El lado turbio del uribismo
Álvaro Uribe Vélez y los suyos han organizado una oposición cerrera al gobierno y a los partidarios de la paz. Esta empezó casi desde el mismo momento en que el Presidente Santos anunciara la posibilidad de iniciar diálogos con la guerrilla, y se desenmascaró con la creación del Centro Democrático como órgano político del uribismo.
Juan Manuel Santos fue tildado de traidor por abandonar la Seguridad Democrática y la estrategia de someter a las guerrillas militarmente, y por estimular los diálogos en La Habana con el grupo insurgente más notable de la república. La traición de Santos lo apartó de los sectores guerreristas de las élites y lo impulsó a colocar a las puertas de la conclusión de una paz negociada a un país que padece una guerra de más de cinco décadas.
Es posible que el Presidente y sus aliados logren salirse con la suya y conseguir el logro de la paz mediante el diálogo, el cual no solo eliminará el principal problema que flagela a la nación sino que le entregará el reconocimiento mundial (junto a los guerrilleros), por haber coronado un proceso que sacó a Colombia de una guerra fratricida y degradante.
Si estamos ad portas de completar una coyuntura larga y tediosa que nos llevará a la pacificación (ahora con el concurso de los elenos), ¿por qué Uribe y sus adláteres siguen haciendo tanto escándalo en contra de los diálogos? ¿El peso de la traición es aún tan fuerte que recarga de odio continuo a las huestes uribistas?
Desde luego que el odio está en la base del comportamiento de esos sectores, pero ¿este solo se nutre de la tan cacareada traición o hay algo más que tratan de mantener oculto los partidarios del expresidente? El uribismo se aferra a la idea de la traición y a la impunidad con que se cubriría a los jefes guerrilleros para justificar su oposición al proceso de paz.
El lado turbio de su comportamiento tiene que ver con el hecho de que el Presidente Santos se desmarcó de los sectores más violentos y corruptos de los poderosos para viabilizar los diálogos con la insurgencia. Esos núcleos guerreristas se quedaron huérfanos de poder, y su política de tierra arrasada le cedió el lugar a los diálogos.
Esos sectores virulentos de la política nacional (nucleados en el uribismo) estuvieron cerca del paramilitarismo o estimularon abiertamente la estrategia paramilitar, como fue probado por la justicia en el caso de Mario Uribe, primo del expresidente, y como quizás sea probado en cuanto a Santiago Uribe, hermano del exmandatario.
Uribe parece olvidar que cuando estuvo en el poder el extinto DAS fue tomado por las autodefensas y un pupilo suyo, el señor Jorge Noguera, hizo alianzas con los paramilitares para exterminar a tirios y troyanos y para chuzar y perseguir a los opositores, como ya fue demostrado por las autoridades.
Uribe también parece olvidar que bajo sus ocho años el país sufrió una profunda desinstitucionalización y que muchos de sus funcionarios cometieron delitos contra lo público y contra la sociedad (como las chuzadas, los complots contra magistrados y periodistas, la yidispolítica, los negociados en el Ministerio de Agricultura y otras tropelías) que han hecho huir hacia el exterior a varios de ellos y que tienen tras las rejas a otros tantos.
Uribe cabalga en su propio odio (y en el odio de los demás) contra Santos y las guerrillas no porque quiera salvar al país de la impunidad sino porque quiere salvarse él y a los suyos del pesado fardo de sus delitos. Este es el lado turbio de la actitud del Senador: hace oposición y sabotea los diálogos de paz no solo porque quiere continuar la guerra sino porque esta es su principal coartada para cubrir todas las tropelías que él y los suyos cometieron al frente del Estado.
Por eso desinforma, por eso miente y macartiza y trata por todos los medios de que el proceso de La Habana se vaya a pique. Y por eso también intenta desestabilizar a un gobierno que se arriesgó por la difícil ruta de la paz negociada, a sabiendas de que no contaría con la aprobación de los guerreristas del establecimiento y de quienes en la sociedad detestan a las guerrillas.
Álvaro Uribe no tiene más opción que seguir en la suya: utilizar el todo vale y todas las formas de lucha, como lo hizo en sus ocho años de mandato. Seguir, cínicamente, pidiendo justicia contra sus enemigos pero impunidad para él y sus aliados, mediante el empleo de la estratagema de la persecución política como una sombrilla para protegerse de la acción de la justicia.
Si el gobierno y las guerrillas coronan la pacificación por la vía negociada, el lado turbio del Senador saldrá definitivamente a flote, pues su razón de ser como político se desvanecerá en el aire. La mejor terapia para eliminar al uribismo de la política colombiana es la paz.
Por eso la única alternativa viable que necesita el país es acelerar el proceso de acuerdos con los insurgentes y transitar hacia una coyuntura donde la guerra solo sea un mal pensamiento. La derrota final del uribismo será la pacificación nacional.