuando mucho- y sola no basta para vivir en paz.

Ad portas’ de terminar un conflicto que ha durado más de 50 años, el país se encuentra embriagado por el éxtasis del optimismo excesivo. Como los borrachos cuando la fiesta está a punto de acabar, todo es abrazo y perdón, todo es amistad, todo es amor.

Quizá esta euforia sea lo que el país necesita para tomar la decisión, a todas luces, más racional. Una borrachera de emociones que nos facilite transitar el camino de una difícil catarsis nacional.

Sin embargo, no hay ebriedad que dure para siempre, es necesario que mañana, al despertar con los enemigos de toda la vida en la misma cama, sobrios y con resaca, podamos seguir transitando un difícil camino que ya no va a contar con el entusiasmo de la novedad.

Colombia es un país violento, no es “deporte y amor”. Tenemos que aceptar nuestra realidad y el eslogan dejarlo a la publicidad. En 2015 se registraron 12.193 asesinatos a lo largo de todo el territorio nacional, una cifra a la que los 146 muertos del conflicto armado en el mismo año apenas aportan el 1,19% del total.

Si gana el plebiscito y se aprueban los acuerdos de paz con las FARC, despertaremos con ‘guayabo’ para descubrir que la violencia sigue igual. Una violencia que se nutre de la intolerancia, la pobreza y un crimen organizado que se encuentra lejos de acabar.

Los tiempos de Pablo Escobar –esos que la industria cinematográfica se place tanto en recordar- nunca terminaron, solo se transformaron. El protagonismo nos lo habrán robado los violentos carteles mexicanos por su torpe proceder y su inexorable cercanía al mayor mercado de droga del mundo, sin embargo, los principales productores de cocaína seguimos siendo nosotros y, como diría el periodista Roberto Saviano, “la cocaína mueve al mundo”.

En dos años el país ha prácticamente duplicado la cantidad de hectáreas de coca sembradas. Tras una progresiva reducción desde 2007 hasta 2012, que nos colocó aquel año por detrás de Perú en número de cultivos ilegales, Colombia ha vuelto a ser el productor número uno, superando al segundo y tercer lugar juntos.

Achacar este incremento al proceso de paz con las FARC sería ingenuo y corto de miras. “Les dieron espacio y volvieron a sembrar”, es un argumento que no explica la realidad de un mercado criminal complejo, que alcanza para abastecer a muchos grupos violentos a los que poco o nada les interesa nuestras reflexiones sobre la paz.

Estos grupos son la principal fuente de violencia en el país y sus efectos son innegables. Hoy hablamos del ‘milagro de Medellín’ por la reducción de homicidios que la ciudad ha experimentado en la última década, sin embargo, este fenómeno parece más un ‘desescalamiento’ por conveniencia de los grupos criminales que una verdadera pacificación.

La muestra es que el departamento de Antioquia sigue siendo uno de los más violentos y Cali, la hermana histórica –pero menos sonada- de Medellín en la disputa por el control del narcotráfico, continúa dentro de las 10 ciudades más violentas del planeta.

Mientras haya pobreza, desigualdad y falta de oportunidades, el crimen organizado siempre encontrará carne de cañón para engrosar sus filas y aquí está el ‘quid’ del asunto, pues puede que el conflicto armado acabe, pero las causas que lo originaron persisten.

Colombia sigue siendo uno de los países más inequitativos del planeta. Según la lista del Banco Mundial (actualizada hasta 2013) entramos en los 10 primeros y en el índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas (este sí hasta el 2015) clasificamos 97, por debajo de casi todos los países de Sudamérica, menos Paraguay.

Votar a favor de lo pactado en La Habana no puede ser un acto de ingenua pasividad. A la paz hace falta entrar con la claridad para entender que, una vez aprobados, empieza el verdadero desafío para construir un país viable. La victoria del ‘Sí’ debe significar el reconocimiento de nuestros profundos problemas, pero también nuestra certeza de que podemos ser mejor.