El Sí contra el No
Arrancó en todo el país el debate que desembocará en la refrendación o denegación de lo que resulte de los diálogos de paz de La Habana. En los medios, en las redes sociales y en otros escenarios se calienta la discusión, y las opiniones aumentan a favor del Sí o del No.
El Sí es apoyado por casi todas las organizaciones del espectro político, y parece estar pegándose muy fuerte entre los jóvenes. Estos tienen un recuerdo muy vívido de los estragos de la guerra, y lo que menos desean es continuarla; por eso apoyarían el Sí en el plebiscito, más allá de cualquier discrepancia ideológica o política.
Es sintomático que hasta en las universidades privadas con poca presencia de militantes de la izquierda, la juventud se esté alineando por el Sí, al margen de Santos o de cualquier otro partido que lo apoye. El Sí concita a todas las visiones porque encarna el deseo y la esperanza de vivir sin bombas y sin balas, y porque representa la aspiración de dirimir los conflictos mediante la confrontación política y de ideas, sin anegar la nación de sangre y sufrimiento.
El Centro Democrático y otros sectores se inclinan por el No, que es la insignia del bando del odio y el resentimiento, y singulariza a los que piensan continuar el enfrentamiento armado hasta arrasar al enemigo. Por esto el No es sinónimo de guerra, no de paz, al contrario de lo que sostienen Álvaro y Uribe y otros integrantes de su grupo.
En el lanzamiento de la campaña por el No, Uribe sostuvo que “…solamente nos queda la opción de decir sí a la paz votando no al plebiscito”. Y Carlos Holmes Trujillo, un precandidato presidencial de su partido, remató la idea así: “Lo que deseo ahora es dedicar todos mis esfuerzos para que gane ‘no’ en el plebiscito y así haya paz. La victoria del ‘no’ conducirá a un acuerdo sostenible y duradero” (Uribismo oficializa su decisión de votar por el ‘No´ en el plebiscito, El Tiempo, 13 de agosto de 2016).
Uno se pregunta por qué los uribistas plantean argumentos tan contradictorios e incoherentes, y la única respuesta razonable es que tratan de confundir con falacias mal construidas para ocultar sus reales intenciones, con el propósito de engañar o complacer a sus seguidores y a la población colombiana.
Uribe y su séquito se opusieron al proceso de paz desde antes de que se conocieran algunos acuerdos. No puede olvidarse que la causa inicial del rompimiento entre él y Santos fue que el Presidente se inclinó por la vía dialogada para conseguir la paz con las Farc, en tanto que Uribe se mantuvo en su estrategia de abatir a la guerrilla usando las armas.
Nunca antes estuvimos tan cerca de que las Farc se integraran a la vida legal, así como nunca antes se desplegó una oposición tan despiadada y ruin por parte de integrantes del propio establecimiento político contra esa solución. Nadie ha mentido y tergiversado tanto con respecto a un proceso de paz como lo han hecho Uribe y los suyos.
Es claro que el No es la opción de la guerra, porque las condiciones que buscan imponer los uribistas a los guerrilleros (en caso de imponerse el No) serían inadmisibles para ellos, y son una clara invitación a seguir echando bala, en vez de corregir lo que parece no tener reversa.
El No cabalga en el lomo del odio y del resentimiento que gran parte del país guarda contra la guerrilla, por la razón que sea. El triunfo del NO acabaría con todo lo avanzado y nos regresaría al mismo punto en que estábamos antes de comenzar los diálogos.
Con el No nunca se corregirá nada, sino que se lanzará todo lo acordado al basurero de la historia, junto con los deseos y las esperanzas de millones de colombianos.
Es un sofisma confundir el No con la paz o con la superación de los supuestos baches o errores que resulten de los diálogos. Uribe y Holmes Trujillo se equivocan al tratar de engañarnos mostrando el No como una solución a los problemas probables de los diálogos: el No es la tumba de la paz negociada y la victoria de la guerra.
El Sí posee otro contenido político. Sería el espaldarazo definitivo a los diálogos, y abriría el camino a una solución final del conflicto con la guerrilla más importante de la nación. Ni el recurso del miedo, ni el engaño, ni el saboteo sistemático por parte de los enemigos de la paz podrán sustraerle al Sí su auténtico sentido, porque es la oportunidad más expedita y cercana para empezar a construir otro país.
Que lo acordado no sea perfecto ni conduzca al paraíso terrenal, no es razón para negarle la oportunidad a la gente de pasar la página de una guerra degradante e envilecedora que nos divide y brutaliza, empezando con los uribistas.
El Sí representa el futuro…el No es el rostro del pasado y de la muerte. De eso no cabe la menor duda. Ni las falacias ni los sofismas del uribismo lograrán cambiar esos sentidos, porque esa es la verdad sin máscaras ni maquillaje. Y esa verdad es la única que le sirve al pueblo para decidir si continúa en el círculo de sangre o si se abre a la posibilidad de una vida sin violencia y a una cultura más incluyente, que le rinda tributo a nuestros mejores valores.
El Sí está contra el No porque es la paz, y porque este último nos conducirá al abismo. El Sí contra el No, esa es la próxima batalla política que nos espera para decidir qué será del país. Ninguna mentira servirá para oscurecer u ocultar el auténtico significado del Sí y del No.
En el próximo plebiscito, el pueblo decidirá entre la paz mediante el diálogo y una guerra que ha esparcido muerte y víctimas. Esa es la única realidad que está en juego y en eso nadie puede equivocarse. El Sí contra el No…ahí está el dilema. Lo demás es truco y falsedad.