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El dogmatismo en el debate público

A menudo, en las redes sociales y en otros escenarios se desarrollan debates que sacan a la luz lo que las personas piensan, sobre todo en materia política. La nota destacada en esas discusiones consiste en que ellos asumen sus ideas como si fuera un cuerpo cerrado de dogmas. Es indiferente si se trata de partidarios de Hayek, de  von Mises o de Marx.

El dogmatismo en el debate público abarca a todos los sectores políticos, es decir, a quienes son partidarios de los extremismos de derecha y a quienes participan de la perspectiva de la izquierda radical. Uno supone que estas personas creen que las ideas de los personajes que siguen no deben nunca ser sometidas a la crítica, confiriéndoles la categoría de dogmas de fe antes que de teorías científicas.

Muchas veces me he preguntado acerca de cuál es la raíz de este comportamiento, y lo que resulta del análisis es una mezcla de asuntos psicológicos con aspectos sociológicos. Es indudable que el ser humano tiene una tendencia natural a proteger su yo o, como sostiene Nietzsche, a manifestar su voluntad de poder a través del control de las cosas, las personas o las ideas. Ese dominio a menudo asume la forma de la defensa de lo que se cree o se sabe, porque procediendo de ese modo se defiende también el uno mismo.

El dogmatismo tiene también profundas raíces culturales, y en su formación participan tradiciones de diversa procedencia. No cabe duda de que la forma de pensar religiosa, basada en la creencia y en la fe, ha influido decisivamente en el pensamiento de los dogmáticos, por más ecuménica o mundana que sea la religión influyente. Las religiones, por motivos obvios, descartan el instrumento de la duda y desechan la crítica, para preservar la estructura cerrada interna de su andamiaje simbólico y su ritualidad, lo cual se mantiene sin cambios de fondo por necesidad intrínseca.

Algunas tradiciones intelectuales laicas parecen haber asumido esta práctica dogmática de la religión, por concebir sus teorías como modelos fijos, que no pueden ser sometidos a la contrastación con la realidad o a la crítica científica. La consecuencia de esto es la formación (en sus partidarios) de una mentalidad hermética, de una visión dogmática que les lleva a creer en sus teorías como si fueran verdades reveladas. Este movimiento psicológico, esta perspectiva, la observo por igual en los partidarios de la economía de mercado más radicales, y en quienes piensan que todo puede ser resuelto estatizando, o por la simple acción del Estado.

Obvio que en la conformación de esa perspectiva dogmática también intervienen otras variables, como la militancia partidaria, el sentirse haciendo parte de una conciencia de clase diferente, el defender intereses económicos o políticos especiales, o la propia lucha entre bandos, que trae consigo el espíritu de cuerpo y la protección de lo que pertenece al grupo o al partido.

Todas estas condiciones generan que la discusión de ideas no se dé siguiendo los parámetros de la ciencia, sino la ruta del sectarismo o de la agresión al otro, el cual a menudo se percibe no solo como contradictor sino como enemigo. Si eres mi enemigo, tus argumentos no sirven, por más fuertes que estos sean. A los enemigos no se les acepta, sino que se les somete (o se les mata), parece ser la lógica subyacente en el comportamiento de los dogmáticos de la ultraderecha y de la ultraizquierda.

Esa actitud beligerante es reforzada por la poca experiencia que normalmente exhiben los dogmáticos. Esa falta de experiencia tiene que ver con las escasas lecturas que han realizado, con la idea equivocada de que lo único que hay que leer es lo relativo a su tradición intelectual, porque lo de otras corrientes no sirve o no interesa para nada (dado que eso es del enemigo, o de quien no piensa como yo). Esta situación origina una base cultural muy pobre, que no le permite al dogmático relativizar lo que ha aprendido, mediante el mecanismo de someterlo al fuego de la confrontación con otros cuerpos de ideas. A la inexperiencia teórica, intelectual, se le suma el hecho de que normalmente no han vivido o conocido mucho.

Pero el problema de fondo en todos los casos consiste en el abandono de la metodología científica tanto para construir las teorías como para defenderlas. En general, los dogmáticos adquieren la simple condición de seguidores de un maestro o de una corriente, pero han perdido la cualidad de creadores de conocimiento. Al ser simples seguidores desarrollan una gran capacidad crítica contra todo lo que no se parezca a lo que ellos piensan, y un servilismo y una aceptación pasiva hacia sus propias doctrinas, por más descabelladas que estas sean.

Esta es la lógica de fondo del dogmatismo de ultraderecha y de ultraizquierda que inunda las redes sociales. El problema mayor es que los agentes que lo practican no son conscientes de los procesos psicológicos y sociales implicados en su comportamiento. Es decir, los dogmáticos son víctimas de eventos individuales y colectivos que jamás se han dado a la tarea de investigar. El primer paso para superar este flagelo es ponerlo en evidencia, mediante los recursos que aporta la ciencia. Este es el único camino posible… y el más seguro.