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El dos a cero: una victoria con sabor a parto

Las palabras del preparador físico de Perú se cumplieron al pie de la letra: el clima de Barranquilla no afectaría al onceno de su país, a pesar de los gritos de los periodistas de Lima, para quienes la cancha del Metropolitano era un horno crematorio, especialmente construida para calcinar carne de peruanos.

La verdad es que después del gol imposible de Teo (que pareció en fuera de lugar), el equipo inca se hizo dueño de la pelota y acorraló a Colombia en busca del empate. En esos momentos, Perú asedió a la defensa colombiana, haciendo lucir lentos y hasta torpes a los defensas y a los volantes de contención.

Corrieron tanto los peruanos que pusieron al pobre Guarín a portar zapatos de plomo, y a Sánchez a perder pelotas y a entregar mal como nunca antes, gracias a la presión y a la corredera incontrolable. La cancha del Metro sí se transformó en una tostadora, pero no para Perú, sino para los colombianos.

Varios de los nuestros sintieron el efecto del calor y de la humedad y, como consecuencia del cansancio, se fueron al piso con las piernas temblorosas y rígidas debido a los calambres. En eso estaban Bacca, Teo y Murillo, mientras fuera de la cancha dominaba la paridera.

Porque en las gradas y frente a los televisores, comerse las uñas fue la nota destacada. Los colombianos esperábamos casi con desesperación que Perú no hiciera gol, y todo parecía indicar que sí lo haría, porque era mucho más que Colombia en movimientos y control del balón. Además, a varios de los nuestros lo que más se les veía era la boca abierta buscando su último suspiro, como si estuvieran al borde de caer fritos.

El uno a cero premiaba la localía, pero no el buen juego, que nunca existió. Quizá la falta creadores o pasadores en el medio, empujó a utilizar la pelota quieta o los lances largos para conjugar el oportunismo de Bacca o de Teo en la línea de arriba, como ocurrió en ese primer gol que se produjo en un momento inesperado y de una manera casi increíble.

Cuando Perú estaba más cerca del primero que Colombia del segundo, advino el milagro de Edwin Cardona. Se escribe milagro porque el mismo jugador afirmó, después de concluir el partido, que no supo cómo pateó esa pelota, pues llegó al borde del área por debajo de lo justo. Lo cierto es que la forma como tocó la esférica, con estilo de crack, salvó de una muerte segura al montón de uñas de los aficionados que sufríamos la paridera.

El dos a cero que generó el botín derecho de Cardona quizá no sea un resultado justo, pero sí demuestra que aún en las condiciones más difíciles Colombia gana porque gana en el Metropolitano, aunque sea ayudada por el sufrimiento de sus seguidores.

Ese dos a cero con sabor a parto demuestra que en Barranquilla la selección triunfa aunque se esté achicharrando.