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El huracán Trump

Si hay un rasgo transversal que sirva para caracterizar al mandatario norteamericano, ese anida en el término impredecible. Trump es una especie de huracán, cuya trayectoria solo se puede construir por aproximación, y casi sin certeza, pues rompe sin avisar hacia cualquier espacio inesperado.

En una época de crisis del establecimiento, irrumpió Donald Trump como una forma de refrescar y, a la vez, de pudrir el andamiaje de la dirección en los Estados Unidos. Él refrescó el proceso político con un discurso populachero, adornado con formas de payazo y de actor de segunda.

Es decir, divirtió a los aburridos de la política y los impulsó a votar por puro deseo de masacrar lo que consideran como la principal causa de sus males: la politiquería que favorece a los de siempre, a quienes se benefician de los contratos, y a los que utilizan lo público como un trampolín para enriquecerse.

Trump supo cabalgar en el potro cerrero de las secuelas negativas de la globalización, y se convirtió en sinónimo de esperanza para esas masas expulsadas por los estragos de la competencia económica, llevadas al paroxismo crítico por la apertura, la cual golpeó también los intereses de los granjeros conservadores y de sus empleados, al Estados Unidos profundo.

El discurso demagógico de este farsante caló profundo en los grupos más retardatarios de la estructura social, pues reivindicaba el racismo, la xenofobia, el nacionalismo más vulgar y las tendencias autoritarias que reclaman mano dura contra las minorías, o contra todo lo que no se adapte a su forma de pensar ultraconservadora.

Usando los trucos de un reality televisivo, Trump aplastó a los contrincantes republicanos en las primarias, y después se impuso a Hillary Clinton, empleando fake news y la ayuda de los rusos. Todos sus procedimientos turbios fueron aplaudidos por las huestes ultraconservadoras que lo seguían, y aceptados por la mayoría de la burocracia del Partido Republicano.

Por el uso sistemático de la mentira, por la falta de escrúpulos para respetar las normas legales, y por alimentar el racismo y la xenofobia de una sociedad con una parte de su población cargada de racismo y xenofobia, este personaje ha corrompido aún más la política norteamericana.

Supo engrasar y llevar al poder lo más vil de su pueblo, siendo él la expresión de lo más vil del establecimiento político. En vez elevar la calidad de la política, la ha enlodado aún más, la está pudriendo, quizás más que cualquier otro mandatario norteamericano.

Es decir, este presidente se ha convertido en una gangrena con un altísimo poder de corrupción, pues los antivalores que encarna no le pertenecen solo a él, sino a la mayoría de la gente que lo apoya, esa altísima proporción de la sociedad que se acuerpa en el ultraconservatismo.

No lo pudieron agarrar en la trampa cuando ganó la presidencia a base de fake news y valiéndose de fuerzas extranjeras, por la sencilla razón de que Trump es muy fuerte en el uso de la tramoya y de la mentira, terreno en el cual resulta insuperable.

Ahora le salió otro lío por sus nexos con los ucranianos y por su intento de combatir con armas sucias a los opositores. Lo más probable es que tampoco logren agarrarlo (como sí lo hicieron con Nixon), debido a que parte del pueblo lo ve como su bandido bueno, y los políticos puesteros republicanos lo consideran como el principal surtidor de contratos y de cargos.

Que gangrena tan tenaz es este Trump. No se deja coger con nada. Está peor que Uribe, a quien tampoco logran agarrar por ser experto en triquiñuelas y por acudir hasta a los abogados más dudosos para mantenerse a flote.

El huracán Trump refrescó con sus fuertes y turbios vientos la democracia en el norte. Pero, como se descuiden, la va a terminar de desajustar. Su ambición y su falta de escrúpulos son capaces de lo que sea, como ya quedó demostrado.

Si no lo pueden tumbar y lo reeligen, cuatro años más de putrefacción le esperan al coloso de América. Eso…si la guerra comercial con China no hunde a la economía en una profunda depresión, que logre expulsar del poder al gangrenoso Trump.

Las fuerzas del mercado y, en general, de la economía suelen ser menos propensas a creer en las mentiras como lo hace la gente. Esperemos que el capitalismo que engendró a Trump implemente la higiénica tarea de extirparlo, como un tumor peligroso, de la Casa Blanca.

Ese es el milagro que cabe esperar, antes de que ese individuo incendie el planeta por salvar su propio pellejo. Alguien con su perfil huracanado es capaz de eso y mucho más. No lo duden.