El pequeño gigante y “pechiche” de Varacka
Era, en estatura, el más pequeño del equipo. Pero tan grande en combatividad, como el más espigado de la defensa Dulio Miranda. Y enorme en calidad técnica como los ases del plantel, Juan Ramón Verón y Alfredo Arango. En este chiquito jugador rojiblanco podían combinarse los elementos básicos de los virtuosos del fútbol: calidad técnica, inteligencia y vigor.
Fue uno de los adelantados en los esquemas tácticos de los técnicos modernos. Por eso, para él fue fácil y cómodo desplazarse velozmente por la punta derecha, su posición habitual, como lo hacen hoy en días los equipos europeos y suramericanos. Con la ventaja de saber centrar el balón en el punto penal en busca de Lorea, Arango o el propio Verón. Con él, Junior manejaba una adelantada posición ofensiva.
Bien por su costado, pegado a la raya o en diagonal desequilibrando al rival; bien por la punta izquierda en la que también aportaba tanto defensiva como ofensivamente. El técnico José Varacka lo tenía entre sus favoritos en cada alineación. Era tanta la confianza del entrenador que a Bolañito le permitía ciertas libertades y licencias que a otros no les daba.
Oscar Bolaño Meza inició su carrera en el equipo de su tierra Unión Magdalena. Pero se destacó rápidamente y fue contratado entonces por el Independiente Santa Fe. “Cuando yo salí para el Deportivo Pereira, Oscarito, como se le conocía en Santa Marta, me reemplazó y lo hizo muy bien”, recuerda Pablo Huguett, defensor campeón con el Unión en 1968.
Después de su paso por el Santa Fe de Bogotá, Oscar Bolaño fue traído al Junior. Varacka lo tenía no solo bien referenciado sino que sabía de las condiciones futbolísticas. Lo conocía plenamente desde 1975, año en que el samario se coronó campeón con el club cardenal.
Con este jugador el equipo rojiblanco aportaba un elemento más en el ataque, lo que no era tan común en otros clubes colombianos. Antes de él, los hinchas barranquilleros recordaban por sus cualidades similares al soledeño Arturo Segovia en los años sesenta. Así como corría por los costados apoyando a sus compañeros de ataque, así mismo regresaba veloz a su posición defensiva cuando el rival intentaba atacar. Era un todo pulmón como lo fue Segovia en sus clubes. No era fácil descifrar a este pequeño Bolaño que se prodigó siempre como el mejor en su posición.
En seleccionados colombianos mantuvo una línea productiva constante por lo que su titularidad no dejaba dudas. En 1975 formó parte del equipo subcampeón de América dirigido por Efraín “Caimán” Sánchez. Y con Junior coronó dos veces el título de campeón: 1977 con Juan Ramón Verón y en 1980 con su “papá” como llamó siempre al técnico José Varacka.
“Con Oscar compartíamos hasta la habitación jugando en el Junior o en la selección Colombia. El directivo Fuad Char tuvo un gran acierto, fue un cabezazo, contratar a Oscar que jugaba en Santa Fe y a mí, que militaba en Millonarios. Eso fue en 1977. Éramos sin temor a equivocarme, los mejores marcadores de punta del fútbol profesional. El por la derecha, yo por la izquierda. Y fuimos campeones en 1977 y 1980”. Quien esto dice es Toto Rubio. “De Oscarito, -añade el Toto- guardo los mejores recuerdos por su manera de ser con todos, le gustaba compartir en todo y siempre se distinguió por su buen humor”.
En más de una ocasión y por cualquier circunstancia dejaba de entrenar durante la semana y cuando llegaba el domingo, el técnico le afirmaba en su posición mientras Alfredo Araujo que sí había trabajado día a día era relegado a la banca. “Quítate tú, pa ponerme yo”, le decía Oscar a Araujo. Sus compañeros Dulio, Berdugo, Rafa Reyes y Toto Rubio, así recordaban aquella de tantas otras anécdotas en el equipo.
Sus piernas curvas no le restaban condiciones. Por el contrario, aprovechaba aquello para engañar y dejar enganchado a los contrarios. Poco más a menos, como lo hacía Garrincha que con su vaivén dejaba a los defensores sin poder adivinar hacia qué lado iba.
Oscar Bolaño poseía además aquel espíritu guerrerista indeclinable. Si un delantero lo superaba una vez, difícilmente podía repetirlo. Con temperamento y fuerza sometía al rival. No era temperamental, pero dejaba sentado su sello en cada contienda. Así que los delanteros rivales preferían cambiar de posición o bajar al medio que intentar burlar a este prodigioso marcador de punta. Su nombre figura en el listado de aquel Junior campeón del 77. Su presencia ese año le dio contundencia al distintivo “equipo de los obreros” como bautizaron un año antes los periodistas al plantel de Varacka. El también se puso siempre el overol para defender la causa.
Otro de sus compañeros lo fue Armando “Ringo” Amaya quien sostiene que él y Oscar eran dos aventajados marcadores de punta de la época. “Una vez frente al Cúcuta yo me fui por la punta izquierda y avancé hasta casi el fondo, vi que Bolaño que también se había ido por su punta me alzó el brazo pidiéndome el pase; yo tiré el centro preciso y Oscarito de tremendo zapatazo anotó el gol. Ganamos 2-1 ese partido en el Estadio Romelio Martínez y la gente se preguntaba si era la única vez que dos marcadores de punta se combinaban perfectamente para anotar un gol”.
Ringo Amaya, afirma, igual que Toto y demás jugadores del 77, que Bolaño era el “pechciche” de José Varacka. “El podía dejar de entrenar en la semana y a la hora del partido el profe siempre lo alineaba. Su calidad y capacidad la desplegaba en la cancha. Fue un guerrero que parecía tener no dos, sino cuatro pulmones. Así como se iba al ataque así regresaba a su posición, por eso fue siempre imprescindible”.
Su carácter y seriedad en la cancha, contrastaba de polo a polo con su modo de ser fuera de ella. “Mamador de gallo” como el que más, en el camerino o en momentos previos a las prácticas soltaba algún chiste, golpeaba a sus compañeros y soltaba tremenda carcajada que contagiaba y distensionaba el momento por difícil que estuviera el momento. Su temperamento para defender la casaca rojiblanca, fue tan enorme, como lo fue su humildad y sencillez para compartir con todos.
A la única contienda que no pudo ganarle, fue, a la que nadie le gana: la muerte. En fin, frente a esa, nadie da talla. Todos estamos condenados a padecerla. Lo sorprendente es que haya sido vencido a su edad. 65 Años, cuando aún la vida se pasea en la mayoría de los deportistas de alto rendimiento.
Un derrame cerebral hace cinco años y luego una meningitis, lo mermó físicamente. Su calvario fue largo y penoso desde entonces. A tal punto de perder parte de su visión. Reducido prácticamente a una silla de ruedas soportó eso sí, hasta el último momento, con estoicismo y con el carácter que lo distinguió siempre. La fortaleza que se le fue extinguiendo en los últimos años pudo mantenerla gracias al indeclinable acompañamiento de su esposa María Del Socorro Correa y de sus hijos Jorge, Oscar y Hugo. Ellos herederos del buen fútbol que le distinguió, también fueron figuras en el deporte de las multitudes. Especialmente Jorge quien trascendió hasta Europa. Impávidos y con resignación debieron soportar aquel “calvario” de su padre. El desgaste físico del pequeño gigante del fútbol iba declinando sin poder ellos evitarlo frente al designio de Dios.
Cuando extinguía el primer mes del 2017, el 29 de enero, extinguió también este paladín del deporte que tantas tardes de gloria brindó a los hinchas, especialmente del Junior: “Será una fecha inolvidable que nos marcará por siempre porque fue un gran ser humano y un extraordinario deportistas”, resaltaron sus compañeros de andanzas futbolísticas mientras marchaban hacia la última morada en la ciudad de Santa Marta.
Y seguramente también será inolvidable su nombre para los hinchas y aficionados que tuvimos el privilegio de verlo jugar y coronarse campeón con Junior en dos ocasiones. En el ya derribado Romelio Martínez, donde tantas tardes de gloria nos brindó el equipo. Oscar bolaño, el “pequeño gigante del fútbol” fue sin duda, uno de esos grandes protagonistas.