El problema es la apatía, no la política
Existen frases que, a fuerza de repetición, se vuelven mantras que no necesitan ningún tipo de justificación para ser aceptadas. Así pues, cuando no se quiere dar más vueltas a un asunto problemático un “lo que Dios quiera”, basta para hacer entender que el tema se coloca en manos de la suerte; si se habla de problemas sociales, la causa será siempre “la corrupción”, en plan general; y, si se trata de hablar de temas relacionados con esa corrupción que tanto nos gusta mentar un “no me gusta la política”, suele ser la primera respuesta ante el fastidio de tener que pensar de más.
La gran revelación que nos ofrece aquella frase, tan interiorizada en la sociedad colombiana, es que los colombianos somos, en mayor o menor medida, culpables de cada una de nuestras desgracias como nación. Renunciar a entender de política es, más o menos, lo mismo que renunciar a la ciudadanía; es solicitar, comedidamente, un par de grilletes y asumir con una sonrisa una vida de esclavitud. La democracia no existe sin interés político.
En Colombia no existe democracia entonces, vivimos en un sistema feudal fundado sobre los firmes cimientos de la pereza física y mental. Baste observar los niveles de abstención en las elecciones presidenciales de las últimas dos décadas:
2014: 59,9%
2010: 50,8%
2006: 54,9%
2002: 53,6%
1998: 48,8%
En 20 años, menos de la mitad del país ha decidido el destino del resto y, desde luego, se trata de las presidenciales, la participación en las demás contiendas electorales es sustancialmente menor. Es muy diciente que las elecciones de 2014, de cuyo resultado dependía el desarrollo de uno de los puntos de inflexión de la historia del país –los acuerdos de paz en La Habana- tuviera la abstención en primera vuelta más alta desde 1994. Ya ni hablar de la votación del plebiscito mismo, con una abstención del 62,5%, aquel 1 de octubre quedó marcado en la historia como el día en el que confirmamos nuestro desdén por el futuro y nuestro propio bienestar.
Con las elecciones parlamentarias a la vuelta de la esquina y unas presidenciales cada vez más cercanas, debemos prepararnos para ver al pueblo asistir masivamente… a los sofás de sus casas. Las razones son evidentes, probablemente estas sean las votaciones más divididas en la historia reciente del país, ningún candidato tiene un poder propio capaz de darle la victoria y existen varias fórmulas y posibles coaliciones para acceder a la Casa de Nariño. Son las primeras elecciones en mucho tiempo en las que existen más de dos posibles resultados e, incluso, hay algunos que podrían ser buenos.
El asunto es que dicha complejidad causa ‘desgaste’ en la población. Parece ser que existe un límite de dificultad que podemos manejar antes de decidir dejar todo en manos de Dios –“lo que Dios quiera”-. La historia reciente parece demostrar que los colombianos necesitamos un par de candidatos fuertes para salir a votar, tenemos alergia a las posibilidades múltiples.
Un país al que le pasan por encima un par de escándalos de corrupción al mes y no se entera, es un país que, básicamente, está pidiendo a gritos la pobreza, combine aquella apatía con el completo desinterés por ejercer la ciudadanía y tendrá la tormenta perfecta, un paraíso… para la deshonestidad.