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El placer de matonear

Las redes sociales se han convertido hoy por hoy en Colombia en el escenario predilecto de los matoneadores. El conflicto armado y la guerra ideológica que enfrenta a los diversos bandos es el caldo de cultivo en el cual se desenvuelve la acción devastadora de quienes matonean, a veces escudados en el anonimato que otorga un falso perfil.

Detrás del matoneo contra el enemigo se esconde el odio más visceral y las malas maneras, propias de los patanes. En este país muchas personas matonean porque esa es, según su parecer, la mejor forma de destrozar al oponente, golpeando por donde más le duele. Y apoyada en calumnias, la estrategia es más dañina.  

La derecha recalcitrante ataca a la izquierda recalcitrante utilizando malas armas, y las dos se devuelven los golpes bajos empleando siempre juego sucio. Esta es la parte más visible de un iceberg que incluye a toda clase de individuos y que genera un proceso cultural degradado que rebaja el nivel de las redes sociales, si excluimos al grupo de personas e instituciones que utilizan esos medios para desarrollar una labor más creativa, centrada en la educación, en la información o en la divulgación de contenidos de alta calidad.

La mentira, la calumnia, la injuria, las medias verdades o la verdad que debe ser guardada por respeto al otro son el pan de cada día como instrumentos de los matoneadores. A estas se agregan la desinformación y la tergiversación sobre el adversario, un viejo truco nazi y estalinista que es usado por todos sin distingos de ideología o de posición política.

Se nota que quienes masacran la dignidad ajena obtienen placer por maldecir y triturar el honor de quien no les inspira ningún respeto. Hay algo morboso, enfermizo, en el matoneador que está más allá de la ideología y de la militancia partidista, pues no todos los militantes políticos se enlodan en el fango hediondo del matoneo ni se revuelcan en la indecencia que le sirve de contenido.

Umberto Eco sostuvo en cierta ocasión que Internet se había transformado en el principal hogar de la estupidez. Si concebimos el matoneo como expresión de este estado lamentable de la condición humana, no cabe duda de que el gran semiólogo italiano tenía toda la razón, pues no se concibe  que las personas inteligentes y de principios sólidos matoneen bajo ninguna circunstancia.

Solo matonean los miembros de la especie de formación escuálida, irrisoria… los que no alcanzan a captar la importancia de respetar a los demás porque no comprenden qué es el respeto, la decencia y la dignidad, ni aceptan estos principios. La gente sin valores bien establecidos, el chabacán y el ignorante llevan la batuta en la acción de matonear y derivan placer de esa práctica deleznable. Por carecer de patrones y diques que encaucen su funcionamiento moral, se deslizan hacia la agresión al otro por el simple goce de agredir o porque la intolerancia les frustra la capacidad de razonar.

El matoneo es una de las formas de expresión de la estupidez humana dentro de las redes sociales, y tal vez por eso les produce tanto placer a los matoneadores. Es, también, el modo más eficiente que tienen los estúpidos de comunicarle al resto de la humanidad cuál es su condición interna más profunda. Sin embargo, ellos no suelen darse cuenta de que al proceder como proceden dicen más sobre sí mismos que acerca de sus víctimas.

Los matoneadores son victimarios en un país superpoblado de victimarios. No solo son criminales ante la ley por calumniar e injuriar sin ninguna medida, sino asesinos de la dignidad ajena. La peor plaga de las redes sociales son los matoneadores, indudablemente.