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El derecho al voto en blanco

Contrario a lo que muchos creen y categorizan, mi criterio personal es que el voto,  por uno u otro color, por el blanco o el negro, es un derecho inalienable de todo ciudadano. No sujeto a las pretensiones ni condicionamiento de un candidato de tal o cual partido político, color de piel o credo religioso.

El voto es, repito,- según mi pensamiento-, un derecho que corresponde única y exclusivamente a la voluntad de cada quien, de acuerdo con su conciencia. En nuestro país ha sido tradicional que el derecho de votar sea y quede sujeto a la voluntad ajena, a la de quienes se candidatizan a posiciones públicas. El caso actual de la jornada presidencial de este 17 de junio es una muestra más de esa costumbre de amarrarse a las aspiraciones de cada candidato. Muy por encima de lo que su voluntad le sugiera, el voto se pliega a los intereses de quien le da o le ofrece más. O de quien logre penetrar mejor en su poder de decisión.

Por ello quedamos a la dependencia de quienes nos someten con promesas, casi siempre nunca cumplidas,  y de quienes nos convencen con argumentos desleales preñados más en el descrédito del oponente que en verdaderas promesas propias. En el momento actual, hemos podido confirmar que uno y otro candidato se dedicaron intensamente a señalar al rival los errores de un pasado reciente que de verdaderos programas de gobierno.

Mientras a uno lo califican de guerrillero por haber pertenecido a un grupo insurgente y de querer aplicar un “socialismo de expropiación similar a la de Venezuela y Cuba”, al otro le señalan su condición de “títere” de un ex presidente calificado de haber conformado el llamado paramilitarismo, de miles de falsos positivos  con centenares de víctimas inocentes no redimidas y de haber practicado en grado sumo la corrupción en todos los organismos y proyectos desarrollados a lo largo de muchos años en el país.

En ese orden de ideas hay quienes estiman que ni uno ni otro aspirante a la Presidencia merecen el respaldo del voto ciudadano. Por ello, gran parte del pueblo, según se ha podido establecer, prefiere no ejercer el derecho al voto o votar en blanco. Dos candidatos eliminados en la primera vuelta: Humberto De la Calle y Sergio Fajardo, han decidido no respaldar a ninguno de los dos finalistas. Consideran que no pueden  traicionar sus propia conciencia y si no creen en ninguno de éllos mal podrían dedicar ahora su voto a cualquiera por muchas mermeladas y promesas que les ofrezcan.

Hay quienes critican tal posición y señalan que no votar o votar en blanco es “botar” a la basura una buena posibilidad. Ello no nos merece sin embargo la potestad de condenar a quien así lo estima. Votar en blanco o no votar es un derecho que merece tanto respeto como el votar por algún candidato.

Siempre he creído en aquella frase que en tiempos pasados nos legara para siempre el ilustre escritor chiquinquireño José María Vargas Vila quien sentenciaba que “Es más vil darse un amo que soportarlo”.  Por lo menos quien no escoge el amo le queda el consuelo de saber que no lo hizo aunque tenga que soportarlo.

La inadmisible propuesta del magistrado Armando Novoa pretendiendo que la Registraduría desparezca el voto en blanco, tal como lo reseñara la reconocida columnista Lola Salcedo, no sería más que un absurdo, tanto como quitarnos la calidad de ciudadano.

¿Por qué no mejor una propuesta en el sentido de que si el voto en blanco supera el 50%, nos brinde al ciudadano la oportunidad de escoger entre candidatos distintos a los que no alcanzaron la otra mitad porcentual? Sería la manera más equitativa y decente para decirle a quienes no son elegidos que se aparten del camino y dejen vía libre a otros que sí merezcan ser escogidos por el pueblo.

Pero como sabemos que este domingo 17 habrá un ganador, seguiremos en una gran duda existencial del futuro inmediato que se le viene el país. Por un lado, la incertidumbre de saber si en verdad la filosofía del socialismo sería aplicable en nuestra Colombia o si el pensamiento de continuar la guerra intestinal y la corrupción que nos identifica mundialmente seguirá latiendo por lo menos durante cuatro años más.