El mal nombre de la izquierda
Las ideas de izquierda no son las peores, pero, frecuentemente, los gobiernos que las han puesto en práctica lo son. La tragedia constante y repetida del fracaso de los Estados comandados por políticos ‘izquierdistas’ debería decirnos algo, quizá se trata de una conspiración orquestada desde los centros del poder de la derecha, poseedores de los medios y la fuerza para confundir, subyugar y sembrar el caos desde dentro. ¿Será posible que el izquierdismo falle, simple y llanamente, por los deseos de la derecha de verle fallar?
De ser así, la pelea no vale la pena. Tantos años con la absurda dicotomía de la diestra y la siniestra (que a la sazón de hoy significan mil cosas y ninguna), para ver desmoronados todos los castillos del proletariado, ¿y los neoliberales?, tan campantes. Que en las economías modernas hay pobreza nadie lo niega, pero asegurar que dentro de estas la gran mayoría vive en la miseria mientras una pequeña minoría disfruta del sudor del resto es más bien un ejercicio de autocomplacencia, o una tibia venganza para las frustraciones de la vida.
Nada más sencillo que culpar por los propios fracasos al sistema injusto, nada más terapéutico que renegar del éxito ajeno explicándolo en términos de capital, familia y contactos. Lo cierto es que, si bien a veces aplica, no hay nada más dañino que explicar lo maro con lo micro, un caso particular, una anécdota de un día, no son suficiente para hablar de las dinámicas de todo un sistema. La derecha funciona, aunque a trompicones, y la izquierda no parece poder ganarle (si es que las conspiraciones resultan reales). ¿Vale la pena perpetuar los experimentos fallidos como Venezuela por dar una batalla que trae más sufrimiento del que significaría una victoria del modelo neoliberal?
En cuestiones humanas hace falta ser prácticos, las ideologías abstractas no deberían ir por encima del dolor tangible, el miedo, la incertidumbre…
En todo caso, esta es solo una alternativa que explica el fracaso de la izquierda en términos de las conspiraciones del poder hegemónico, pero, ¿qué pasa si somos más sencillos? Invariablemente, cuando nos encontramos ante dos opciones, la explicación más sencilla es la más probable, es el principio de Occam que, en su acepción más moderna se puede resumir a “nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”. Quizá, como casi todo en la vida, los gobernantes de izquierda son los responsables de sus propias acciones.
¿Por qué la tendencia a desprenderse tan fácil y tan prestos de los valores democráticos, de la libertad de elección? Estando en el poder y poseedores de todos los medios, de la fuerza del fusil o el micrófono y las letras ¿qué posibilidad de injerencia externa puede haber? Si los gobiernos de izquierda, con el poder de una dictadura a cuestas, siguen siendo vulnerables a los ataques de la derecha, deberían caer por su propia incompetencia.
A la menor oportunidad abordan el tren de la mentira de que el pueblo alienado por décadas de neoliberalismo salvaje, de intereses creados, de engaños y subterfugios elaborados ya no puede pensar por sí mismo, los adalides del comunismo creen que deben protegerlos, guiarles por el mejor camino, como se guía a un niño que no puede saber lo que es mejor para él, incapaces de aceptar que su negligencia y mal manejo administrativo no es bien recibido.
Me temo que, aunque las ideas de izquierda no sean las peores, sí atraen a los peores. Sus postulados de igualdad y bienestar común devienen demasiado fácil en populismo; su firme convencimiento en las conspiraciones del imperialismo sirven para ocultar toda incompetencia propia; premian la pereza y el clientelismo y, sobre todo, caen en el profundo error de malinterpretar la naturaleza humana, desechando la individualidad y la competencia. Si de algo nos deberían servir tantos años de izquierda fallida, sería para aceptar que esta bella filosofía tan solo es apta para dirigir hormigas.