El Califato del Estado Islámico
El califato es un sistema de gobierno liderado por el califa, una especie de jefe indiscutido de los musulmanes. A lo largo de la historia han existido muchos califatos, abarcando territorios de Asia, África y parte de Europa, especialmente. El último gran califato fue el del Imperio Otomano, que sucumbió en una reforma del año 1924, en gran medida provocada por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Los chiítas y los sunnitas, las dos ramas principales del Islam, han promovido en varios tiempos y lugares esta forma de gobierno.
En su versión más extremista, ese sistema pretende regular la totalidad de la vida a partir de las enseñanzas de El Corán y de la ley religiosa conocida como la sharia o saría, que es un esquema de normas de conducta y de aspectos legales que se utilizan para regir la convivencia.
Sobre esos fundamentos, un califato se convierte en una especie de gobierno teocrático en el cual el poder político reposa en las manos de los líderes religiosos; es decir, en él se funden la religión y el Estado, concretándose una suerte de modelo totalitario que dirige e interviene en todos los ámbitos de la sociedad, más que nada en los campos educativo y político.
La organización terrorista Estado Islámico proclamó la creación de un califato en los territorios que controla en Siria e Irak. El jefe de esa facción sunnita del Islam, Abu Bakr al Baghdadi, fue convertido en califa con el nombre de Ibrahim. Los rebeldes de ISIS le han pedido al mundo musulmán que le prometan lealtad al nuevo líder y que rechacen la democracia y la basura occidental. Hasta ahora, ni Al Qaeda ni los gobiernos islámicos del Golfo Pérsico han atendido la petición, pero sí lo hizo el sanguinario grupo de fanáticos nigerianos llamado Boko Haram, el cual reconoció públicamente el mandato de Ibrahim.
El califato del Estado Islámico dirigido por Ibrahim representa un gran reto para los musulmanes no extremistas que censuran los métodos terroristas; estos musulmanes son la inmensa mayoría de la población islámica árabe y no árabe. También es un gran riesgo para el mundo civilizado pro-occidental o independiente, como los Estados Unidos, las potencias europeas y la propia Rusia.
Son un gran reto y un enorme riesgo similar (aunque guardando las proporciones) al que representó el fascismo para el planeta en la época de Hitler. Ese califato no es solo otro modelo totalitario con pretensiones de destruir la civilización basada en la libertad legal y en la cultura pluralista, sino un engendro producido por el fanatismo de unos hombres religiosos poseídos por dogmas que consideran verdades reveladas por Alá.
La rapacidad de las potencias imperialistas a lo largo del siglo XX en los territorios de cultura árabe o musulmana ha contribuido a crear un caldo de cultivo en que crece el radicalismo y el fanatismo, que interpretan el Islam de acuerdo con las necesidades de la lucha política y militar.
A esto se agrega la disputa por territorios y por los recursos naturales (sobre todo petróleo), que ha hecho del Medio Oriente y de otros lugares de influencia musulmana un polvorín propicio para el florecimiento de toda suerte de extremistas que matan sin escrúpulos a nombre de Alá. Los problemas sociales no resueltos y la influencia perniciosa de los imperialismos han contribuido a generar un clima de violencia que parece insuperable.
Pero más allá de la historia de los conflictos e injusticias que ayudan a explicar el surgimiento de grupos como el Estado Islámico, surge una invariante imposible de comprender acudiendo solo a las contradicciones socioeconómicas o políticas que flagelan el territorio: esta es la del dogmatismo religioso que desemboca en un fanatismo violento que no respeta la vida de nadie, ni siquiera la de quienes lo profesan.
El Estado Islámico ha demostrado ser un grupo sanguinario e inescrupuloso a la hora de aplicar sus métodos terroristas contra los musulmanes y los no musulmanes. Ese comportamiento se relaciona con una cosmovisión dogmática que convierte las ideas religiosas en dogmas inamovibles porque, se supone, provienen directamente de Dios, como si fueran una especie de verdad revelada.
Ese cuerpo doctrinal hermético alimenta la fe y la creencia de que se cumple una misión para Alá en la tierra que amerita cualquier sacrificio, incluido el de ofrendar la propia vida, si eso fuera necesario. Pero, al mismo tiempo, blinda a los creyentes contra la duda y los dota de una seguridad impermeable contra los cuestionamientos de sus propios principios y valores.
Esa visión fanática inamovible, que hunde sus raíces en las tradiciones religiosas, contribuye a considerar el mundo no musulmán (y todo aquello que desentone con el marco de su sistema de creencias) como potencialmente peligroso. Quien no comulgue con esa estructura imaginaria dogmática puede ser calificado de hereje, infiel o enemigo.
De este hecho se deriva un gran peligro para la libertad política, para el libre juego de las ideas, para el espíritu crítico y para la construcción de una cultura basada en el pluralismo, en el respeto a la otredad y en el desarrollo de la convivencia sobre la base de las normas del derecho positivo y en el marco de una sociedad abierta a los cambios en todos los niveles.
Lo que propone el Estado Islámico es un califato dirigido por fanáticos religiosos intolerantes y violentos que harán girar las ruedas de la historia varios siglos hacia atrás, sobre todo en materia política, educativa y de convivencia social. Su totalitarismo utópico sería aún más fuerte que el sistema nazi o el estalinista, pues su base mística les llevaría a cometer, contra las personas que no sean como ellos, toda clase de injusticias y atropellos en el nombre de Alá.
No es necesario estar de acuerdo con las prácticas imperialistas en los territorios islámicos o árabes para criticar el modelo social aberrante que plantea el Estado Islámico. Ni tampoco es pertinente apoyar sus métodos salvajes e inhumanos basándonos en la desigualdad social, en la opresión o el maltrato que han sufrido los pueblos islámicos a manos de Occidente.
Lo adecuado es criticar ese califato como otro intento descabellado de ingeniería social utópica que nunca conducirá a nada bueno a los musulmanes y a los no musulmanes, pues su fundamento dogmático y fanático solo traerá intolerancia, opresión y más violencia.
Lo correcto en estos tiempos es proseguir la lucha por la construcción de sociedades más justas, abiertas, basadas en el pluralismo, en la libertad y en el respeto al otro como una norma de oro. El Estado Islámico le plantea a la humanidad un reto y un riesgo que niegan la libertad más elemental y que nos regresarían al pasado por la ruta escabrosa del dogmatismo y el fanatismo religioso.
Ni las burguesías rapaces o totalitarias ni los fanáticos violentos pueden ser los modelos para enrumbar la sociedad humana hacia el camino de la transformación positiva que ataque las desigualdades sociales y la opresión. La historia enseña que estos no plantean soluciones viables sino más enredos y contradicciones insufribles para las mayorías del planeta.
Por tal razón, es imposible compartir la idea de la construcción de un califato dirigido por los fanáticos del Estado Islámico. Apoyar un engendro como ese equivale a suicidarnos como humanidad.