El desorden de Donald Trump
Lo que caracteriza hasta ahora las acciones de gobierno del presidente norteamericano (aparte del nacionalismo, la xenofobia, el racismo y la brusquedad) es, indudablemente, el desorden. Trump parece querer cambiar el mundo a las trompadas, pero sin un plan que oriente su proceder.
Porque seguir el ritmo de los deseos de su electorado, o llevar a cabo promesas de campaña como si fuera un macho alfa que tiene que cumplirle a sus seguidores al precio que sea, podrá ser muy gratificante para quienes votaron por él (y para quienes piensan como él), pero no parece ser la consecuencia de estrategias bien pensadas para conseguir algo claro después del remezón.
El desorden promovido por Donald Trump es visto con buenos ojos no solo por los diversos matices de la ultraderecha norteamericana y mundial sino, paradójicamente, por aquellos que detestan al capitalismo y que aspiran a verlo en el suelo, así eso signifique el desastre total de la humanidad, como ocurre con algunos radicales de la ultraizquierda partidarios de la dialéctica más ordinaria.
Hasta ahora, Donald Trump le fracturó el espinazo a los dos partidos políticos dominantes en los Estados Unidos. Apoyado en mentiras y mediante un populismo ramplón que prometió lo divino y lo humano, el nuevo presidente arrastró en el Colegio Electoral a la aspirante demócrata, y lanzó a su partido a un campo incierto como alternativa de gobierno.
Antes de poner en crisis a los demócratas, había puesto a sufrir a las élites republicanas, que nunca supieron detener la avalancha Trump, orquestada alrededor de tácticas muy emotivas apoyadas en los miedos, en los odios y en los deseos que resultan de la mezcla del racismo, la xenofobia, el nacionalismo y de una visión confusa y muy impresionista de la economía.
Por la fuerza de los cargos burocráticos y del poder presidencial, este presidente está metiendo a una parte de su partido a defender políticas económicas que van en contra del neoliberalismo tradicional de los republicanos, es decir, de la globalización, del librecambio y de los acuerdos multilaterales que dinamizan la internacionalización económica.
O sea, su populismo que ofrece lo divino y lo humano a un electorado susceptible, abandona la línea clásica republicana para abrazar una especie de heterodoxia proteccionista que busca blindar, supuestamente, el mercado interno y el empleo norteamericanos, con la mira puesta en hacer de los Estados Unidos un país más grande.
A los ojos de los legos, Trump se ofrece como un Robín Hood defensor de los trabajadores blancos afectados por la apertura neoliberal, y de los intereses económicos nacionales, en entredicho por los tratados de libre comercio que vulneran la economía norteamericana.
Cerrar las fronteras, repatriar capitales y forzar a la industria a relanzarse al mercado interno, parecen ser las políticas más obvias para incrementar el nivel de empleo industrial, fortaleciendo el mercado interno. Hasta aquí todo se muestra bastante sencillo y muy factible.
Pero subir aranceles para contrarrestar el efecto de las importaciones sobre la producción nacional desencadenará una guerra comercial donde no solo perderán los competidores externos sino la economía norteamericana. La represalia de estos consistirá en devolver la trompada arancelaria con otra trompada arancelaria.
Si los Estados Unidos establecen aranceles prohibitivos contra la competencia extranjera, lo más seguro es que esta reaccione elevando sus propios aranceles a los productos y servicios norteamericanos, con lo cual se afectaría la economía de los competidores pero también la de los norteamericanos.
El desorden que puede originar este regreso al pasado ya ha sido previsto por las mentes más lúcidas del pensamiento económico internacional. El mazacote proteccionista que está proponiendo Trump no solo afectaría a la industria, sino a todos los sectores que dependen del mercado mundial para vender sus bienes y servicios.
Una reducción de las ventas norteamericanas en el exterior lesionará el crecimiento económico general y el nivel de empleo, tanto en la industria como en las demás ramas. Este efecto previsible echará a la basura su caótica política de empleo industrial, y contribuirá a acelerar las posibilidades de una recesión (o depresión) económica.
Trump parece repetir la estrategia global de Herbert Clark Hoover (1929-1933), quien contribuyó a exacerbar la depresión de la economía norteamericana en los años treinta con unas medidas proteccionistas que resultaron un completo fiasco, porque hundieron aún más a los Estados Unidos y a sus principales aliados, preparando el terreno para el ascenso de los regímenes totalitarios, sobre todo en Europa.
El desorden que promueve Trump no tocará solo a la economía, sino a las relaciones legales, políticas y sociales adentro y afuera de su país. Las protestas por sus exageradas disposiciones contra los inmigrantes ya empiezan a sentirse, y el choque de trenes con otros poderes de la Unión se incrementará con el cumplimiento de sus promesas de campaña.
Por el momento, unos veinte millones de personas ven peligrar su protección en salud a raíz de la revocatoria del Obamacare. Los conflictos por el asedio a los derechos sociales de las minorías prometen un ambiente de confrontación donde no caben los términos medios.
Y la guerra económica que se deriva del proteccionismo contribuirá a exacerbar las contradicciones entre sus anteriores aliados, provocando crisis geopolíticas de consecuencias impredecibles. El caso de México será un pigmeo ante el remezón que sobrevendrá con los chinos y los europeos, en términos económicos y geopolíticos.
Si se parte del supuesto de que el escenario de este siglo XXI es mucho más peligroso que el de la época de Hoover (donde no estaba el Estado Islámico ni existían tantas bombas atómicas), se podrá comprender fácilmente que los riesgos de una debacle mundial son más altos ahora que en aquellos tiempos.
Las medidas del desorden y la provocación de Trump no solo tienen un gran potencial para desarticular la economía de su país y del globo, sino para poner patas para arriba la geopolítica planetaria.
La pregunta que salta a la vista es esta: ¿qué pasará con las bombas nucleares en un ambiente tan explosivo como este?