El monstruo
Un monstruo, según la definición del diccionario, es un ser que presenta desviaciones muy visibles con relación a los otros miembros de su especie; así mismo, alguien extraordinario que genera horror; o, finalmente, un individuo excesivamente cruel, perverso, capaz de hacer lo que nadie hace.
En la guerra y en la política hubo monstruos notables. Hitler asesinó a muchas personas, justificándose con ideas racistas estrambóticas. Stalin creó campos de concentración para ver morir a sus oponentes, y mató a mansalva para adueñarse del poder, bajo el paraguas del dogmatismo de izquierda.
La guerra en Colombia produjo su propia colección de monstruos, interesados en ganar como fuera, sin respetar ningún límite y utilizando el todo vale. Los jefes del paramilitarismo, de los falsos positivos, y todos los que apoyaron o participaron en masacres caen en esa nefasta categoría.
Ese enfrentamiento de más de cinco décadas generó también monstruos que no lo parecen. Seres muy inteligentes, que saben utilizar los medios de comunicación y manipular a la gente para obtener su apoyo. Individuos que representan los peores sentimientos, y que exhiben los comportamientos más increíbles de todos cuantos cabe pensar.
Hay uno entre todos, el más notable, el más carismático, que fue presidente del país y a quien no solo le temen sus enemigos sino sus propios amigos, por lo sanguinario que ha sido. Hasta los jefes del paramilitarismo prefirieron guardar silencio para no retar sus métodos.
Él ha chuzado, perseguido y calumniado a sus opositores, a los magistrados, a los periodistas y a todo aquel que se atrevió a enfrentarlo. Con Él todos estamos en riesgo: los testigos de los casos que le siguen en los estrados y los integrantes de la rama judicial, que se abstienen de tocarlo por temor, porque es una especie de emperador de la mano negra nacional.
Él es, también, un monstruo carismático, como lo fue Fujimori en el Perú, o Mussolini en Italia. Es alguien aceptado por la gente que piensa igual que Él, que transmite su odio a través suyo, que añora la guerra porque quiere arrasar hasta con el último enemigo, sin compasión y con mucha crueldad.
Llevado por sus instintos primarios (que se asientan en la perversidad más profunda), Él es capaz de destruir al país para salvar su pellejo. El miedo y el deseo de venganza lo llevan a irrespetarlo todo, a tratar de poner a su servicio a las instituciones y a las personas.
Apoyado por la gente que comparte el odio, el resentimiento y el miedo que Él transpira, nuestro monstruo mayor tiene candidato de bolsillo. Un aspirante presidencial que lo acepta a Él porque sabe la alta votación que maneja, en una nación polarizada, dividida, por las secuelas de la lucha a bala. Un candidato que, hasta ahora, se comporta como un títere de las aspiraciones de Él.
Ese títere que va a pasar a segunda vuelta, y que tiene altas probabilidades de ganar la presidencia en este país de engendros que son frutos la guerra, ¿qué hará con el monstruo que le respira en el cuello y que no lo dejará en paz, si llega a la Casa de Nariño?