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El periodismo digital no es el futuro

Es el presente. La convergencia, la revolución, el advenimiento, se produjo hace mucho. La dicotomía tradicional-digital solo existe en las disertaciones metafísicas de mentes asincrónicas o, mejor dicho, gente a medio camino entre el pasado y el ahora. El debate académico y la investigación solo son productivos si van de la mano con la realidad palpitante del día a día y, en este sentido, la realidad palpita, respira y transpira digitalidad.

El hecho resulta de una obviedad casi ridícula y, aun así, las reflexiones sobre el cambio persisten, preocupadas por la supervivencia y la adaptación de las viejas formas, llegando hasta el optimismo ingenuo que propone una especie de convivencia pacífica. La convivencia entre el periodismo tradicional y el digital no se va a dar porque son lo mismo, pretender que coexistan es como esperar que la persona que fuimos a los 15 exista al tiempo que nuestro yo de 30.

Es importante señalar la futilidad del asunto porque, con demasiada frecuencia, las discusiones sobre el futuro del cuarto poder se centran en temas empresariales y económicos: que lo digital está haciendo inviable el sostenimiento de la pauta en los impresos, que la publicidad en la web no vale nada, que hay recortes de personal y las condiciones son paupérrimas, etc. Temas importantes para el futuro de millones de personas que, durante mucho tiempo, se han dedicado a vivir de un cierto oficio organizado de una cierta manera y que, en todo caso, no dicen nada sobre la forma en la que se va a seguir ejecutando a futuro.

¿Es que hay futuro? Se preguntan los más pesimistas que ven en internet, los móviles, las redes sociales y el avance tecnológico a los cuatro jinetes del apocalipsis. Por supuesto que lo hay, el periodismo es un oficio natural al ser humano, informar  y comunicar nunca va a ‘pasar de moda’, las herramientas, por otra parte, seguirán cambiando y hay que acostumbrarse.

El nuevo periodismo debe ser concebido bajo los principios de la maleabilidad, definirlo es perder, el éxito en la profesión radicará en la facilidad para adoptarlo todo y, tan pronto sea necesario, abandonarlo. Más que usar las tecnologías actuales, hay que desarrollar la lógica necesaria para descifrar cualquier nuevo dispositivo, nueva aplicación o nueva red social. Asunto que no debería ser muy difícil, pues en el fondo todas comparten un lenguaje similar que se mantiene de plataforma a plataforma de aparato a aparato.

No existe generación alguna que nazca con esta habilidad desarrollada, mas todas tienen la capacidad para aprenderla. No es extraño ver adultos de cuarenta (o de cuarenta y dos) diestros en el uso de las tecnologías, ni sería extraño tampoco que el joven, que hoy utiliza Whatsapp como una extensión de su cuerpo, se vea incapaz de adaptarse al nuevo software que sus hijos utilizarán en 20 años. Esta posibilidad no es admisible para un periodista, la incapacidad para adaptarse constantemente será una causa probable de fracaso y, en este sentido, el único responsable será el profesional que se ha quedado estancado.

¿Qué pasa con el periodismo entonces?, ¿dónde queda el romance, la magia y el deber social?... pues en el mismo lugar de siempre, nada ha cambiado. Todos los días se escriben noticias frívolas, reportajes complejos, crónicas descriptivas. Igual que hace 40 años, hay periodistas buenos y periodistas mediocres, así como una vasta cantidad de profesionales que no ven sus aspiraciones realizadas a cabalidad, esto no es culpa de la revolución digital, es la lógica de la vida misma.

Si los cambios han reducido plantillas, también han generado nuevas oportunidades. Quizá los medios colosales agonicen, pero en su lugar se levantan cientos de portales pequeños con posibilidades nuevas y sus propios vicios. Si los fotógrafos o camarógrafos se extinguen ante la ubicuidad del celular, nuevos puestos surgen en la forma de community managers o portadistas. Las dinámicas de estos nuevos fenómenos deberían absorber la mayor parte de las energías de la investigación en comunicación, no la muerte de la prensa impresa.

El mayor error que se podría cometer en la preparación de los futuros comunicadores (pues la palabra periodista se queda corta) sería hacerles creer que la muerte de la vieja industria es su propia muerte profesional. Hay que centrar la atención en el futuro que ya es presente: youtubers, bloggers, gestores de redes y contenido, medios nativos digitales, no llorar sobre la leche derramada y los tiempos en los que los periódicos eran relevantes y una noticia se podía preparar durante un día entero, en el colmo de la ineficiencia y no siempre en beneficio de la calidad.

Que los empresarios resuelvan la viabilidad de sus empresas, cuando las rotativas se detengan el periodismo seguirá estando y la buena prosa, las historias bien contadas, como ha sido desde siempre, seguirán en una posición privilegiada.